Sin cartas…

Por Olegario González de Cardedal (ABC, 26/08/08):

¿Por qué en nuestra sociedad aumenta la correspondencia y disminuyen las cartas? Abundan las cartas comerciales, los avisos, las notificaciones, las citas, las convocatorias y faltan las cartas personales, aquéllas en las que no hay quizá nada que decir pero en las que la persona se dice a sí misma, levanta acta en la palabra de lo que son los ardores o sinsabores de su espíritu. ¿Ha progresado la comunicación personal al ritmo que han progresado otras comunicaciones? La fecundidad de una cultura es directamente proporcional al esfuerzo colectivo por alcanzar cotas morales a la vez que conquistas económicas y políticas.

Somos humanos en la abertura al mundo, al prójimo y a Dios. Pero ellas pasan por la abertura e inmersión en nuestro interior, ese extremo punto de nuestro ser, que los místicos llamaron centro, sima, ápice, hondón del alma. Interioridad que está hecha de luces y de sombras, de claridades y de oscuros légamos que ciegan nuestros ojos para mirar dentro y para ver fuera. Las cartas han sido siempre vehículo privilegiado de comunicación con el prójimo. Antes de que los psicoanalistas hablaran de la curación por la palabra, los maestros de espíritu habían mostrado que el camino hasta el otro en el hablar y en el escuchar era una vía eficaz de curación de la voluntad y de alumbramiento de la inteligencia.

Las cartas, como sedimento del propio espíritu en búsqueda desazonada ante decisiones fundamentales o en alegría por la felicidad sobrevenida, son uno de los testimonios más valiosos de la historia humana. Los grandes hombres han realizado su obra en gestas exteriores y en navegaciones interiores; lo han sido escribiendo libros y escribiendo cartas. En la antigüedad Séneca. Cicerón y San Jerónimo, en la era moderna desde Erasmo a Leibniz, desde Blondel a Teilhard de Chardin, y en nuestra cultura desde Santa Teresa a Valera y Unamuno. Las Confesiones de San Agustín, ¿qué son sino una carta dirigida a Dios?

Las cartas están hoy amenazadas. Ellas requieren silencio y sosiego, tomar la vida en propia mano para ordenarla interiormente antes de expresarla ante el destinatario. No es lo mismo escribir a la madre, a la esposa, a los hijos que escribir a un amigo, una autoridad o un súbdito. Las modalidades de la realidad encuentran su reflejo en las modulaciones de la palabra. Cada sentimiento del alma tiene sus modos propios de expresión; no dicen los mismos verbos y substantivos el dolor y el entusiasmo, la angustia y el coraje. Escribir una carta de amor o de agradecimiento, de solicitud o de disculpa es ante todo una ejercitación de la propia interioridad. Ésta queda así clarificada, y discernida al pasar por la criba, el harnero y el cedazo de la inscripción por la pluma en el papel o la trascripción en el ordenador.

El legado conservado de cartas es admirable por su variedad de motivaciones y por la diversidad de sus expresiones: cartas de amor y de reproche, cartas desde el exilio, la cárcel, la lejanía en otros continentes, la guerra con la muerte en el horizonte; cartas de jóvenes que estrenan la vida y cartas de ancianos que ven el final ya cercano. He leído recientemente una antología de cartas enviadas por personas que murieron en guerra entre los años 1939 en que estalló la segunda mundial hasta su final en 1945. Lleva por título La voz del hombre. En ellas palpitan las emociones más profundas del ser humano, recordando a sus seres queridos, poniendo luz en la propia existencia ante el riesgo inminente de perderla, poniéndose ante Dios y dejándose en sus manos, en pura desnudez frente al futuro. Cuando somos arrastrados hasta el borde de la vida, descubrimos la belleza y grandeza de lo cotidiano, del trabajo duro y ennoblecedor al mismo tiempo, que sólo valoramos cuando estamos en peligro de perderlo.

La vida más real y más personal no es la que aparece en los periódicos sino aquélla que discurre silenciosamente por las cavernas profundas de nuestra vida. De ella en las actas sólo queda lo más formal e impersonal. La sangre, sudor y lágrimas de nuestro dolor o alegría no constan en los anales de las instituciones. La prensa cuenta la extrahistoria; en cambio, estas cartas, a las que nos venimos refiriendo, cuentan la intrahistoria. De ella nacen las decisiones radicales, para las que no siempre encontramos razones demostrables pero que son las verdaderamente decisivas, esas que sólo contamos a los amigos del alma. Los historiadores deberían mirar más a esos espejos interiores a la vez que a las actas públicas.
La crisis del siglo XVI español, que se agudiza en los años 1558-1559, tiene como centro la aparición del protestantismo en las ciudades más importantes del reino, Sevilla y Valladolid. Esos focos eran percibidos como una amenaza para la fe de la Iglesia y para la unidad de la nación. Cercanos a ellos estaban aquellos grupos de tan difícil identificación: alumbrados y recogidos, dejados y visionarios, erasmistas y teatinos. La suma del factor exterior con este interior provocó un susto general que se expresó en medidas durísimas e inmediatas: los autos de fe en esas dos ciudades, el Índice de libros prohibidos en el que se incluían algunos clásicos de espiritualidad, las traducciones bíblicas y de autores extranjeros, la prohibición de salir a estudiar en universidades fuera de España, el encarcelamiento del arzobispo de Toledo Bartolomé de Carranza.

La reacción oficial ante todos esos hechos la podemos encontrar en los archivos de la Inquisición, de Simancas y en el Archivo Vaticano. Pero las reacciones personales sólo se pueden conocer a través de las cartas cruzadas entre los protagonistas, entregadas en mano y en mano respondidas. J. I. Tellechea nos ha entregado en vísperas de morir dos admirables volúmenes con 500 de esas cartas (más 260 páginas geniales de introducción), la mayoría de ellas inéditas, que iluminan las huellas y cicatrices de esa convulsión que afectó al solar hispánico entre 1559 y 1563. Su título: Cartas boca arriba. La crisis religiosa española de 1558-1559 a través de cartas contemporáneas.

Cartas secretísimas entonces y que hoy nos permiten conocer traiciones y fidelidades, la perplejidad de muchos ante lo que era una alternativa a la fe católica y para otros el redescubrimiento del verdadero Evangelio. Biblia, Mística y Política se estaban encontrando y enfrentando. Cartas de Reyes, de Papas, de generales de órdenes religiosas. Por ellas pasan la Princesa gobernadora Doña Juana, los secretarios de Carlos V, el inquisidor general Fernando Valdés, los jesuitas Lainez, Fabro, Bustamante y P. de Ribadeneira, los dominicos Melchor Cano, Domingo de Soto, Diego Ximénez, y tantos otros. Fuego cruzado de amistad y de reproches, de sospechas y de fidelidad, de enjuiciamiento de la sociedad y de la Iglesia, del Emperador y del Papa. Cartas escritas en un castellano terso y tenso, con una brevedad y reciedumbre que hacen justicia a la norma que Juan de Valdés había establecido en el Diálogo de la lengua: «El hablar bien castellano consiste en que digáis lo que queréis con las menos palabras posibles que pudierais».

Hay que escribir cartas; cartas largas, de gozo o de quejumbre para no asfixiarnos en la pena u olvidarnos de nosotros mismos en la trivialidad, para no ceder a los procesos de uniformación que nos amenazan, para dar fundamento a nuestra libertad. Cartas a los amigos íntimos, a los que ejercen la autoridad y a los que nos deben obediencia. Cartas claras, verdaderas, que al escribirlas nos hacen sentirnos conscientes y libres ante nuestro destino. No serán luego un clásico, como fueron la Carta a un joven poeta de Rilke, que tiene su equivalente no inferior en las que Unamuno escribió a Bernardo de Candamo, la Carta al padre de Kafka, las de Santa Teresa o las de Unamuno, Ortega y Marañón recién editadas. No podemos vivir sin cartas, porque eso supondría renunciar a la claridad interior y cegar la comunicación con el prójimo que es agua para nuestra sed y pan para nuestro camino. El día que no escribamos ni recibamos cartas habremos pasado a ser objeto-masa dejando de ser sujeto-sociedad, ese día habremos dejado de ser personas para ser sólo súbditos y consumidores.