Sin cartolas

Ayer, 22 de Julio, se cumplieron 40 años desde que el criminal Francisco Franco, dictador de España por culpa de un ‘glorioso movimiento nacional’ que perseguía la España Una, a costa de lo muertos que fuera, nombró sucesor. No puede decirse que ni él (dictador), ni él (sucesor) pasaran por allí.

El primero lideró una guerra contra su propio pueblo y su gobierno legítimo: provocó más de medio millón de muertos en su ‘cruzada’ hasta el poder; bombardeó conscientemente a la población civil, e instauró una dictadura basada en la persecución de lo diferente: ni más religión que la católica, ni más idioma que el castellano, ni más pueblo que el español. Suprimió los estatutos de autonomía del País Vasco y de Cataluña y, ya en 1945, cuando era evidente que sus aliados nazis y fascistas perderían la guerra, articuló una pantomima a la que denominó ‘Fuero de los españoles’, no fuera a ser que los aliados vencedores terminaran dejándolo fuera del poder. El segundo, Juan Carlos, aceptó como legítima una decisión emanada de un poder usurpador, dictatorial e ilegítimo. En plena dictadura aceptó ser el sucesor de un dictador, que siguió siendo asesino hasta el final, hasta septiembre de 1975. No puede decirse, de ningún modo, que pasara por allí.

Quienes sí pasaban por allí fueron Juan Maas, Luis Cobo y Luis Montero. Tres jóvenes cántabros que se dirigían a Almería para asistir a una primera comunión, y que, al parecer, fueron confundidos con un comando de ETA y terminaron torturados y quemados en el interior de su vehículo por miembros de la Guardia Civil. Tres víctimas.
Quienes sí pasaban por allí fueron las 21 personas que mató ETA hace ya 21 años en Barcelona, en Hipercor. Personas que estaban haciendo la compra, un viernes de junio.

También pasaban por allí las cuatro personas muertas en el bar Aldana, en Alonsotegi, en 1980, en un atentado del Batallón Vasco Español que sigue sin ser esclarecido.

Ha habido tantos y tantos que simplemente pasaban por allí, como Alfredo Agirre, pamplonica de trece años, a quien mató una bomba de ETA en la Bajada de Javier, en 1985; Mikel Salegi, a quien desde un control mal señalizado le metieron 16 balas en el cuerpo cuando pasaba en coche con sus compañeros de trabajo por Rekalde; Koldo Arriola, quien pasaba junto al cuartel de la Guardia Civil de Ondarroa, con sus profesores y compañeros de estudio, o José Emilio Fernández, 16 años en 1978, que murió en un control de camino a Elorrio.

Tiene razón el señor Soroa cuando escribe recordando a Aranzadi que no puede decirse con un mínimo de seriedad que las víctimas ‘han muerto por la libertad’, porque no han muerto por decisión consciente suya. En algo estamos de acuerdo. La pena es que para decirlo insulta y generaliza a quienes piensan de otra forma que él. No se puede mirar a un único lado, porque se puede terminar con todos los epítetos con los que se achaca a los demás vueltos como un boomerang sobre sí mismo.

Las víctimas tienen en común su condición de víctima. Sus familiares tienen en común el sufrimiento que se les ha provocado. No seremos nosotros quienes establezcamos jerarquías en el sufrimiento. Todas las víctimas tienen derecho a que se reconozca su condición de tal y a que se repare, cuando ello sea posible, el sufrimiento padecido. Como sociedad, ver el sufrimiento ajeno, el provocado en y sufrido por los otros, reconocer el daño causado, es un paso clave para que los sufrimientos, todos, sean parte de la historia, no del presente ni del futuro.

Mikel Basabe, parlamentario de Aralar.

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Le responde José María Ruiz Soroa: La calle neutra (EL CORREO DIGITAL, 07/08/09):

Los dirigentes de Aralar parecen estar firmemente decididos a mantener su negativa a reconocer a las víctimas del terrorismo independentista vasco como víctimas de una determinada ideología y práctica políticas. Y para ello no hay nada mejor que mezclarlas con todas las víctimas que en la historia y en el mundo han sido, de forma que, confundiéndolas a todas en ese pote de humanos sufrientes, el espectador no pueda distinguir a unas de otras, y no pueda, pues de eso se trata en el fondo, identificar a su respectivo victimario y juzgarlo moralmente como corresponde.

Empezó Ezenarro negándose a reconocer a las víctimas de ETA como víctimas por la libertad, so pretexto de que, al fin y al cabo, eran gentes que simplemente pasaban por allí el día aciago en que ETA activó su pase al otro mundo. No tenían mérito propio ni identidad característica, reventaron por pura mala suerte. Ahora le toca a Zabaleta criticar que se otorgue a una calle navarra el nombre del último navarro asesinado por ETA que, además de muerto, revestía la oprobiosa cualidad de ser guardia civil. No, señor, dice sesudamente el de Aralar, no hay que dar el nombre de las calles ni a los asesinos ni a las víctimas, hay que ser «neutro» en esta materia. De ‘neutro’ viene ‘neutral’, claro: ni policías ni asesinos, sólo nombres neutros que no identifiquen a nada ni a nadie, que no reconozcan hechos concretos, sólo que nos hablen del mínimo común denominador de todos. Podría utilizarse, por ejemplo, el rótulo de ‘calle de los que pasaban por ahí’, o el de ‘calle de todos los muertos por toda la maldad del mundo’, o el de ‘calle contra toda violencia, venga de donde venga’. Todos ellos neutros, asépticos, políticamente correctos, asumibles por la sociedad al completo, casi tan inocentes como una conversación de ascensor en la que se habla siempre de algo que genera consenso universal. Lo que no hay que hacer, no, señor, dicen Ezenarro y Zabaleta, es señalar con el dedo, o con el rótulo. Eso no es neutral, es incómodo, no les gusta.

Muchas personas nos sentimos españolas y, sin embargo, no nos duelen prendas a la hora de reconocer que en nombre del nacionalcatolicismo español se asesinó y masacró a decenas de miles de personas hace muy poco. Pocos alemanes niegan hoy que el proyecto político del Tercer Imperio de Hitler fue responsable de millones de muertos. Y podríamos pasar así revista a muchas naciones y muchas sociedades. Pero hay una excepción en el mundo: la de los vascos independentistas radicales. Éstos nunca reconocerán, según parece, lo que se ha hecho y se está haciendo en nombre de su nación. Son la excepción ética a la moral común: en su nombre no se ha matado a nadie que merezca la pena recordar. No, señor, eso son cuentos de vieja.