Sin complejos

La crisis nos está dejando una izquierda acomplejada y otra sin ningún complejo. La primera desaprovechó la oportunidad de reaccionar ante las señales de alarma que se percibieron en el 2007, y luego esperó a que la tormenta amainara en la creencia, compartida por la “sociedad de las clases medias”, de que aquello iba a pasar. Lo peor no fue que se negara a dar malas noticias a una ciudadanía instalada en el optimismo. Lo peor fue que, cuando el desastre se hizo evidente, no se atrevió a entablar con esa “sociedad de las clases medias” un diálogo franco sobre lo irresponsable que se había sido al confiar en que en la era del capitalismo financiero todo saldría a pedir de boca y sin sobresaltos. De la ilusión del pleno empleo se ha pasado a la devaluación de un trabajo que va a menos. Las familias que creían despejado su futuro a cuenta de algunos ahorros y de alguna propiedad se han empobrecido sin remisión. Y las imputaciones por haber vivido por encima de nuestras posibilidades se han vuelto hirientes. Así es como una izquierda sin complejos amenaza con desalojar a la izquierda acomplejada: publicando un edicto de inocencia para quienes la secunden, frente a la sentencia de culpabilidad que pesa ya sobre los demás.

La “casta” alcanza hasta donde Podemos decida; es decir, hasta donde alcancen las alianzas de la formación de Pablo Iglesias. Una vez trazada así, sin complejos, la línea divisoria entre la Verdad y el Mal, todo resulta más sencillo. Ningún partido político esgrime con tanta naturalidad que su objetivo es ganar, alcanzar el poder. Nadie se habría atrevido a proclamar con vehemencia que sus propuestas no son de izquierdas ni de derechas. O a presentarse en sociedad adoptando como seña de identidad ideológica la Declaración Universal de los Derechos Humanos y nada más. Últimamente se oye decir que Podemos está virando hacia posiciones socialdemócratas clásicas. No está claro qué significa eso, porque lo relevante es su desenvoltura. Una vez publicado el edicto de la inocencia general para sus seguidores, no siente necesidad alguna de ofrecer soluciones a los problemas que señala: le basta con señalarlos. El programa se anuncia como un encargo a quienes son seleccionados para el “Banco de talentos”. En sus postulados políticos contempla el preceptivo contraste de cualquier propuesta con un informe de viabilidad económica que le dé sentido. Pero sus dirigentes sortean las preguntas directas que les formulan los periodistas respondiéndose a sí mismos, en un soliloquio monocorde.

La participación ciudadana aparece como la condición de la inocencia en Podemos y en las plataformas electorales que auspicia. Nada de siglas, aquí deciden los ciudadanos. Sin embargo basta imaginar el funcionamiento real del alambicado esquema orgánico del que se ha dotado dicha formación para concluir que, una de dos, o la burocracia resultante acaba ahogando la participación real en un sinfín de procedimientos, o la participación de los “inscritos” se convierte en subterfugio para consagrar el dirigismo en una organización supuestamente de masas. Esta semana Podemos se encuentra en pleno proceso constituyente –electivo– de sus dirigentes autonómicos. La de sus dirigentes locales ofreció el pasado 2 de enero unos resultados sorprendentes: se desarrolló en 770 ciudades y pueblos, en los que concurrió una media de diez candidaturas por localidad, lo que no despertó el interés participativo de ni siquiera un tercio de los inscritos. Ciertamente paradójico comprobar que la oferta de tan abierta participación en la elección de los líderes locales de Podemos no se correspondía a la demanda de los recién inscritos.

La izquierda sin complejos alienta la emoción de la inocencia. Un registro superior a cualquier otra seña de identidad vigente, nacional o de clase. Le basta con dibujar un “organigrama de posibles” para convertirse en la fórmula más participativa, sujeta poco menos que a un plebiscito continuo. Poco importa cuál sea la realidad. No se siente interpelada, sino acosada por el enemigo. Lo que realza su intangibilidad ahora que todavía no tiene que dar cuentas a nadie de su gestión pública. La “sociedad de las clases medias” parece rendirse a los encantos de la izquierda sin complejos. Es inevitable, es comprensible, es transitorio, musita la izquierda acomplejada. Es la fatalidad del momento –tratan de consolarse sus dirigentes–. Y tampoco tenemos fuerzas –no nos sentimos legitimados– para hablar de tú a tú a la “sociedad de las clases medias”… cuando ya no lo son. No queda más remedio que esperar a que se calme la marejada, y a evitar en lo posible los daños. Así es como la izquierda sin complejos está desalojando a la otra.

Kepa Aulestia

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