Sin estrategia de salida (y 3)

Hay una brecha irreconciliable entre Irán y las potencias occidentales. Los dirigentes iraníes han afirmado que todos los documentos que apuntan a su intento de fabricar un arma nuclear montada en un misil son fabulaciones concebidas para justificar un ataque. The New York Times observó que el país ha sido objetivo de ataques encubiertos, incluidos los asesinatos de varios científicos nucleares y los ataques informáticos que inutilizaron las centrifugadoras nucleares iraníes. El Gobierno iraní ha publicado sus propias pruebas de tramas terroristas occidentales contra Irán, mientras sus dirigentes repiten constantemente que no tienen intención de fabricar armamento nuclear. En una entrevista en The New York Times, el antiguo director del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), Mohamed el Baradei, declaró que nunca había visto “ni una sola prueba de que Irán se esté armando en términos de construir instalaciones destinadas a la fabricación de armamento nuclear con empleo de uranio enriquecido”.

Tras la publicación del informe del OIEA y los comentarios subsiguientes de matiz beligerante, Seymour Hersh -que ha informado sobre Irán y el arma nuclear en The New Yorker durante la pasada década- concluyó que no existen nuevas pruebas acusatorias en el informe que indiquen que Irán fabrica realmente un arma nuclear. Basó su conclusión en diversas entrevistas con destacados ingenieros nucleares, expertos en el control de armas y antiguos agentes de los servicios de inteligencia estadounidenses. De hecho, Hersh afirma que las últimas acusaciones contra Irán obedecen a motivos políticos y que el nuevo director general del OIEA, el japonés Yukiya Amano, actúa a instancias de los deseos de Estados Unidos, alarmantes acusaciones que recuerdan las hechas contra Iraq a propósito de su presunta posesión de armamento no convencional antes de la invasión estadounidense en el 2003.

El enfoque de Obama sobre Irán representa una apuesta. En diciembre del 2011, el Congreso autorizó varias medidas que incluían sanciones bilaterales contra el banco central de Irán. Obama lo firmó con rango de ley. Este marzo, Obama ha aguzado su retórica descartando ya la retórica de “contención” por creerla inviable y prometiendo destruir el programa nuclear iraní si las sanciones económicas fracasan a la hora de obligar a Irán a dar carpetazo a sus aspiraciones nucleares.

Según Gary Sick, politólogo, experto en Oriente Medio e Irán y asesor de los presidentes Ford, Cárter y Reagan, la suspensión de los vínculos entre el sistema financiero estadounidense y cualquier banco extranjero que siga efectuando operaciones con el Banco Central de Irán forma parte de un paquete de sanciones destinadas, entre otras cosas, a impedir que Irán reciba el pago de sus exportaciones de petróleo; la medida equivale a un acto de guerra y representa un bloqueo financiero de los puertos petroleros iraníes, situación susceptible de privar al país de más de la mitad de sus ingresos.

Frente a la guerra económica, Irán ha realizado maniobras navales en el estrecho de Ormuz y ha amenazado con cerrarlo al tráfico comercial, subiendo todavía algunos peldaños más en la guerra verbal entre Washington y Teherán. El peligro de que las arriesgadas estrategias estadounidense o iraní deriven en un error de cálculo desencadenante de una guerra desastrosa para todos es un peligro real. Si Irán hiciera uso de toda su fuerza económica y militar, sufriría evidentemente un tremendo ataque de represalia, pero caería luchando, poniendo a la economía mundial en una situación crítica.

Obama ha subrayado que cree que las recientes sanciones económicas sin precedentes contra Irán pueden frenar su programa nuclear si se da tiempo para que funcionen. Al propio tiempo, ha pedido al Pentágono que presente opciones militares para un posible ataque contra el programa nuclear de Irán, según funcionarios estadounidenses. The Wall Street Journal ha publicado que el Pentágono sigue adelante con los planes de contingencia militar, incluida la fabricación de las mayores bombas antibúnker convencionales, con un coste de cientos de millones de dólares por unidad y capaces de destruir las instalaciones subterráneas iraníes.

La apuesta de Obama con relación a Irán está erizada de riesgos y peligros. Si tres décadas de sanciones contra Irán pueden servir de guía, es improbable que las nuevas medidas sancionadoras fuercen a las autoridades iraníes a clausurar su programa nuclear. De hecho, los iraníes han redoblado sus esfuerzos para acumular más uranio de bajo enriquecimiento en profundas instalaciones subterráneas.

En visión retrospectiva, la situación era desfavorable para Obama al inicio de su ofrecimiento de alcanzar algún tipo de entendimiento con las autoridades iraníes: “Una sola tirada de dados”, en palabras de un funcionario del Departamento de Estado. No hay suficiente voluntad política, además de falta de confianza, entre Estados Unidos e Irán. La larga enemistad entre los dos países desde hace una treintena de años, de algún modo, se han institucionalizado. Por ejemplo, mientras aumentaban las tensiones entre Estados Unidos y sus aliados e Irán a principios del 2012, el líder supremo de Irán, el ayatolá Ali Jamenei, advirtió que cualquier ataque militar sería “diez veces más perjudicial para Estados Unidos” que para su país. Y recordó a los iraníes: “Hemos vivido nuestra experiencia durante los últimos treinta años (…) No deberíamos dejarnos engañar por sus falsas promesas y palabras. Ellos quebrantan sus promesas con muchas facilidad (…) No tienen vergüenza. Simplemente sueltan mentiras”.

Y en Estados Unidos, desde el principio, Obama hizo frente a una rígida oposición institucional a su visión sobre una política de entendimiento, incluidos influyentes miembros de su propio Partido Demócrata, de forma que la derecha política podía señalar dónde se situaba el paradigma del éxito. Como ha observado un perspicaz analista sobre Irán, Obama ha comprado la idea de que una política “fuerte” frente a Irán ha de ser dura, punitiva y de enfrentamiento, permitiendo así que el debate tenga lugar en la cancha de la derecha. No ha sabido ilustrar a la sociedad estadounidense sobre lo que se halla en juego entre una postura de entendimiento con los iraníes frente a los costes de un prolongado enfrentamiento.

El Gobierno israelí se ha valido de donantes demócratas de alto nivel para ejercer una presión adicional sobre Obama a fin de que renunciara a la diplomacia con Irán. En el momento caldeado de la campaña presidencial, Netanyahu presionó más a Obama a fin de que estuviera presto a un ataque militar contra Irán, aunque el presidente mantuvo la calma. Otros países vecinos del golfo Pérsico sumaron asimismo sus voces a las de Israel. En otras palabras, los costes políticos de intentar solucionar las tensiones con Irán eran excesivos y no había suficiente marco político para justificar meterse en una accidentada senda para alcanzar la paz con Irán.

Las tensiones y rivalidades entre los líderes de Irán, junto con hondas sospechas de Washington, paralizaron el proceso de toma de decisiones de Teherán y desperdiciaron la ocasión sin precedentes ofrecida por la Administración Obama para lanzarse a un programa prudente de reconciliación.

El peligro reside en que si las sanciones no logran influir en la realización del programa nuclear iraní, Obama carecerá de estrategias de salida. Podría tener que hacer frente a una opción militar.

Por Fawaz A. Gerges, director del Centro de Oriente Medio en la London School of Economics.

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