Sin filosofía no hay democracia

Vivimos en un país, si cabe, más extraño que nunca entre las amenazas de Rufián (un gran apellido catalán) y las de Matute (un gran apellido vasco), de Bildu. Dos lumbreras de nuestra política por si no hubiera ya pocas. A costa del dinero de todos y no con el sudor de sus frentes cotidianamente nos insultan y ofenden. Espero que el ínclito Odón Elorza utilice la misma pinza para apretarse la nariz cuando intervengan estos y otros portavoces de los socios del Gobierno. Probablemente, de no ser la política española tan mediocre, estos dos individuos estarían no solo los lunes al sol, sino todas las semanas de sus insignificantes vidas. Sus discursos son de una pobreza enorme. Solo sirven para azuzar a la extrema derecha, dándole razones y motivos como ya sucedió en otras épocas infaustas. La retórica del nacionalismo es de una penuria desoladora y ellos la representan a la perfección. La inteligencia permite aprender y facilita el almacenamiento de información y habilidades, estos individuos y sus adláteres carecen de ella no por nacimiento sino por propia vocación. En El yo y su cerebro, Karl Popper escribe que la evolución cultural es la continuación de la evolución genética por otros medios. Algo les ha fallado a ellos. Esto sucede porque todo lo relacionado con los nacionalismos tiene el estatus de principio innegociable, de principio básico para todo. Es sabido que los principios básicos son siempre evidentes y que no se discuten, se proclaman. Estos portavoces de lo irracional son sus profetas.

Sin filosofía no hay democraciaEl nacionalismo es una rama podrida del romanticismo. El romanticismo surgió contra el espíritu de la Ilustración -mejor demostración en el caso de estos dos diputados, imposible- que trajo consigo el menosprecio de las instituciones del Estado de derecho clásico y una fuga hacia el irracionalismo y el particularismo. Así también es inherente al nacionalismo una constante desafección a las instituciones democráticas, porque entienden que el espíritu de un pueblo está por encima. Si estas gentes representan lo mejor de la ciudadanía en sus respectivas regiones, que los jóvenes de las mismas no se hagan ilusiones y mejor que emigren. Estos personajes están al margen de la ejemplaridad y aunque por su condición de aforados muchos de sus actos no pueden ser sancionados, como norma general van contra la ética y la moral. Solo representan una nueva-vieja barbarie. El Parlamento, hoy en día, se ha convertido en un canal más de la televisión basura. Estos caciques tribales solo representan la debilidad de sus escasos conocimientos que ni siquiera la inteligencia artificial será capaz de cubrir. No les pedimos que sean Platón (la virtud), Aristóteles (la prudencia), Epicuro (la felicidad), Agustín (la sabiduría) o Kant (la honradez), sino que sean solo seres racionales, que es lo más difícil de conseguir. Nuestro antídoto únicamente puede ser el humor, como un interregno entre la dura realidad y la ilusión utópica, ya que pronto volverán a la inexistencia.

Y mientras perdemos el tiempo hablando de esta gente, tanto populares como socialistas van a aprobar la desaparición de la filosofía -la asignatura que enseña lo que es la libertad de pensar, así como los motivos y razones para nuestra presencia en el mundo- de los planes de estudio. La filosofía conformó en la antigua Grecia la democracia y enseñó, a lo largo de los siglos, a ser ciudadanos libres. ¿Es esto lo que temen ambos partidos? ¿ Se puede hacer desaparecer una asignatura como esta en un Estado democrático? En realidad se trata de algo más que una mera asignatura, se trata de una auténtica enseñanza para la vida. ¿Se han convertido los dirigentes de ambos partidos en Rufianes y Matutes? ¿Cómo se puede ayudar a la juventud, ya demasiado descarriada, sin unos maestros que le ayuden a dar sentido a su existencia? Timothy Snyder, en Sobre la tiranía: veinte lecciones que aprender del siglo XX, nos recordaba que es un gran error asumir que lo peor ya no puede volver a ocurrir - en nuestro caso, los viejos conflictos de la Guerra Civil-. La Alemania de Weimar nos enseñó que la democracia no se salva sola -es decir, permitir los continuos ataques e insultos a nuestras instituciones y saltarse la división de poderes-. Se necesita una ciudadanía activa, no desactivarla como se está pretendiendo hacer. Por último, nos dice Snyder que la posverdad equivale al prefascismo. Los profesores, los colegios e institutos o las universidades deberían protestar y sublevarse. La misión de la filosofía ha sido proponer un ideal a la sociedad de su tiempo. La universidad española, ya carente de ideas e iniciativas, es capaz de callarse no solo ante este hecho, sino también ante la creación de una página web, por parte de las universidades catalanas, para que los alumnos puedan denunciar a aquellos profesores que no den sus clases en catalán. ¿Dónde está la libertad de cátedra? ¿Esto no es franquismo? ¿Atraerán a estudiantes extranjeros? ¿No son cómplices y clientes de los nacionalistas? ¿Dónde está la Conferencia de rectores de las Universidades Españolas (CRUE)?

Si se elimina la filosofía de nuestros planes de estudio conseguiremos que nuestros jóvenes hipnotizados por las pantallas pierdan la conciencia del bien y del mal; o lo que es peor, que pierdan la conciencia de sí mismos. La intolerancia no es una cosa del pasado sino del presente y del futuro inmediato. La intolerancia, el autoritarismo, esa tendencia generalizada a imponer los propios criterios frente a la libertad de la diversidad -una libertad que es, precisamente, lo que enseña la filosofía-. Desterrar la filosofía significa arrojar a los jóvenes a la incertidumbre y al temor. En El hombre contra el Estado, Herbert Spencer, contemporáneo de Stuart Mill, escribió que la verdad siempre se originó a través del conflicto "de la mente con la mente", es la "chispa que emana tras la colisión de ideas opuestas". La filosofía nos enseña a descubrir la verdad y nos aleja de lo falso. ¿Es esto lo que no quieren nuestros políticos? ¿Prefieren acaso una juventud irresponsable y esclerotizada, homogeneizada por la mediocridad?

Y mientras tanto, otro jefe tribal, esta vez del PNV, sigue recogiendo nueces y castañas del árbol tambaleante. Por si no fuera poco privilegio la financiación foral del País Vasco (recaudación propia, concierto económico, cupo vasco irrisorio, vacaciones fiscales), una financiación que duplica la media española, incluida la de los madrileños, este jefe tribal los acusa de privilegiados. La capital de España, hay que recordar, ingresa el 70% en la caja común. Ahora, además, el proyecto de ley de memoria democrática incluye una cláusula para admitir lo que ni los tribunales franceses ni nuestro Tribunal Supremo nunca han concedido: entregar uno de los dos edificios del Instituto Cervantes en París. En el edificio de la avenida Marceau 11 estuvo refugiado el Gobierno vasco desde el año 1937 a 1940, pero nunca se demostró que fuera propiedad de ellos. Este asunto ya me tocó a mi durante mis años de mandato (2004-2007) y siempre fue esta la opinión jurídica. Yo le puse el nombre de Octavio Paz a la biblioteca -que fue para los fines que siempre sirvió este palacete- por dos razones. Una de ellas por ser uno de los más grandes escritores en lengua española del siglo XX, Premio Cervantes y Premio Nobel de Literatura, pero también como homenaje a México, país que intervino para dar sepultura en Montauban al presidente de la República Manuel Azaña, y salvó y refugió a miles de exiliados políticos, algunos de los cuales fueron profesores del propio Paz. El edificio tenía grandes problemas de consolidación y hubo que gastar una considerable suma de dinero para mantenerlo en pie. Daba miedo pasear por el inmenso sótano, repleto de estanterías de libros que en otros tiempos, durante la ocupación alemana, había sido una de las sedes de la Gestapo.

Sin filosofía no hay democracia. Y sin la igualdad de todos los ciudadanos españoles, tampoco. ¿Vale la pena que siempre seamos los mismos los que pagamos los platos rotos?

César Antonio Molina es ex director del Instituto Cervantes y ex ministro de Cultura. ¡Qué bello será vivir sin cultura! (Destino) es su último libro publicado.

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