Sin nacimientos no hay bienestar

La Segunda Transición Demográfica (aumento de la esperanza de vida, reducción de la mortalidad infantil) constituye un logro consolidado en los países desarrollados. Pero, con ello, llegó también una fuerte caída de los nacimientos. Para poner esta afirmación en contexto sin provocar un empacho de datos, fijémonos en un único indicador para 2024: el número medio de hijos por mujer o índice de fecundidad (fuente: División de población de Naciones Unidas). En prácticamente todos los países del mundo, a excepción de los africanos, algunos asiáticos y pocos latinoamericanos, el número medio de hijos por mujer no llega a 2,1, el llamado 'nivel de reemplazo' que mantendría la población constante, dada una mortalidad baja. La tendencia global a situarse por debajo, o muy por debajo, de este umbral es imparable. Se prevé que para 2065 la fecundidad del mundo en su conjunto ya será inferior.

Sin nacimientos no hay bienestar
NIETO

¿Por qué se ha desplomado la fecundidad? No es fácil aclararlo. Las únicas certezas a escala internacional son la preferencia generalizada por invertir más recursos en menos hijos y, quizás, el difícil acceso a la vivienda en las grandes ciudades. Por lo demás, los viejos clichés ya no funcionan. China y Taiwán tienen una fecundidad similar, aunque solo la primera impuso la política de un hijo por familia. También ofrecen cifras similares sociedades tan conservadoras en materia de género como la alemana (1,54) y la muy feminista e igualitaria Suecia (1,67). A penas una décima separa a países de tradición liberal como Estados Unidos (1,66) de la protectora Francia (1,78), que durante años fue un modelo a imitar. España está en el grupo de países llamados 'lowest-low', en los que la caída de la fecundidad ha sido más rápida e intensa. Nuestra tasa estimada de 1,30 hijos por mujer está cerquísima de Italia y solo unas centésimas por debajo de Portugal. Las proyecciones nos sitúan obstinadamente por debajo del nivel reemplazo hasta, por lo menos, el año 2100.

¿Debería preocuparnos? Rotundamente, sí. Apenas el 5 por ciento de la población en España no desea tener hijos. Sin embargo, una de cada cuatro mujeres nacidas en la mitad de los setenta no tendrá ninguno al final de su vida fértil. Además, casi una de cada tres solo tendrá un hijo, aunque, según todos los datos, la preferencia mayoritaria es tener dos. Formar familias y tener hijos aumenta la salud y el bienestar individual. Por eso, la brecha entre deseos y realidad es un buen indicador del bienestar que desperdiciamos al no tener los hijos que deseamos. Más debatidas son las desventajas colectivas asociadas a una baja fecundidad. Las sociedades envejecidas son menos innovadoras. Sus tasas de dependencia comprometen el equilibrio presupuestario y, por si fuera poco, adoptan patrones de redistribución intergeneracional que dificultan, aún más, la formación de nuevos hogares y la reproducción de los que existen. Además, una baja fecundidad sostenida en el tiempo reduciría la fuerza de trabajo y el tamaño de los mercados locales, mermando su riqueza.

¿Qué podemos hacer? El desconcierto que ha generado el hundimiento de la fecundidad ha alimentado discursos que huelen a cerrado, desde lo identitario-patriótico hasta la crítica feminista, que todo lo explica por desequilibrios de género en el reparto de las tareas domésticas y la brecha que genera en el mercado laboral. Pero si el objetivo es elevar nuestra fecundidad unas décimas para situarla entre los países con similar riqueza a la nuestra conviene poner el foco en tres cuestiones fundamentales, a menudo ignoradas por aquellos políticos desorientados que promueven soluciones milagrosas sin respaldo en la experiencia comparada.

En un país como España, cuyo discurso sobre lo social reflexiona casi en exclusiva sobre la 'vulnerabilidad', el repertorio de soluciones habituales a casi cualquier problema se centra en la población desfavorecida. Pero si el objetivo es aumentar la fecundidad, mi primer consejo sería concentrarse en las mujeres universitarias, tanto por el volumen de población que estas representan como por el menor coste relativo que tendría moderar sus dificultades para la reproducción. En España, algo menos de la mitad de las universitarias de entre 30 y 50 años no tiene hijos, frente a solo una de cada tres sin educación terciaria. Después de invertir años en su formación, el coste de oportunidad de la maternidad es alto para las universitarias, sobre todo para las que son geográficamente móviles y no tienen otros lazos familiares cerca. Extendamos la educación infantil de calidad de los cero a los cinco años, abramos las puertas de los colegios para proporcionar más ocio y estímulo extraescolar, desactivemos a quienes persiguen imponer la jornada escolar continua y, en general, apoyemos sin complejos el cuidado de menores desde el sector público o, por qué no, desde el privado. Universalizar estas medidas impulsaría la maternidad entre las universitarias sin generar inequidad. Hacerlo no solo ayudaría a quienes quieran tener su primer hijo, sino también a los que se planteen el segundo, algo fundamental en España. A diferencia de lo que sucede aquí, en muchos otros países de nuestro entorno son las universitarias quienes más frecuentemente optan por tener un segundo hijo, acelerando su calendario reproductivo y dejando menos tiempo entre nacimientos. En ese contexto tiene sentido que las ayudas al segundo hijo se centren en las madres menos cualificadas. Pero en España la dificultad para la transición al segundo hijo parece ser idéntica para mujeres de distintos niveles educativos. Una apuesta valiente por la conciliación aumentaría los nacimientos entre las universitarias. Lograr el mismo efecto entre las menos cualificadas exige medidas más complejas, costosas y de resultado incierto.

El segundo consejo, más difuso, pero no menos importante, es incorporar a los varones en la ecuación, sobre todo a los menos cualificados. En países que disponen de los datos necesarios, la fragilidad de los hombres menos educados está ya más que identificada como un problema social prioritario: son ellos quienes han perdido más empleo durante las crisis recientes, y son más susceptibles de ser expulsados del mercado laboral por la innovación tecnológica. La incertidumbre en la que viven explica mucho de su infecundidad, hecho que llama la atención de quienes tienen una mirada libre y poco encorsetada sobre la 'vulnerabilidad'.

Finalmente, el último consejo sería tener mucha paciencia, aún más constancia, y engordar decididamente los presupuestos destinados el apoyo familiar. En España, el gran paso adelante vendría de reorientar (o incrementar) de tal forma ese capítulo del gasto público que implicaría revisar a fondo el actual 'statu quo' fiscal y las políticas de bienestar que tanto benefician a los mayores en detrimento de las familias jóvenes, sobre todo de las que nunca llegan a formarse. Soy pesimista. Las preferencias electorales de los españoles (tan envejecidos y territorialmente conscientes) obstaculizan nuestra capacidad de reacción. Mientras tanto, seguiremos desperdiciando el bienestar que nos traería tener más niños.

Héctor Cebolla Boado es investigador del Instituto de Economía, Geografía y Demografía del CSIC.

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