¿Sin novedad en el frente?

Estos dos últimos meses de disputa política, por cierto un tanto excesiva, han desplazado el debate que deberíamos tener sobre la situación de nuestra economía y el futuro que nos aguarda o puede esperarnos próximamente. Escuchando los intervenciones en el Congreso, parecería que no es preciso discutir sobre estas cuestiones, más prosaicas que la puramente políticas. Y así, los choques dialécticos con que nos han amenizado los dirigentes del país, se han centrado en elementos estrictamente políticos y/o de redistribución del ingreso, en mucha mayor medida que en los retos que afronta nuestro tejido productivo.

Esta ausencia de discusión acerca de en qué momento de la recuperación nos encontramos, y cuáles son sus perspectivas, obedece a la convicción que el 2016 ofrece unas buenas perspectivas, una opinión compartida tanto por organismos oficiales, españoles e internacionales, como por el grueso de los analistas privados. Y, en efecto, las proyecciones para el 2016, e incluso para el 2017, apuntan al mantenimiento de la velocidad de crucero con la que salimos del 2015, aunque a tasas inferiores, con avances del PIB en el entorno del 2,5%. Este aumento de la actividad debería trasladarse a un crecimiento del empleo que se situaría cercano al 2,0%, añadiendo en el 2016 medio millón de nuevos puestos de trabajo. En síntesis, el escenario central en el que se mueven las previsiones hoy disponibles sugiere la continuación, por tercer año consecutivo, de la recuperación iniciada en el 2014, y también un tercer ejercicio de aumentos del empleo, de forma que del 2014 al 2016 el empleo se habría incrementado en unos 1,6 millones.

Al tiempo que España continúa su crecimiento, los mercados financieros, las bolsas, los tipos de cambio y, en especial, los tipos de interés, continúan en valores excepcionales. Tan excepcionales, que generan crecientes temores sobre el futuro de la economía global. Y los síntomas que se acumulan están ahí, para quién quiera verlos: fuerte ralentización del comercio mundial, síntomas de deflación en Japón y en el área del euro, y dificultades para un sólido aumento de salarios en Gran Bretaña y en los EEUU, que probablemente van a posponer cualquier elevación de tipos de interés en los países anglosajones.

¿Qué está pasando? ¿Por qué esta dinámica esquizofrénica? ¿Cómo se combina el crecimiento en España, y la mejora suave de la economía europea, y el endurecimiento de las condiciones globales? Como siempre en economía, las dos percepciones de esa compleja realidad son ciertas. Lo es el notable avance de la actividad en España; y lo son, también, la acumulación de nubarrones en la economía global, que podrían desencadenar una severa tempestad que nos condujera, de nuevo, a la recesión. Esta es la visión que emerge del editorial de la ‘Quarterly Review’, del BIS (Bank of International Settlements), del pasado 6 de marzo. Viniendo de quién fue la única gran institución global que advirtió que la acumulación de desequilibrios financieros acabaría mal, sus comentarios son un jarro de agua fría sobre el optimismo que preside, hasta hoy, el futuro de nuestra economía.

A los riesgos que pueden proceder del exterior quisiera añadir algunos otros que, en general, se destacan menos de lo deseable. Primero, el muy reducido avance de la productividad, de escasamente un 0,4% en el 2015. Segundo, un aumento de los costes laborales que excede el de la productividad y que, por tanto, se traduce en un crecimiento de los costes laborales unitarios, el primero desde el inicio de la crisis.

Tercero, las evidentes dificultades para generar el saldo exterior que necesitamos para reducir nuestro endeudamiento. En el 2015 hemos conseguido una superávit por cuenta corriente de 16.700 millones, un reducido 1,5% del PIB, solo ligeramente superior al 1,0% del 2014. Y, en este ámbito, no nos hagamos trampas al solitario al añadir las transferencias de capital de la UE. Por último, mantenimiento de la deuda bruta exterior y escasa reducción de la neta. En suma, a pesar de las reformas y de la dureza de los ajustes, todavía queda muchísimo por hacer. Por no hablar de los impactos sobre la confianza que pueden acabar generando el actual empate político y las dificultades para formar nuevo gobierno.

Por ello, la complacencia de las previsiones sobre el PIB para el 2016 o, incluso para el 2017, es peligrosa. Si los vientos de cola que ahora nos empujan (tipos de interés, euro y petróleo en mínimos, a lo que hay que añadir las reducciones fiscales) se modificaran, o mejor, cuando se modifiquen, emergerán problemas latentes no resueltos que anticipan importantes dificultades en el medio plazo. Tanto de balance como de competitividad y de crecimiento de la productividad. Pero hoy, aquí, todos contentos: sin novedad en el frente.

Josep Oliver Alonso, Catedrático de Economía Aplicada (UAB)

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