Sin partidos

La propuesta del president Mas de conformar una candidatura unitaria en la que se integren representantes de partidos soberanistas y soberanistas independientes para convertir las próximas elecciones autonómicas en plebiscitarias ha suscitado adhesiones y distanciamientos. Los recelos porque el líder “convergente” perseguiría con dicha fórmula mantenerse al frente de la Generalitat y facilitar, a cuenta de las demás formaciones, la refundación del partido recibido de manos de Pujol; la defensa –entre ideológica y corporativa– de la personalidad diferenciada de las demás siglas, y la prevención ante la eventualidad de que la pretendida suma acabase restando enteros a la independencia forman parte de la disconformidad con Artur Mas. El hecho de que su “hoja de ruta” no fije la fecha de esos comicios plebiscitarios y anuncie el Estado independiente para dentro de año y medio incrementa las reservas ante el planteamiento. A nadie se le escapa que continuar reduciendo la pulsión política en Catalunya al objetivo último de una nueva demostración de fuerza independentista daría lugar a un caldo tan espeso que difuminaría el resto de los problemas y desafíos a que se enfrentan los catalanes.

El mayor dilema al que periódicamente se enfrenta el soberanismo de izquierdas es si su primer objetivo debe ser la recuperación de “la casa común” nacional, dejando para una etapa posterior la discusión sobre la distribución de sus espacios, sobre el color de paredes, puertas, ventanas y fachada, y sobre el mobiliario que corresponda a cada una de sus dependencias. O si, por el contrario, ha de hacer valer sus ideales de transformación igualitaria de la sociedad y su talante crítico respecto al ejercicio del poder. Se trata de un dilema naif donde los haya, que ahora aflora en Catalunya como si nunca antes se hubiese producido. La recuperación de “la casa común” es potestativa de los herederos de la nación y sólo de ellos. Los demás no tienen otra opción que aspirar a una especie de realojo provisional, a la espera de su conversión o de su dilución en la uniformidad patria. La reducción del catalanismo al soberanismo consultivo primero y al independentismo después sugiere que todo vendrá de la constitución de un Estado propio. Porque es su carencia la causa de todas las injusticias y apreturas.

Pero el reto que lanza el president Mas no se limita a un reajuste del campo nacionalista, que, con la promesa de que irá volviéndose cada día más extenso, constituye un señuelo muy atractivo para todas las siglas partícipes del entusiasmo soberanista.

El asunto es aun más serio, porque en Catalunya se agudiza el cuestionamiento general, no ya del sistema de partidos al que da lugar la democracia parlamentaria surgida de la transición, sino de la existencia misma de los partidos. Los partidos tienen mala prensa porque se muestran interesados, herméticos, incapaces y ante todo corruptibles. Es el momento de que la sociedad civil –reducida en forma de ANC– se haga con los mandos de la sociedad política. La partitocracia está muerta, aunque no sepamos qué cracia la puede sustituir. En el arco catalán no hay ningún partido que se salve del declive. Hasta ERC, llamada a encarnar la superación del pospujolismo, padece los efectos de un vértigo fatal; como si no se viese en condiciones de asumir el papel que le han ido asignando los sondeos de opinión. Lo más asombroso del caso es que, de pronto, sea el president de la Generalitat el promotor principal de la consunción de los partidos.

Los partidos políticos son máquinas de control y simplificación de la voluntad ciudadana, aspiran a desempeñar su papel más allá del espacio que les corresponde, dan cobertura a los suyos con la más generosa de las indulgencias, buscan su pervivencia estableciendo artificiosas distancias de separación respecto a sus contendientes, hasta ahora ni siquiera se habían dado cuenta de que no tienen un electorado en propiedad. Pero la alternativa que se nos ofrece podría empeorar las cosas. Sería el gobierno de las personas revocables por Twitter, de los programas sometidos a subasta digital, de la proliferación de mensajes anónimos contra esto y a favor de aquello, de la transparencia entendida como una realidad líquida que fluye permanentemente sin que se sepa hacia dónde. Claro que en el caso de Catalunya el sistema “sin partidos” obedecería a una llamada de unidad nacional al servicio de una sola causa: la de un proyecto independentista sostenido sobre un poder establecido, el de la Generalitat. Mejor partidos diversos y democráticos que una democracia gaseosa y, por ello, más manipulable. Mejor que los ciudadanos sepamos quién se hace cargo de esto, y sin elusiones.

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