Sin perdón

Hace unos días Tony Blair pidió perdón públicamente por haber impulsado la invasión de Iraq sin medir las consecuencias de esa acción que llevó a la desestabilización de Iraq, de Siria y de Oriente Medio. Bien está que alguien reconozca su gigantesco error y asuma la responsabilidad de tamaño dislate. Sus colegas del triángulo de las Azores donde se gestó la guerra y la manipulación de la opinión pública, Bush y Aznar, podrían tener la decencia de imitarle. No esperen un gesto así de personajes de esa estirpe. Ni siquiera el Partido Popular, responsable político de enviar tropas a una guerra vergonzosa, ha hecho nunca una autocrítica de semejante disparate.

El resultado de tanto sufrimiento humano lo estamos viviendo día a día. El más reciente, aterrador, ejemplo es la destrucción del avión ruso de Metrojet y la muerte de sus 224 pasajeros, por lo que parece ser, según el presidente Obama y el primer ministro Cameron, una bomba colocada en el aparato por la rama del Sinaí del Estado Islámico en el aeropuerto de Sharm el Sheij, popular lugar vacacional. Las líneas aéreas británicas ya han suspendido sus vuelos y muchos turistas están siendo evacuados. La macabra elección de atacar a un avión ruso es, muy probablemente, una respuesta a los bombardeos de la aviación de ese país contra los islamistas en Siria, en su esfuerzo por sostener en el poder a El Asad y mantener su importante base naval. Se trata de un salto cualitativo en la espiral de destrucción desatada por Bush, Blair y sus compadres de mentiras y agresión en el año 2003.

¿Por qué entonces Rusia se niega a reconocer el acto terrorista, pese a su reivindicación por el Estado Islámico? Por lo mismo que Aznar mintió sobre el atentado de Al Qaeda del 2004 en Atocha, intentando atribuírselo a ETA. Para que los rusos no despierten de su letargo y se opongan a la intervención de Putin en Siria. Por otro lado, Estados Unidos está interesado en demostrar la peligrosidad del Estado Islámico y no le disgustaría que Rusia empiece a pagar un precio más alto por su intervención y reduzca su presencia militar en la zona.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? No voy a reescribir ahora los artículos que sobre la guerra de Iraq y el yihadismo he ido publicando en este diario durante años. Tan sólo recordar la filiación entre lo que pasó y lo que pasa. Recordar que la guerra fue deliberadamente provocada por Estados Unidos y justificada por la patraña de las inexistentes armas de destrucción masiva cuya principal “evidencia” falsificada fue fabricada por el MI6, los servicios secretos de Su Majestad. Las razones poco importan ahora, le remito a lo ya analizado. Lo que importa es que cuando Estados Unidos tuvo que retirarse por la falta de apoyo ciudadano y por la oposición política que llevó a Barack Obama al poder, Iraq quedó en manos de los chiíes (apoyados por Irán y Estados Unidos a la vez) pero con un liderazgo corrupto que nunca pudo controlar el país. Mientras que los suníes, base del ejército de Sadam Husein, buscaron su revancha.

Esta llegó mediante la alianza entre los cuadros militares del desmembrado ejército de Sadam Husein y las milicias yihadistas suníes formadas en la rebelión contra El Asad en Siria. Dichas milicias, aunque parcialmente resultaron de escisiones de Al Qaeda, se fortalecieron mediante el apoyo financiero y armamentístico proporcionado por Arabia Saudita, Jordania y Qatar, en su esfuerzo por derribar a un Asad apoyado por la minoría alauí (chiíes) en Siria y últimamente por Irán.

Así se formó el Estado Islámico. Siria e Iraq se convirtieron en el principal teatro de operaciones de la atroz guerra de religión que se libra en Oriente Medio. El presidente Obama se negó a ser parte directamente beligerante en esa guerra, confiando en que los saudíes pudieran controlar a sus protegidos, mientras que, contradictoriamente, entregaron el control militar de Iraq a las milicias chiíes entrenadas por Irán. Torpeza tras torpeza, sin saber ya por qué estaban en Iraq y buscando cómo salir del atolladero con el menor costo posible. Gajes del oficio de gendarme mundial.

Intentaron utilizar a unas milicias democráticas sirias que son inexistentes y tuvieron que renunciar a controlar las acciones de los chiíes en Iraq. Acabaron confiando su suerte a los kurdos, únicos motivados por la posibilidad de construir su propia nación y decididos a defenderse contra los yihadistas porque en ello les va la vida. Al igual que ocurrió en Afganistán, en donde al apoyo de la CIA a los muyahidines para combatir a la Unión Soviética permitió el triunfo de Bin Laden y la formación de Al Qaeda, los yihadistas se unieron a las tribus suníes en un proyecto de Califato, centrado en Iraq y Siria, y tal vez apoyado por las potencias suníes.

Solamente faltaba que esa llamada a la pureza mesiánica del nuevo yihadismo resonara en el mundo entero, incluido el mundo occidental e incluso entre jóvenes no musulmanes, cristalizando en brigadas internacionales que combaten el imperialismo, la cristiandad y el chiísmo, considerados variantes de un mal único. De ese caos alucinante surgen los centenares de miles de dramas humanos que, convertidos en sombras y alentados por sueños, pululan por el Mediterráneo y buscan refugio en esa Europa que contribuyó a encender las hogueras que quemaron sus hogares. Y ahí encuentran alambradas fortificadas y xenofobia rabiosa en el más claro ejemplo de ruptura de la solidaridad entre humanos.

Y por eso, no hay perdón. No hay ni puede haber perdón para quienes como Blair, Bush, Aznar y tantos otros iniciaron una guerra interminable por motivos inconfesables. O tal vez, lo que es peor, en función de sus propios fantasmas. Vivan con ellos y su culpa. Sin perdón.

Manuel Castells

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