¿Sin referencias, sin futuro?

¿Carecemos realmente de puntos de referencia, de utopías? ¿Hemos entrado en la posmodernidad descrita por el filósofo Jean-François Lyotard, que veían en ella el “fin de los grandes discursos”?

En primer lugar, es menester oponerse a esta idea de un mundo sin “grandes discursos”. Hace un mes, en París, en una conferencia organizada por el Collège d’Études Mondiales, el sociólogo Edgar Morin rechazaba este punto de vista y explicaba de forma brillante que, por el contrario, nunca hemos tenido tantos grandes, muy grandes discursos: el del universo, cuya historia analizamos apasionadamente desde el big bang; el de la historia de la humanidad, cuya trayectoria reconstituimos cada día con mayor precisión, con nuevos instrumentos, desde la noche de los tiempos; el de la ciencia, cuyos descubrimientos nunca han sido tan numerosos y tan prometedores… Ahora bien, es menester preguntarse acerca de este sentimiento, actualmente poderoso en Europa occidental, del declive, de la pérdida de sentido y de puntos de referencia, de ausencia de capacidad de proyectarse hacia el futuro con confianza.

Cuando las sociedades occidentales eran sociedades industriales, un conflicto estructural, que oponía entre sí los amos del trabajo y el movimiento obrero, organizaba la vida colectiva en torno a valores en que la idea de progreso tenía asiento de manera preferente. Hace tiempo que hemos dejado atrás este conflicto, y su declive, incluso bajo sus formas socialdemócratas, determina asimismo el de los objetivos de futuro que podía poner en juego.

La entrada en sociedades llamadas postindustriales a principios de los años setenta ha traído nuevos conflictos y, con ellos, nuevos valores, empezando por las utopías ecologistas. Unos valores sustentados al principio por soñadores de gran e inofensiva imaginación, por profetas como Iván Illich, autor de obras en las que consideraba la posibilidad de una educación sin escuela, de una medicina sin hospitales, etcétera… de activistas, científicos y expertos informados.

Desde los años ochenta, fuerzas políticas en varios países de Europa han encarnado estos valores en su diversidad. Y se han instaurado tres fenómenos importantes. El primero es la institucionalización y la profesionalización de nuevos protagonistas que muestran su protesta u oposición frente a determinadas realidades y que están organizados en torno a dos tendencias principales: unos participan en el juego político tradicional de modo que resultan elegidos o asumen una responsabilidad enteramente integrados en sistemas de representación aunque a costa de cierto grado de esfuerzo y fatiga. Otros se declaran radicales, fundamentalistas, gente pura y dura en sus convicciones, sin deseo de comprometerse en política; se caracterizan por hallarse en situación marginal en cierta medida o se encuentran insertos en facciones o grupos similares. El segundo fenómeno es la difusión de las ideas nacidas de las utopías de principios de los años setenta en el seno del tablero político: ningún partido, en la actualidad, tanto de izquierda como de derecha o de centro, olvida hablar de desarrollo sostenible, de cambio climático o de riesgos medioambientales. Igualmente, por otra parte, y aunque sea de manera muy hipócrita, ningún partido puede prescindir de reconocer los logros del feminismo y admitir por otro lado el sexismo o las desigualdades de género demasiado evidentes. Por último, tercer fenómeno, las ideas vinculadas a estas nuevas sensibilidades se han polarizado alrededor de dos orientaciones culturales principales. Una invoca otras concepciones del progreso, de la producción, del trabajo, de la ciudad, de la movilidad, del recurso a la ciencia, de la globalización; otra se muestra hostil al progreso, a la producción, a la vida urbana, a una movilidad mayor, y se opone a la globalización.

Estas transformaciones debilitan cualquier intento de trazar utopías y de proponer puntos de referencia para el porvenir. Lo más inquietante, en este caso, radica indudablemente en el rechazo de toda perspectiva de progreso que caracteriza no sólo a quienes defienden una ecología en sentido conservacionista a ultranza sino también –de forma mucho más amplia– a todos los que apelan en lo sucesivo a un decrecimiento y al rechazo frente a una asunción de riesgos, tanto en materia de medio ambiente como en otros ámbitos de la vida colectiva: un caso extremo es el de los partidarios de la deep ecology y sus vástagos integristas, o fundamentalistas, sospechosos de abrir la vía a mentalidades fascistizantes.

Por una parte, en efecto, cuando el pensamiento económico observa índices de crecimiento negativos y se regodea de ello, desemboca irremisiblemente en la pesadilla del estancamiento y de la regresión, en la incapacidad de tener una política internacional, en el debilitamiento de la diplomacia y de la defensa, en la actitud de repliegue: las orientaciones en tal dirección, cosa digna de atención, pueden compaginarse con llamamientos a una clausura del país y de la sociedad sobre sí mismos, al rechazo a la construcción europea, a la salida del euro. Y, por otra parte, el rechazo al crecimiento se inscribe en modos de pensar proclives a una hostilidad frente a la innovación y a la creatividad científica, y ser fuente de parálisis en el caso de los responsables de las políticas públicas.

Así pues, una concepción sin matices del principio de precaución priva de toda asunción de riesgos, retrasa la adopción de una decisión, motiva que los responsables se las arreglen para no cargar a su vez con responsabilidades a fin de no meterse en problemas judiciales. La utopía o, de forma más modesta, la búsqueda de otro porvenir cede entonces el sitio a la inacción o a la burocratización de los procedimientos.

Quedamos, por tanto, privados de perspectivas de futuro propias de la era industrial y decepcionados por las esbozadas hace casi medio siglo que posteriormente se han empobrecido o han retornado a su estado inicial.

Por consiguiente, cabe considerar varios escenarios. El más inquietante es el de una especie de estancamiento de las sociedades europeas, incapaces de salir de una crisis que fue primero financiera y económica y que es también, de manera evidente, social, cultural, política y moral.

Otros confían en la innovación cultural, en el descubrimiento de varias maneras de convivir, a partir de las cuales podrán surgir nuevos proyectos, un nuevo porvenir. Otros, por su parte, esperan mucho del surgimiento de nuevos conflictos sociales, susceptibles de animar la vida colectiva y, a partir de ahí, poder perfilar nuevos valores.

Desde este punto de vista, las luchas de los indignados, sea cual sea el juicio sobre ellas, constituyen experiencias innovadoras desde muchos aspectos. Otros, en fin, consideran la recomposición de los sistemas políticos como una prioridad absoluta; en esta perspectiva, es menester esperar no de parte de los partidos políticos que inventen el futuro, sino de parte de nuevas prácticas políticas que ejerzan una acción transformadora.

Nuestras sociedades –dice el historiador François Hartog– están dominadas por el presentismo, de modo que difícilmente encuentran modo y manera de pensar el futuro y –también, por consiguiente– el pasado. No sabemos de qué estará hecho el futuro, no sabemos incluso lo que querríamos que fuera, ya no sabemos ni siquiera soñar.

Pero podemos, en un primer estadio, rechazar los discursos regresivos o nostálgicos y, en un segundo estadio, considerar con confianza e interés las experiencias incluso limitadas, incluso frágiles en las que los protagonistas, los individuos, los grupos innovan, crean, propician nuevas formas de vida cultural e intentan abrir la puerta a expectativas a veces antagónicas o transformar la práctica política.

Michel Wieviorka, sociólogo. Profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *