Sin regadío no hay agricultura

En relación con el polémico trasvase del Segre a Barcelona, quiero hacer los siguientes comentarios, desde una perspectiva científica y técnica: si investigamos los antepasados árabes de Lleida, Murcia y Valencia, entre otros, y el tipo de agricultura que practicaban en sus huertas, veremos que la agricultura mediterránea es fundamentalmente de regadío.

Los técnicos que nos dedicamos a la agricultura tenemos muy claro que sin agua no hay agricultura, ni ganadería, ni por extensión alimentos para los humanos. El cultivo que no consume agua no existe y, por lo tanto, la agricultura que permite vivir a la gente y asentarla en el territorio ha sido principalmente la de regadío. Solo hay que ver lo que pasa en las zonas de secano tradicional de Catalunya: no pueden mantener la población, son las menos pobladas y las más empobrecidas.

La sociedad urbana desconoce el papel del agua en la agricultura. Sin un análisis profundo, reprochan al sector primario que utiliza demasiada agua (más del 70% del total), que es ineficiente en su uso y que las prácticas agrícolas asociadas al riego generan una alta contaminación ambiental. Esta misma sociedad debería saber que para producir fruta o maíz se necesitan un mínimo de 4.000 a 6.000 metros cúbicos de agua por hectárea. Para producir un kilo de trigo, un mínimo de 1.000 litros, y para un kilo de carne de cerdo, más de 3.000. Además, algunos suelos necesitan periódicamente un exceso de agua (de lluvia o riego) para evitar la salinización que, con el tiempo, los convertiría en tierra yerma. Sin agua no hay agricultura. Pensemos en ello ahora que todos nos quejamos del incremento de precios de los productos alimenticios.

La investigación agraria ha demostrado que es posible ahorrar entre el 20% y el 30% de los caudales de riego, sin disminuir los rendimientos, modernizando y cambiando los sistemas de riego y de producción. Ahora bien, hace falta una inversión mínima de entre 9.000 y 12.000 euros por hectárea, y aún falta por ver quién debería asumirla.

Creemos que la discusión y las acciones de la Administración tendrían que girar alrededor de favorecer, y si es necesario obligar, a modernizar los sistemas de riego para ahorrar agua, en lugar de quitarla sin avisar, planificar y consensuar con el territorio. De todas maneras, la agricultura ya hace años que trabaja en el ahorro del agua. Los agricultores de Ponent, con su esfuerzo e iniciativa, fueron pioneros en el uso racional del agua, hace unos 150 años, cuando pusieron en marcha el canal d’Urgell. Los nuevos regadíos utilizan los sistemas más eficientes, como la aspersión y el goteo, y pueden llegar a ahorrar entre un 20% y un 30% del agua. O sea, que mientras que la agricultura hace tiempo que trabaja en sistemas de riego más eficientes para ahorrar agua, las grandes ciudades han empezado a ahorrar recursos muy tarde y muy tímidamente.

Esta discusión nos lleva a reflexionar sobre el modelo de país que queremos. Si es un modelo centralizado y macrocefálico que consume todos los recursos del territorio y que impide el desarrollo del resto, es insostenible, insolidario e inmoral. Es imprescindible, pues, que la redistribución respete a las zonas rurales que tienen su desarrollo ligado a los recursos naturales y a la agricultura.

Creemos en la solidaridad interterritorial, pero estas palabras implican bidireccionalidad. Me cuesta ver la sensibilidad y la solidaridad del Govern de Catalunya con los territorios que tienen en la agricultura y la ganadería su principal fuente de riqueza. Se ha publicado repetidamente que la provincia de Lleida debe convertirse en un referente europeo para los temas agroalimentarios; sin embargo, la mayoría de los nuevos centros de investigación agraria del Departament d’Agricultura, Alimentació i Acció Rural se han instalado alrededor de Barcelona (el Centro Agroforestal, en Caldes de Montbui; el Centro de Economía Agraria, en Castelldefels; Centros de Residuos, también agrarios, en Mollet del Vallès; el de Genómica Agraria, en Barcelona; el de Agroalimentación, en Mercabarna).

Otro punto muy cuestionable es el calendario propuesto del trasvase, a partir del mes de octubre, sin tener en cuenta que las aguas del otoño y el invierno son esenciales para llenar los embalses y garantizar el riego del siguiente verano. Este desconocimiento también se aplica a los canales que abastecen de agua de boca a muchas poblaciones de la Catalunya interior.

Espero que este artículo nos ayude a todos (incluidos los gobernantes) a valorar el papel de los regadíos como elementos imprescindibles para el desarrollo y el equilibrio territorial y para recordar que la agricultura no despilfarra el agua, sino que el agua que se utiliza es imprescindible para obtener alimentos de consumo humano y producción animal, aunque se puede ser más eficiente.

Jaume Lloveras, Director de la E.T.S. de Ingeniería Agraria, Universitat de Lleida.