Sin trabajo perdemos dignidad

LA falta de trabajo te lleva a sentirte sin dignidad. Donde no hay trabajo no hay dignidad». Son palabras improvisadas, no por ello menos precisas y significativas, del Papa Francisco en su reciente visita a Cagliari (Cerdeña). Trabajo y dignidad para el ser humano, ecuación que merece atención preferente, especialmente en sociedades como la española, cuyo principal problema (primero en todas las encuestas) es la inquietud por perder el trabajo y el temor al paro. Si es el primer problema, ¿cómo es que no dedicamos inteligencia, talento, interés y recursos a revertirlo? Los Presupuestos asignan desde hace varios años cifras elevadas, hasta 40.000 millones de euros, a mitigar el paro, con escasa efectividad para sostener el empleo, que es el origen del problema. Aliviar el paro con subsidios supone un remedio menor para una enfermedad mayor: la carencia de trabajo.

En Alemania residen 82 millones de personas y trabajan 41 millones, la mitad de la población, y además 2,5 millones de parados en busca de empleo. No pocos de esos empleos son temporales, parciales, mal pagados… pero todos significan trabajo y, por tanto, camino a la dignidad. Esas cifras referidas a España son dramáticas, a 47 millones de residentes corresponden 16,5 empleos (36%, catorce puntos menos que en Alemania). Con parámetros alemanes, España debería proporcionar oportunidad de trabajo a casi siete millones de personas más, ¿Imaginan el efecto multiplicador de esas cifras? Y si en vez de Alemania utilizamos datos de otros países de la OCDE, los resultados son similares.

España está en la cola del mundo por capacidad para ofrecer trabajo. Un título vergonzoso, que la sociedad ha asimilado como si fuera una trágica fatalidad, un destino inevitable. Incluso en los momentos de euforia económica, cuando el PIB español crecía por encima de su teórico potencial y de los vecinos (por ejemplo, durante el trienio 2004-07) las cifras de empleo-trabajo siguieron siendo decepcionantes, con déficit de dos millones de empleos. Aquel irresponsable que gobernaba entonces anunció con jactancia: «Vamos hacia el pleno empleo», sin caer en la cuenta de que había problemas de fondo no detectados ni combatidos.

Los estudios sobre empleo en España son numerosos; la mayor parte recomiendan más flexibilidad, más incentivos para generar trabajo y también para no destruirlo. A pesar de las restricciones al despido, la destrucción de empleo es intensa: tres millones de empleos (con sus correspondientes cotizaciones sociales) se han esfumado durante los últimos cinco años. Un tributo económico, social y moral demasiado costoso, que ahora complica la recuperación. Los datos de destrucción de empleo y de trabajo no tienen equivalente en otros países cercanos que sufren una recesión igual o mayor, ¿cómo es que ellos sostienen el empleo cuando en España se destruye? La canciller Merkel pidió que le explicaran la anomalía española, y sugirió que expertos europeos visitaran España para hacer recomendaciones.

¿Qué tenemos que nos hace distintos en algo tan indeseable? Existen múltiples causas que tienen que ver con normas, con actitudes, con hábitos y con errores. En España falta respeto al trabajo; en todos los ámbitos. Despedir, reducir la cantidad de personas empleadas, aparece como el primer y principal remedio ante las dificultades. Sobra gente, es el mantra permanente que conduce al ajuste perpetuo como método para ganar productividad. Además los incentivos a despedir son efectivos, muchos de ellos con la apariencia de que favorecen al despedido, que intenta promediar indemnizaciones, subsidios, chapuzas para mantener su nivel de vida. En esos casos el valor del trabajo y su vinculación con la dignidad queda fuera.

No responde a ese patrón un sector como el del automóvil (plantas de montaje), que sostiene empleo con fórmulas diversas, incluida la suspensión temporal o la reducción de jornadas u horas mediante pactos sociales inteligentes y prácticos, con papel destacado para los sindicatos y los responsables de recursos humanos. Sin ese soporte la industria española del automóvil, decisiva para las exportaciones, estaría arrasada. ¿No se podía haber trasladado la experiencia de ese sector a otros?

La estructura empresarial española es demasiado minifundista, está atrapada por el elogio romántico a la pyme y el autoempleo, que va contra la práctica de acuerdos sociales pragmáticos, tan frecuentes en Alemania. Aquí abundan los errores de juicio, la aproximación incorrecta al problema de la caída de la actividad y de la demanda. Despedir, ajustar por el número de trabajadores, no es la mejor estrategia ni para las personas ni para el conjunto; solo es la respuesta automática, primaria y bárbara ante las dificultades que pone de manifiesto desprecio por la ecuación trabajo-dignidad a la que se refería el Papa Francisco.

Las soluciones no vendrán solo por una atinada reforma legal del marco laboral, requieren también mentalización y movilización social, implicación ciudadana que va más allá de las llamadas fuerzas sociales, que en no pocas ocasiones defienden egoísmos y posiciones adquiridas que van contra el mantenimiento del empleo.

Este es un momento crítico para la sociedad española, que está amenazada de deshilachamiento por problemas territoriales de identidad mal entendida, y también por problemas sociales de desintegración. Los riesgos de fractura social por diferencias inexplicables son evidentes; demasiados mercados duales: estables e inestables, con trabajo y sin trabajo, con subsidio y sin él, con pensiones reforzadas o con pensiones mondas, lirondas y decrecientes…

La crisis ha acrecentado desigualdades que podían ser soportables en la fase de crecimiento, pero que son insoportables cuando no crece la tarta global. Generar trabajo, repartir trabajo supone propiciar dignidad y autoestima, que es umbral de prosperidad. Los Estados Unidos se hicieron grandes porque fueron tierra de oportunidades, con ascensores sociales abiertos y activos. No es tiempo para eso que el Papa Francisco llamó hace pocos días chismorreo (hablar mal los unos de los otros), es tiempo para ocuparse de los asuntos importantes, que son los que tienen que ver con la convivencia, problemas que preocupan a los ciudadanos, con el trabajo en primer plano. Cuando el Gobierno cambió la denominación del Ministerio de Trabajo por Empleo se deslizó hacia la propaganda y la apariencia, jugó con las palabras en un mal momento. Casi dos años después no hay cambios perceptibles, aquello no fue un señal de ideas nuevas y fértiles, solo un gesto.

Colocar la creación y el reparto del trabajo en el centro del foco debería ser la estrategia central de los políticos e incluso trascender a los partidos ya que para revertir el proceso se requiere la colaboración de buena parte de la sociedad a la que hay que concienciar y movilizar. No se trata solo de cambiar las leyes, hay que modificar los estados de opinión, las preferencias y prioridades, los hábitos. Una gran tarea política y ciudadana.

Fernando González Urbaneja, periodista.

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