Sin trampas contra el populismo

En la crítica al populismo abunda la hipocresía, y la soberbia.

Existen pocas dudas acerca de que el auge de los extremismos es hoy la mayor amenaza para la democracia liberal; sin embargo, no deja de resultar sorprendente la soberbia con la que algunos políticos arrojan el ya manido insulto de «¡populista!» al rostro de cualquier nuevo rival en la palestra política, sobre todo cuando éste amenaza con llevarse su queso.

Es característico de los populistas decir mentiras, sin duda. Pero ese dominio de la posverdad no es un virus invasor en el saludable cuerpo de nuestras sociedades liberales avanzadas, sino su hijuelo. «Cuando las cosas se ponen serias, hace falta mentir», dijo Jean-Claude Juncker, el mismo presidente del Eurogrupo que en los tiempos revueltos confesó: «Sabemos qué hay que hacer para salir de la crisis, lo que no sabemos es cómo salir reelegidos después».

Y mentir, en efecto, tiene premio en política, como comprobó Pedro Solbes en su día, y como siguen comprobando hoy quienes se afilan con voracidad los dientes cada vez que un incauto osa decir alguna verdad, por ejemplo, sobre el futuro de las pensiones.

Es propio del populismo, asimismo, el uso de mensajes más dirigidos al corazón, o a las tripas, o a cualquier otra parte del cuerpo distinta del cerebro. Pero, ¿no es acaso esta la norma hoy en comunicación política? Ese rasgo es de clara estirpe liberal, así que no cabe cargarle el mochuelo al nuevo populismo: vivimos en unas sociedades donde se acepta con normalidad que la subasta de ideas y el share tengan el mismo —infausto— efecto en la calidad política que en la de los programas televisivos. Hace tiempo que la deliberación y el debate han cedido todo el protagonismo a las técnicas de mercadotecnia, y nuestras sociedades no han sabido salir del pozo donde Adorno y Horkheimer previeron que las hundiría la cultura de masas.

El populismo se mueve como pez en el agua en el terreno de la propaganda, de acuerdo, pero todas las agendas se elaboran con eslóganes populistas. De hecho, tanto camino se ha recorrido por esta senda que ya no sólo hablamos de cómo escoger los cuatro o cinco asuntos estrella por su mayor impacto mediático, sino de orientar por completo la acción de Gobierno: ¿cabe mayor populismo que los viernes milagro de Pedro Sánchez?

Para el populismo es fundamental, también, el deterioro de las instituciones, porque sus propuestas prenden mejor en sociedades fragmentadas y sin contrapoderes. Pero, de nuevo, ¿no son los actores políticos tradicionales los responsables de esa degeneración? La corrupción endémica de los grandes partidos, el desprecio al Tribunal Constitucional inaugurado por el PSC, las maniobras para retirar abogados del Estado poco proclives a las componendas… Suma y sigue.

También el populismo es un estilo: la caricatura, el trazo grueso, las formas histriónicas, la falta de seriedad y de matiz en el discurso… De nuevo cabría ver en esto sólo una diferencia de grado, pero no de cualidad, con sus detractores. Incluso si nos fijamos en uno de los más ilustres paladines liberales, ¿no es emplear la brocha gorda del populismo criticar a Viktor Orbán y Steve Bannon poniendo frente a ellos, formando pareja, a George Soros y a Teresa de Calcuta?

El sectarismo es otro rasgo que define el populismo, tal vez el que más, pues populista es básicamente aquel que habla en nombre del pueblo, y que expulsa de la comunidad política a todos los que no encajan en su definición. El que queda fuera es el otro, el enemigo, que puede ser el fiel de una determinada religión, el nacido con una identidad o en el seno de una cultura, o también pueden ser las élites, los miembros de la casta, o los votantes de un partido estigmatizado.

Etiquetas, categorizaciones, cordones sanitarios…. Estoy pensando en todos los supuestos fascistas que pueblan España, Europa, el mundo. Si tuviéramos que hacer caso de cierto discurso liberal, estaríamos rodeados de ellos. Sin embargo, no es creíble que de repente millones de europeos se hayan vuelto fachas, o que la media de estupidez haya subido espectacularmente en pocos años. En realidad, ni siquiera lo es, como acabamos de ver, que ciertos rasgos que caracterizan al populismo representen un salto cualitativo respecto a la política convencional, si acaso se han exagerado comportamientos que ya estaban plenamente consolidados en las denominadas democracias liberales avanzadas.

Recordemos la valiosa enseñanza que recibió Forrest Gump de su madre: «Tonto es el que hace tonterías». Cualquiera que tenga alguna noción de pedagogía sabe que nunca hay que decir a un niño que es tonto, o que es malo, sino que ha hecho o dicho una tontería o una maldad. Lo mismo sucede con los adultos; cuando etiquetas, marcas al etiquetado, y en buena medida lo determinas, y de este modo prefiguras, y puedes acabar propiciando, lo que tratas de evitar.

Todo lo dicho no debería servir para desanimar la lucha contra los extremismos populistas, pero sí para orientarla mejor y para hacerla más eficaz.

La crítica al populismo debería hacerse desde la humildad y desde la seriedad. Humildad para reconocer que la mayor parte de los vicios que se atribuyen, con razón, al populismo no son sino una evolución del modo de hacer política sancionado por nuestras democracias liberales.

Y seriedad para llevar a cabo la crítica con rigor, sin apriorismos ni estigmas, para no caer en aquello que se critica y para no provocar el efecto contrario al deseado.

Porque si la crítica no es creíble, el tiro suele salir por la culata.

Pedro Gómez Carrizo es editor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *