Sindicatos

Reconozco mi incapacidad para entender ciertas cosas por más que me empeño en ello. En los últimos años, al menos seis o siete veces he preguntado a gente más ilustrada que yo para qué sirve una Diputación Provincial. Me lo han explicado con detalle, he logrado comprenderlo más o menos y, al día siguiente, lo he olvidado. Guardo la lejana idea de que es algo que se usa para proyectar carreteras comarcales y, de paso, para ampliar la nómina de coches oficiales; pero no estoy muy seguro.

Me sucede lo mismo, por ejemplo, con el Senado. He leído la Constitución más de una vez, he hablado del asunto con gente sabia en cuestiones políticas y legislativas, lo he comprendido… y veinticuatro horas más tarde se me olvida. Hace muchos años, en los inicios de la democracia que disfrutamos los españoles, un partido político me ofreció ir en sus listas electorales como senador, con la elección casi asegurada, por una provincia en la que jamás había puesto el pie. Al minuto de escuchar la oferta, noté que me picaba la barbilla. Y de pronto imaginé que me crecía una barba muy larga y muy blanca. Y me dije: ¿cómo les cuento a mis hijos que este es, no sólo su padre, sino además un senador?, ¿y cómo les explico qué es un senador? Renuncié y ahí terminó mi carrera política: a un jefe de partido le puedes decir cualquier cosa menos que no.

Ahora que llega el 1 de Mayo, recuerdo que algo parecido me pasa con los sindicatos. Cada vez salen menos en los periódicos y empiezo a olvidar para qué sirven. Y eso que sus secretarios generales suelen durar casi tanto en sus cargos como los entrenadores de fútbol o los presentadores de los telediarios. Antes, en los días del franquismo, los jefes de los sindicatos falangistas, llamados verticales, eran unos señores con cara de enfadados que defendían que la Falange era un partido de izquierdas. Eran unas organizaciones muy singulares, porque se podía ser miembro de un sindicato y el dueño al mismo tiempo de veinte empresas; o ser un pobre asalariado que trabajaba como un burro y pertenecer al mismo sindicato que el propietario de la empresa. En definitiva, en una reunión de un sindicato vertical, un obrero podía recibir del patrón una patada en el culo por no votar lo que le decía. Al revés, no resultaba frecuente.

En los actos patrios, sobre todo los Primeros de Mayo, los verticales se cuadraban ante Franco con un sonoro taconazo y solían llevar gafas negras y bigotillo, además de camisa azul y una medalla por sus hazañas bélicas. Algunos presumían de que, durante la República, habían militado en el sindicato anarquista de la CNT; pero añadían que habían encontrado en la Falange el verdadero instrumento de la justicia social.

Con el final del llamado «falangismo obrero» –algo así como el «marxismo bancario» pero al revés–, llegó la democracia e irrumpió el sindicalismo histórico. Nadie dijo, sin embargo, que aquello suponía el inicio del «sindicalismo horizontal», porque este término se utilizaba tradicionalmente para denominar al sindicalismo asambleario, que no reconocía subvenciones estatales para las organizaciones obreras ni sueldos para sus dirigentes.

Con la democracia, los viejos sindicatos se hicieron con las riendas del movimiento obrero, lograron la concesión de numerosas sedes que pertenecían al Estado, consiguieron subvenciones y sus dirigentes fueron asalariados dignamente. Se hicieron, en fin, parte del aparato del Estado, esto es: se acomodaron, en suma, a la nueva situación política. Y crearon una curiosa figura, la del «liberado», un empleado, elegido por sus compañeros como su representante, que comenzaba a dedicar su tiempo de trabajo, recibiendo un sueldo, a tareas sindicales en defensa de los derechos de sus compañeros. La figura se extendió a todas las ramas de la producción e ignoro si hay cifras exactas sobre cuántos son ahora los liberados sindicales: he oído que se calcula que entre 4.000 y 10.000, muchos de ellos asalariados con cargo al Estado o a las propias centrales obreras, que, a su vez, son financiadas en muy buena parte en los presupuestos estatales. Tampoco conozco con exactitud los montantes de sus retribuciones.

Así que hoy podríamos decir que, extintos los sindicatos verticales y horizontales, ahora los tenemos inclinados. Pero ¿inclinados a qué o ante quiénes? Uno se teme lo peor.

Me llaman la atención sus principales líderes, sobre todo cuando, con cara de mala uva y como si los llevaran a rastras, se sientan a negociar con los patronos sobre cuestiones salariales y laborales. Suelen convocar una huelga general por cada legislatura, creo que por la cosa de quedar bien ante los suyos más que para obtener logros tangibles, y, cuando recortan sus reclamaciones, suelen acudir a lo que llaman su sentido de la «responsabilidad». De modo que tenemos sindicatos «inclinados» y «responsables», cuando yo creo que son instrumentos que nacieron para que sus afiliados no tengan que andar inclinándose y para actuar en todo momento con cierto sentido de la irresponsabilidad. Por cierto que, a mí, eso de la «responsabilidad», cuando lo oigo en boca de muchos políticos, me suena parecido a los «intereses de Estado», una expresión que siempre se usa cuando se trata de abandonar los principios.

Los días que me acosa con mayor fuerza la gran pregunta «¿para qué sirven los sindicatos?» suelen ser todos los Primeros de Mayo. Y cuando veo sus desfiles por las principales vías de las ciudades españolas, no sé si, a causa de los disfraces que portan, los silbatos que atruenan, las orquestinas, los matasuegras y las pancartas, estoy ante una marcha sindical, la cabalgata de Reyes, la jornada de la bicicleta, un maratón o el Día del Orgullo Gay.

El líder de CC.OO, Fernández Toxo, ha dicho que es preciso reinventarse su sindicato o se lo llevará el viento de la historia. Y yo me pregunto, viendo que no soy el único que alberga dudas sobre el sindicalismo de hoy: ¿reinventarse cómo, señor Toxo?

Javier Reverte, escritor.

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