Siria: el complot Putin

El pasado 27 de septiembre la ONU logró ponerse de acuerdo: la resolución 2118 anuncia la destrucción del arsenal químico de Bashar el Asad. Si no respeta sus compromisos, habrá sanciones. Pero siempre que Moscú no se oponga. En pocas palabras, los 110.000 muertos, los dos millones de refugiados y los cinco millones de desplazados no cuentan para nada. Bashar el Asad se presenta al mundo con las manos limpias, la conciencia tranquila y la victoria asegurada. Incluso se permite cerrar la puerta a los europeos en la futura conferencia llamada Ginebra-2 que tendrá lugar a mediados de noviembre. Es un hombre satisfecho. Ya nada le detiene y no se enfrenta a ninguna condena ni persecución por el Tribunal Penal Internacional. Se porta bien. Pero su victoria es la derrota del derecho y de la justicia, es la debacle de los estados democráticos, es la legitimación de la barbarie, es tirar a la basura los valores de la civilización.

Si lo he entendido bien, ha sido autorizado a proseguir la masacre de su pueblo a condición de que no utilice las armas químicas. Morir, sí, pero no asfixiado. Hemos de aceptar morir por las balas, las bombas y otros misiles, las llamadas armas convencionales. Pero, sobre todo, que no haya gas. La muerte es extraña cuando es provocada por un arma invisible. Todos aquellos a quienes el ejército de El Asad ha matado durante estos dos años y medio lo han sido de manera “legal” e incluso legítima para algunos. Pero Bashar ha osado franquear la línea roja y de repente ha hecho olvidar el desastre causado por las armas clásicas. Cosa que le ha quitado el sueño a Barack Obama y ha sacado de sus casillas a François Hollande. Los otros líderes se han refugiado en la complejidad de esta guerra para no intervenir o incluso para esperar la victoria de Bashar, con la cual, al menos, los cristianos no serían masacrados. La propaganda del régimen está bien hecha. Una sociedad americana habría recibido la cantidad de 250 millones de dólares para infiltrarse de modo inteligente y sutil en los medios occidentales.

Gracias a Putin, las matanzas podrán continuar de día y de noche. La entrega de armas sigue tranquilamente. Los que morirán mañana morirán sólo un poco pero también morirán. Occidente no puede estar muy orgulloso. En cuanto a la ONU, esta instancia farragosa e ineficaz cree haber hecho su trabajo al lograr hacer votar la resolución 2118. Una resolución tibia que permite a El Asad seguir su determinación de masacrar a su pueblo. Bashar seguirá impune. Ha sido criado en las leyes de la selva. Se viste correctamente, se afeita cada mañana, llama a su mujer y a sus hijos para saber si han dormido bien, luego se reúne con su hermano y el Estado Mayor y planifica con total banalidad las siguientes matanzas.

El pueblo sirio no tiene ninguna oportunidad con esta familia. El padre, que tomó el poder mediante un golpe de Estado en 1970, lo transmitió a su hijo en el año 2000 recordándole que sólo una dictadura policial sin fallos es capaz de mantenerle en el poder. Derramar la sangre de los opositores es un detalle. Mantener prietas las filas de la tribu es lo esencial. El resto, la democracia, la libertad, la justicia, etcétera, son invenciones e la hipocresía occidental. Cuando en 1982 Hafiz el Asad supo que los opositores se iban a reunir en la ciudad de Hama, esperó a que todos estuvieran allí, cerró la ciudad y la hizo bombardear durante toda la noche. Más de 20.000 muertos. Silencio en la prensa. El crimen quedó impune.

El pueblo sirio sigue sin tener ninguna opción. Los rebeldes se han visto infiltrados por mercenarios yihadistas pagados por estados que un día deberían rendir cuentas al mundo. Esta complejidad, esta falta de unidad entre las filas de los insurgentes, esta intrusión de agentes del terrorismo internacional en la liberación de Siria otorga argumentos a los que dudan o incluso rechazan apoyar la libertad contra la barbarie. Ahí está la victoria del clan Asad: haber mezclado las pistas, haber provocado crímenes atribuyéndolos a los insurgentes. Incluso ha intentado atribuir a los rebeldes el ataque del 21 de agosto con armas químicas. Hoy ya nadie se cree esta tesis. Desde mediados de septiembre, Human Rights Watch demostró con muchas pruebas y documentos el origen y los detalles del ataque. La responsabilidad de El Asad es total e incontestable.

Ahora los agentes de la ONU procederán a destruir el arsenal químico de la Siria oficial. Eso no resucitará a los cientos de niños muertos mientras dormían ni a sus padres. Pero se han salvado las apariencias. El malvado Bashar ha sido reñido. Le han advertido incluso con algunos bastonazos en los pies si vuelve a usar estos productos inodoros, incoloros pero tan eficaces.

El complot, posiblemente pensado por el antiguo jefe del KGB, ha funcionado. Lancemos un poco de gas a la población, eso provocará el escándalo, la gente se escandalizará, los jefes de Estado se crisparán y así el uso de armas convencionales quedará normalizado y nadie tendrá nada que decir. El gas ha tenido como efecto borrar la factura de decenas de miles de muertos, asesinados por el régimen sirio. En cuanto a Moscú, su veto siempre estará ahí, inquebrantable.

Ahora ya estamos tranquilos: ya nadie morirá en Siria bajo anestesia general. ¡Qué progreso!

Tahar Ben Jelloun

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