Siria: ¿estancamiento o pacto?

El año 2015 se ha iniciado con tres propuestas para solucionar el conflicto sirio. El enviado especial de la ONU, Staffan de Mistura, sigue dando forma a su propuesta, consistente en “congelar” los combates en Alepo, sobre la que han dado su visto bueno EE.UU. y Europa tras consultar con diversos partidos sirios –incluido el régimen, el principal partido de la oposición y los grupos rebeldes– y con los agentes políticos externos con intereses en el conflicto. Rusia es país anfitrión de conversaciones formales –apodadas Moscú-1– entre el régimen de El Asad y una amplia delegación de la oposición. Como reveló recientemente el periódico árabe internacional Al Hayat, diversas coaliciones destacadas de la oposición han acordado un plan conjunto sobre una transición en Siria basado en un marco diplomático con la participación de todos los protagonistas externos clave, entre los que se cuenta especialmente Irán, a cuya inclusión se había opuesto la oposición por su papel abiertamente militar en apoyo del régimen de El Asad.

La reanudación de la actividad diplomática debería constituir un buen indicio para Siria. Ciertas figuras de la oposición sospechan que las iniciativas de “congelar” los combates en Alepo y Moscú-1 detendrán simplemente el conflicto de forma que El Asad pueda continuar en el cargo. No obstante, la nueva oposición, que reivindica una “hoja de ruta para salvar a Siria”, tampoco exige explícitamente que El Asad abandone su puesto, en una postura similar a la de la Coalición Nacional de Fuerzas Revolucionarias de la Oposición en las conversaciones de paz de Ginebra-2 del 9 de febrero del 2014. Por el contrario, la “hoja de ruta” se centra en un amplio marco de participación conjunta del régimen y de la oposición en el poder, que contaría con la vigilancia y supervisión por parte de representantes de la sociedad civil no alineados con ninguna de las partes en liza.

Sin embargo, la brecha existente entre las distintas posturas sigue teniendo un carácter de primordial importancia. En teoría, los cambios sobre el terreno podrían modificar este panorama obligando a una de las partes –o a ambas– a aceptar compromisos esenciales. Pero el precedente del 2014 demuestra que por muchos cambios que se produzcan a nivel geopolítico y militar, a veces espectaculares, el conflicto sigue vigorosamente invariable y su estancamiento en el plano político no se agrieta ni resquebraja.

El profundo deterioro de las relaciones entre EE.UU. y Rusia por la crisis de Ucrania fue el acontecimiento geopolítico más notable del 2014: casi un año de cooperación diplomática sobre Siria acabó con el fracaso de las conversaciones de Ginebra-2 en febrero, sin dejar resquicio a un posible compromiso diplomático. De modo similar, el año comenzó rodeado de considerable optimismo sobre las conversaciones del grupo P + 5 con Irán sobre su programa nuclear, pero las esperanzas de que un resultado exitoso contribuyera a rebajar otras tensiones en la región cayeron en saco roto cuando ya en noviembre se pudo constatar que no había podido alcanzarse ningún acuerdo.

La rivalidad iraní-saudí, si bien reducida en la primavera del 2014, cobró nuevos bríos en verano cuando fue claro y evidente que no era posible alcanzar un acuerdo sobre la cuestión nuclear, circunstancia que contribuyó a menguar las perspectivas de un acuerdo político en Siria, como en el caso de Iraq, Líbano y Yemen. Además, las divisiones perceptibles en el seno del Consejo de Cooperación del Golfo a propósito del apoyo de Qatar a los Hermanos Musulmanes desembocó en una guerra fría árabe que provocó impactos directos en la oposición siria así como en países más lejanos como Egipto y Libia. La posterior mejoría de relaciones en el Golfo limó las asperezas y rivalidades que anteriormente habían paralizado a la Coalición Nacional Siria y a su gobierno provisional en el exilio, pero las persistentes tensiones dividieron las filas de la rebelión armada moderada.

El único cambio importante de orden geopolítico y militar fue el auge y expansión del Estado Islámico en Siria. En la primera mitad del año expulsó a todos los demás grupos opositores y rebeldes de toda el área nordeste del país, salvo las áreas kurdas, se apoderó de los yacimientos de petróleo y rutas comerciales que previamente les habían reportado ingresos y además liquidó parte de la población que antes había controlado. Las fuerzas de El Asad abrieron un corredor seguro a Alepo y avanzaron hasta rodear la ciudad, mermando su población civil (unas 150.000 personas) mediante el lanzamiento de bidones explosivos a gran escala.

Simultáneamente, el régimen capturó buena parte de la región de Calamún, aunque sin lograr controlarla totalmente, intento de improbable consecución, y estrechó aún más su cerco en torno a Guta Oriental, cerca de Damasco.

Como consecuencia, la rebelión armada siria se ha visto empujada a tres puntos del territorio: uno centrado en la provincia de Idlib y la zona rural al oeste de Alepo, que incluye partes de las zonas rurales de Hama y Homs en el norte; otro en Guta, y un tercero en las provincias sureñas de Daraa y Quneitra. De hecho, los rebeldes se esparcieron por esta última área durante los últimos cuatro meses del 2014 y reaparecieron en Calamún, con relativa mayor cohesión, grado de capacidad y de coordinación; gracias, en parte, al programa de instrucción y ayuda impulsado por centros de operaciones militares bajo la dirección de EE.UU. en Turquía y Jordania. Pero el problema de la fragmentación entre las filas rebeldes persiste, agravado actualmente por la reactivación del frente Yabat el Nusra como principal fuerza rebelde, su rivalidad con el EI y las nuevas divisiones como la de Al Nusra y otros grupos salafistas que libran campañas contra quienes califican de “corruptos” y blasfemos.

Cada una de tales dinámicas de cambios y movimientos es importante, pero ninguna de ellas ha demostrado ser determinante. En conjunto, han modificado el perfil estratégico caracterizado por una situación de punto muerto en Siria en la que las diversas fuerzas se han contrapesado de forma recíproca. Sus objetivos y estímulos han variado escasamente, con una excepción: el desafío que para todos representa la existencia del Estado Islámico. Aunque este factor puede contribuir a reforzar la situación de punto muerto en lugar de desencallarla.

Una expansión del EI, simplemente, se limitaría a endurecer las posturas de todos los bandos. Turquía intensificaría su exigencia de establecer zonas seguras a lo largo de su frontera con Siria, la Administración Obama se vería presionada en su país para comprometer recursos militares a tal fin y Rusia e Irán intensificarían en respuesta su apoyo a El Asad.

Sólo si la continuada campaña militar contra el EI le debilita de modo importante en su propia base de operaciones, en Iraq, podría resultar posible un mayor entendimiento acerca de Siria. Ahora bien, ello simplemente devolvería a cada cual a su posición en el mismo tablero por lo que se refiere a sus decisiones políticas y opciones diplomáticas. Ninguna de las partes está en condiciones de imponer un cambio significativo de los términos en que está configurado el propio tablero, así que, a menos que se decida seriamente a modificarlos, condenarán a Siria a un año más de perjudicial estancamiento recíproco.

Yezid Sayigh, investigador asociado del Centro Carnegie sobre Oriente Medio, Beirut.

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