Siria: ganar hoy, perder mañana

Rusia, Irán y Hizbulah parecen estar cada vez más seguros de que Estados Unidos está llegando a la conclusión de que vale la pena tratar al régimen del presidente sirio Bashar el Asad como un socio en la guerra contra el Estado Islámico. Y, factor más importante, esperan lograr que Estados Unidos acepte que El Asad no sea obligado a dejar la presidencia como requisito previo a una solución política al conflicto, ya sea durante o al final de un periodo de transición. Creen que una vez que Estados Unidos haya cedido, sobrevendrá un efecto dominó de forma que los partidarios de la región seguirán sus huellas.

Pero la victoria puede demostrarse pírrica. Rusia, Irán y Hizbulah persiguen un resultado a corto plazo que les permita retirarse de Siria y recortar sus gastos. Pero El Asad se quedará gobernando un Estado vacío, una economía devastada y una población hondamente resentida. Su régimen exhausto y en estado de bancarrota moral tendrá escasos recursos para reconstruir su antiguo sistema de control y coerción, y será incapaz siquiera de cubrir las necesidades y atender las expectativas de su propio electorado leal. Un efecto represivo del tipo que consideran Rusia, Irán y Hizbulah abocará a un régimen permanentemente débil e inestable que habrá de apuntalarse de forma indefinida. Para evitar este resultado, deben modificar su enfoque de una solución política del conflicto, buscar una manera inteligente de compartir el poder y alcanzar una auténtica transición en Siria.

A corto plazo, Rusia, Irán y Hizbulah tienen buenas razones para mostrarse confiados. Gracias a su ayuda, las fuerzas del régimen casi han cercado la ciudad norteña de Alepo, han consolidado su posición en el sur del país y, más recientemente, han logrado importantes progresos en el asediado enclave de Ghouta cerca de la capital, Damasco. Entre tanto, las fuerzas democráticas sirias, compuestas por kurdos y por el Estado Islámico, han expulsado por separado a la oposición armada de la mayor parte del enclave en la zona rural del norte de Alepo.

La oposición siria se ve encajonada política y militarmente. A pesar de la parálisis de las conversaciones de Viena y los continuos ataques aéreos del régimen y de Rusia sobre áreas civiles, Estados Unidos ha amenazado con retirar su apoyo en caso de que la oposición se retirara del proceso de paz. Asimismo ha notificado a los grupos armados que deben respetar el desigual cese de las hostilidades o perder el apoyo de los ataques aéreos rusos y sigue restringiendo que sus partidarios de la región aporten una mayor ayuda militar.

Una parte de la oposición anticipa que tal posición puede cambiar mientras la atención de Estados Unidos dirige sus miradas a las próximas elecciones presidenciales después de agosto. Y Turquía puede emprender una acción limitada sobre el terreno para acabar con los ataques con cohetes del EI a través de la frontera siria. Pero aunque estos cambios tengan lugar, no transformarán el estado de cosas en lo relativo a la oposición. De hecho, sus apuros desembocarán en mayores dificultades en caso de que Yabhat al Nusra declare un emirato en el noroeste de Siria, como apuntan determinados informes, y si los grupos islámicos afiliados a la oposición armada desisten de ello.

Olfateando una oportunidad, El Asad ha prometido reiteradamente la “victoria final” desde el inicio del 2016. A su régimen le queda mucho trecho por recorrer pero, incluso aunque pueda imponer su definición de la victoria, tendrá dificultades para gobernar una Siria en el periodo posterior al conflicto. Ninguno de los instrumentos y políticas mediante las cuales ha intimidado de varias formas y se ha granjeado a la sociedad siria estará tanto a su disposición o será tan eficaz.

Los servicios de seguridad, apoyados por las milicias pro régimen y por las fuerzas armadas, desempeñarán sin duda un papel esencial, pero aun los regímenes más coercitivos necesitan algún tipo de colaboración o, al menos, reducir el coste de asegurar el cumplimiento de sus objetivos.

Pero aunque el palo sea insuficiente, el régimen de El Asad no podrá reactivar sus pasadas prácticas de ofrecer a su población una zanahoria mediante subsidios a los servicios y bienes básicos. Siria ha sufrido la destrucción a gran escala de sus viviendas e infraestructuras, pero sin una auténtica compra de la sociedad local y de la comunidad internacional, el régimen no podrá invertir la gran pérdida de las oportunidades económicas y de los principales mercados de exportación ni superar la continua negativa de acceder a la ayuda y comercio occidental, turco y del Golfo. Y, lo que es más importante, no podrá compensar la debilitante fuga del capital humano y financiero sirio, y seguirá permanentemente incapaz de generar ingresos internos suficientes para atender su gasto habitual, menos aún reconstruir o proceder a nuevas inversiones.

El régimen de El Asad, además, hará frente a un poco acostumbrado desafío de reintegrar –o someter– los numerosos protagonistas locales –paramilitares y económicos– cuya proliferación alentó para sobrevivir en tiempo de guerra. Su continuada presencia e intereses creados pueden hacer descarrilar cualquier política de El Asad durante la posguerra que él desee poner en marcha para lograr una reconstrucción económica, la reafirmación del poder estatal y la estabilización política. Esto no equivale a sugerir que pueda dedicarse a perseguir estos objetivos sincera o equitativamente ni que pueda alcanzarlos en caso de intentarlo. Al fin y al cabo, la consecución de estos objetivos exigiría una competencia administrativa mucho mayor, además de una mayor integridad y autonomía en las instituciones estatales de las que el régimen ha permitido jamás.

Incluso en el mejor de los casos, una transición negociada en Siria será complicada y frágil. Pero para un régimen de El Asad sin reformar ni arrepentirse, alcanzar este mínimo equilibrio entre necesidades y demandas opuestas será imposible, ya no digamos alcanzar la reconciliación nacional. Es improbable que las sanciones occidentales y regionales contra el régimen se levanten sin que se comparta el poder y se den garantías creíbles de una seguridad de la población civil y de los activistas de la oposición. Rusia, Irán y Hizbulah descubrirán que ayudar al régimen a ganar la guerra militar es mucho más fácil –y barato– que mantener la paz en los términos que quiere El Asad. Su Siria no será estable: necesitará un refuerzo económico permanente y sus políticas serán más, no menos complejas.

En las semana pasadas Rusia ha explotado su ventaja para centrar el debate en las conversaciones de Viena sobre un borrador de constitución que deja la mayoría de poderes y facultades clave en manos de El Asad. A la inversa, no ha hecho nada para asegurar que el régimen de El Asad reduzca los niveles de violencia en el país, permita el pleno acceso de la ayuda humanitaria a las comunidades asediadas y libere los prisioneros políticos como se supone que debe hacer. Una perspectiva de mayor alcance y más racional sería que Rusia –y no en menor medida Irán y Hizbulah– intentara un mayor acuerdo con la oposición siria y una valiosa transición política. De lo contrario, habrán de mantener y controlar una hosca e inviable paz en la posguerra.

Yezid Sayigh, investigador del Centro Carnegie de Estudios sobre Oriente Medio, Beirut. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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