Siria: la ONU no sirve para nada

Um Ali, la madre que acaba de perder de golpe a su marido y a su hijo en uno de esos bombardeos sistemáticos de Homs y a la que ya no le quedan lágrimas no se atreve siquiera a plantearse la pregunta: ¿para qué sirven las Naciones Unidas? Para nada. Absolutamente para nada. Porque ¿de qué estamos hablando? ¿Qué es esa asamblea de gente bien trajeada que se reúne para nada? Hablan, pronuncian discursos, llenan archivos, se dan importancia y no son capaces de salvar a una población con la que se encarniza un dictador. Después de todo lo que ha presenciado el siglo XX, he aquí que un hombre y su clan pueden masacrar impunemente a su pueblo sin que nadie mueva un dedo ni pueda detenerlo ninguna sanción determinada. Hace mucho tiempo que ciertos pueblos sobre los que se han abatido injusticias terribles no han hallado en la citada organización la ayuda que solicitaban y el auxilio que esperaban. El dirigente sirio tiene más suerte que Gadafi.

La prueba de que la ONU no sirve para nada: Israel, desde su creación, ha sido condenado en numerosas ocasiones por la ocupación y anexión de territorios palestinos y la construcción de nuevas colonias y asentamientos. Tal Estado no ha cumplido nunca estas resoluciones, que de este modo no han podido ser de ayuda a los palestinos para recuperar sus derechos. Políticos y estadistas sensatos y dignos que no son árabes ni musulmanes han hecho esta observación en numerosas ocasiones.

Mientras, la ONU sigue con sus reuniones, escuchando a unos y otros sin que de ello se deriven consecuencias palpables. El caso de Siria se está convirtiendo en un ejemplo que no sólo debilita a la organización -que ya carga con el fardo de su administración y burocracia legendarias-, sino que la torna perjudicial. Con el sistema de veto, se puede matar sin ser importunado. Sabiendo, como se sabe, que hay países que hacen uso del veto con escaso respeto a los derechos humanos (Rusia y China), la ONU se encuentra atrapada en una encerrona en el desarrollo de sus funciones y pierde toda credibilidad y utilidad.

Uno de esos altos funcionarios de la ONU, asesor del secretario general, me informó, a propósito de la base de negociación impuesta por Siria para aceptar la mediación de Kofí Annan, de que se trata de lo siguiente: Bashar El Asad no se irá y se mantendrá en el poder se quiera o no. De lo contrario, amenaza con prender fuego a toda la región y provocar diversas guerras civiles, especialmente en Líbano y, por descontado, en su propio país donde -dice- los cristianos, armenios y drusos no estarán seguros si cae su régimen. Y aporta el ejemplo de Iraq, donde suníes y chiíes se matan entre sí. Annan habrá hecho el viaje en vano. Si Bashar no ha cedido ante la Liga Árabe, ¿por qué iba a ceder ante Kofí Annan? El Asad se siente fuerte y está convencido de que se halla perfectamente legitimado para actuar como actúa. La geografía le ayuda. La situación estratégica de Siria le hace invulnerable: Israel observa lo que ocurre y no parece sentirse interesado en un cambio de régimen. Pero Israel podría ganar enteros si en plano humanitario intentara acudir en auxilio de la población asediada y bombardeada. Por otra parte, si Bashar cae, su aliado iraní se verá en cierto modo debilitado y Hizbulah -asentado en Líbano- se verá asimismo afectado. Pero Israel está más enfrascado en preparar la guerra contra Irán que en salvar vidas humanas en Siria. Jordania no tiene interés alguno en mover pieza; Líbano se halla en frágil situación debido a sus relaciones conflictivas con Siria, sobre todo desde el 2005, fecha en que el ejército sirio hubiera debido abandonar este país; Iraq ha de solucionar otros problemas. Queda Turquía. Podría crear problemas a Bashar, pero ¿por qué iba a comprometer su iniciativa militar a favor de los árabes? Bashar es consciente de todo ello. Gestiona la revuelta al modo de un médico: se trata de limpiar abscesos próximos a zonas como el corazón y los pulmones. El cáncer debe ser combatido aunque la quimioterapia pueda matar a su paso células sanas e inocentes. Aquí no caben ni moral, ni sentimientos. Siria está infectada. ¡Hay que sanarla!

La Liga Árabe, por una vez, ha reaccionado pero sin lograr detener la matanza. Ha habido manifestaciones en varios países árabes en apoyo de la población siria, pero tal cosa no incomoda lo más mínimo al doctor Bashar. Algunos dirigen sus pensamientos a Dios pero, como en todas las guerras, Dios está ausente. A fuerza de ver películas americanas en que los superhéroes logran introducirse en los palacios y matan dictadores, se sueña en un escenario de Hollywood para el desgraciado pueblo sirio. Ocurre, sencillamente, que el cine no es la vida. El arrojo de este pueblo es extraordinario. Todo el mundo lo ha reconocido, empezando por Obama; sin embargo, EE.UU. no quiere meterse en otra intervención. Ha condenado a Bashar, pero no podrá expulsarle. Queda la esperanza de que sea traicionado por uno de los suyos. Los militares que han desertado y luchan junto a la población civil han sufrido fracasos. Si mañana un general detiene (por la fuerza) a Bashar, cabrá una posibilidad de que caiga el régimen y se detengan las matanzas. Habrá que neutralizar asimismo al hermano y a otros miembros de la familia. Es sólo una hipótesis y la cosa no cuajará.

En consecuencia, si la ONU, la Liga Arabe, los jefes de Estado europeos y EE.UU. no logran detener las matanzas de la población civil, hay que cerrar los ojos y rezar sabiendo que no servirá de nada. ¿Por qué clamar, pues? Nunca se sabe. La historia, a veces, precisa de grito y clamor.

Por Tahar Ben Jelloum, escritor. Miembro de la Academia Concourt. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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