Vuelta al Líbano: la nueva jugada del dictador sirio

Hassan Mneimneh, licenciado de Harvard, es un conocido activista libanés (GEES, 10/01/06):

Está en la naturaleza de las dictaduras no saber aceptar la derrota. La dictadura de Bashar al-Asad en Siria no es una excepción. Habiendo sido expulsado del Líbano con motivo del fracaso de su apuesta por extender su ocupación y explotación de su vecino menor más débil, el asesinato de su exprimer ministro Rafiq Hariri, un aliado que resultó ser un opositor poderoso, el régimen sirio tuvo que considerar su retirada como movimiento táctico, a ser corregido e invertido tan pronto como las condiciones estén lo bastante maduras como para un retorno. También tendría que esforzarse para crear tales condiciones. Y lo hace.

Los intereses de la Siria de Bashar no se limitan al tema de la imagen y la influencia. Con su desarrollado sector bancario, y con una red mundial de conexiones de servicios, el Líbano ha servido como conducto principal de los intereses políticos de la dictadura siria. Accionando su alianza con la milicia islamista libanesa anti-israelí Hezboláh, la cúpula de Damasco también ha logrado retrasar la inevitable caducidad de su raison d’être oficial, su presunta “lealtad” contra Israel como enemigo inventado.

En su encarnación previa bajo Hafiz al-Asad, padre y predecesor del actual dictador, el régimen sirio logró capear el colapso de su patrón soviético a través de un realineamiento dentro del sistema político árabe, y mediante su apoyo a las acciones contra el dictador rival (y homólogo totalitario baazista) Saddam Husayn, en la Guerra del Golfo. Hafiz al-Asad invirtió la influencia de su régimen en tres “activos” principales: el Líbano, donde los intereses estratégicos de seguridad y los económicos exigían un enfoque primario como inversión de capitales; Palestina, donde los intereses pseudo-ideológicos tácticos destacaban el potencial para uso en consideraciones de seguridad y de imagen y como opción periódica de riesgo elevado con gran beneficio; e Irak, originalmente como incentivo de cooperación para la comunidad internacional, después como otro enclave más de actividades comerciales ilegales, y finalmente como nuevo “fondo de emergencia” contra la marginalización y el colapso, a través del apoyo variable implícito o explícito a la insurgencia iraquí y / o el nuevo gobierno iraquí.

Mientras que la gestión realizada por Bashar de los activos de su padre fue considerablemente menos adecuada, su régimen se benefició tras el 11 de septiembre del 2001 del cambio de enfoque de la comunidad internacional y la administración norteamericana hacia la guerra contra al-Qa‘idah (hacia la que la dictadura siria pudo fingir estar en oposición fundamental, siendo capaz por tanto de ofrecer “cooperación”), después hacia la guerra de Irak del 90-91, constituyendo la presencia norteamericana de al lado una situación alarmante de descongelamiento de la duradera alianza táctica con Irán.

Tanto para Hafiz como para Bashar, Rafiq Hariri, político pragmático orientado al desarrollo, no podía ser ignorado. Sus trabajos de introducción fueron por lo tanto aceptados. Sin embargo, su tendencia a alejarse de la órbita siria destacó a ambos dictadores la necesidad de contenerle. El propio acercamiento de Hariri consistía en buscar la propia disolución del control de la dictadura siria sobre el Líbano mediante incentivos y ofertas de conexiones internacionales. Hariri insistió durante casi una década y media antes de reconocer que su enfoque había fracasado. Su “deserción” a la oposición supuso la certeza casi total del final de la ocupación siria y el abuso del Líbano. Con el fin de darse una satisfacción y garantizar que sus clientes y sujetos son disuadidos de cualquier idea de disidencia, el régimen sirio tuvo que atacar. Bashar al-Asad y su régimen mataban así a Hariri.

En un momento de unidad nacional, la sociedad libanesa reaccionó a la opresión sin escrúpulos con su “levantamiento de independencia”, combinada con la presión internacional para eliminar los símbolos visibles del control sirio sobre el Líbano. Siguieron elecciones libres, expulsando más instrumentos de control sirio de la vida política libanesa.

Inmediatamente después llegó un debate en el Líbano acerca del curso de acción que la política siria recién independizada debía adoptar vis-à-vis Siria. En nombre del pragmatismo, las “palomas” argumentaron que la influencia siria es un hecho insalvable. Rafiq Hariri debería tener el mérito de haber prendido con su muerte el movimiento restaurador de la dignidad y la independencia. No obstante, exacerbar las tensiones con Siria mediante investigaciones de los autores del crimen de su asesinato no servirá a los intereses internacionales. Una reparación de las relaciones, crímenes pasados a un lado, es el enfoque cauto a tomar. En nombre del principio, los “halcones” contaban con que la lista de crímenes sirios en el Líbano fuera demasiado larga como para ser ignorada. Entre tales crímenes, el régimen sirio conserva aún a varios cientos de ciudadanos libaneses incomunicados en su gulag. Además, sin transparencia, no puede existir garantía de abstinencia siria de más crímenes en el futuro.

Desafortunadamente, el argumento de los halcones ha demostrado ser el correcto. Reforzado por la evaluación “de sentido común” de la situación siria, en la que no parece existir alternativa a la dictadura de Bashar, y revitalizado por el fracaso de la investigación internacional a la hora de encontrar pruebas directas de su implicación en el asesinato de Hariri, el régimen sirio está enfrascado en un asalto a por todas para castigar a los que se atrevieron: políticos, periodistas e intelectuales que hablaron contra su ocupación del Líbano son así objetivos de una campaña de asesinatos, que el régimen, con su chutzpah usual, insiste no estar perpetrando. Samir Kassir, Georges Hawi, May Chidiac o Gebrán Tueni, junto con muchos peatones y personas en las inmediaciones, han caído víctimas de la determinación de Bashar a restaurar su perdida imagen de invencibilidad y proteger sus intereses en su ex colonia. May Chidiac sobrevivió, con cicatrices que no afectan a su dignidad. Samir, Georges, Gebran y otros fueron víctimas de los crímenes de Bashar.

La dictadura siria no debería ser recompensada por un “trabajo bien hecho”. El fracaso de los equipos de investigación, tanto libaneses como internacionales, a la hora de encontrar pruebas claras más allá de la multitud de circunstanciales que han ubicado, da fe de lo profundamente enquistado que se encuentra su aparato de seguridad en el escenario libanés que pretende reconquistar. La presunción de inocencia no debería ser concedida a un régimen que se ha ensañado con asesinatos y barbaridades, al tiempo que se involucra cuidadosa y metódicamente en minar el pequeño espacio salvado de su control.

Saludado por la cobertura positiva en la prensa americana y la restante prensa occidental como el joven presidente de Siria de mentalidad reformista orientado al futuro, Bashar al-Asad se ha enfundado no obstante el papel de su padre como el dictador de Damasco. Si se va a conceder una oportunidad al Líbano de recuperarse de décadas de desasosiego a las que la cúpula siria contribuyó generosamente, la presión sobre este régimen criminal debería continuar. Las investigaciones internacionales de sus actividades criminales en el Líbano deberían expandirse.