Sis d’Octubre

Hoy se cumplen 80 años de la efímera proclamación, del “Estado catalán de la República Federal Española”. Un pronunciamiento que formó parte de la ofensiva general de la izquierda política y sindical española contra la deriva “derechista” de la República, tras la caída del Gobierno Samper y la formación de un nuevo Ejecutivo, presidido por Alejandro Lerroux, líder del Partido Radical, con ministros de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA).

La tentativa revolucionaria se expresó en forma de huelga general en Madrid y otras ciudades españolas, y cristalizó fuertemente en Asturias, donde la insurrección derivó en una guerra abierta entre un ejército obrero formado por 30.000 hombres contra 27 batallones de infantería, cinco escuadrones de caballería y nueves baterías de artillería del Ejército de la República, con el apoyo de centenares de agentes de la Guardia Civil, de la Guardia de Asalto y del cuerpo de Carabineros. Asturias vivió un drama revolucionario. Catalunya, una tragicomedia pequeño-burguesa. El Sis d’Octubre es uno de los episodios más controvertidos de la historia política del catalanismo, cuyo aniversario adquiere, este año, una especial reverberación.

El Sis d’Octubre es presentado en no pocas ocasiones como una intentona separatista que fracasó por falta de coraje de sus principales protagonistas. En primer lugar hay que precisar que no fue una rebelión de carácter específicamente separatista, pese a que algunos de sus promotores así lo deseaban.

El giro a la derecha de la República

Antes que nada, hay que intentar situar las cosas en su contexto. Vamos a intentarlo. Primera mitad de los años treinta. Toda Europa está siendo barrida por los efectos del ‘crack’ financiero de 1929 y por las graves secuelas políticas, económicas y sociales de la gigantesca carnicería de la Primera Guerra Mundial. La Revolución rusa se ha convertido en un potente faro para todos los partidos y sindicatos obreros –un faro que no todos siguen de igual manera, pero que provoca una fascinación general-, mientras las fuerzas industriales y burguesas se sienten tentadas por las respuestas de carácter nacional-autoritario, que tienen como principal referencia el régimen fascista italiano y el Partido Nacional-Socialista alemán. En 1934, Adolf Hitler ya lleva un año en el poder. Benito Mussolini, con atribuciones de dictador, ya controla totalmente el Parlamento italiano. En casi todos los países existen partidos con milicias uniformadas. Se han puesto de moda las camisas de colores como distintivo político. Camisas de colores, pantalones abombados y botas militares.

En España, después de la implantación del voto femenino, la República está girando a la derecha. Las segundas elecciones legislativas republicanas se han saldado en 1933 con una victoria relativa de la CEDA -115 diputados sobre un total de 472 escaños- que necesita el apoyo del Partido Republicano Radical (104 diputados) y otras formaciones menores de carácter conservador. La CEDA es una heterogénea coalición de derechas regionales y católicas, encabezada por José María Gil-Robles, al que sus partidarios aclaman aquellos años con el grito de “Jefe, jefe”. Gil- Robles, conservador monárquico, desbordado años después por los postulados más radicales de José Calvo Sotelo, nunca fue fascista. En 1962 participó en el denominado ‘contubernio de Munich’ contra el régimen franquista y acabó actuando como abogado defensor de los líderes de Comisiones Obreras en el denominado proceso 1001. Intentó, sin éxito, tener un relevante papel en la transición, como líder de la Democracia Cristiana española, proyecto que no llegó a cuajar.

Companys, entre el obrerismo y el catalanismo

Volvamos a 1934. En Catalunya se ensaya la autonomía, conquistada políticamente en 1931 y formalizada por el Estatut de 1932. El coronel Francesc Macià, primer presidente de la Generalitat moderna, ha muerto el 25 de diciembre de 1933 después de poco más de dos años en el cargo. El abogado republicano Lluís Companys ha sido elegido nuevo presidente. Es un tipo especial. Abogado de sindicalistas, periodista, republicano reformista, se ha integrado en la heterogénea Esquerra Republicana de Catalunya en 1931. Abogado de la Unió de Rabassaries, el sindicato principal del campo catalán, en lucha por un nuevo contrato de arrendamiento agrícola, es bien considerado por los sindicatos obreros, tiene buenos amigos en la CNT, en la Unió Socialista de Catalunya, y en los pequeños partidos de inspiración marxista que intentan disputarle la hegemonía a los anarquistas. Podríamos decir que Companys encarna el alma más socializante de ERC, frente al ala más nacionalista, provinente de Estat Català, el partido fundado por Macià. Companys es un gran orador. Inflamado, retórico, apasionado. Es también un hombre de arranques. Un hombre de tribuna, más que de despacho. Gusta vestir traje cruzado, con un pañuelo blanco bien visible en el bolsillo superior de la chaqueta.

El Gobierno de la Generalitat lo integran en 1934, ERC, en clara posición dominante, con una representación minoritaria de los socialistas catalanistas de la USC y de Acció Catalana Republicana, un partido catalanista de corte liberal, con fuerte influencia en la intelectualidad barcelonesa, popularmente conocido como la ‘Lligueta’, ya que algunos de sus fundadores provenían de la Lliga. Era un gobierno sustentado socialmente por una parte del obrerismo, por la menestralía, por los nuevos oficios urbanos (oficinistas, empleados de comercio, viajantes…) y por los ‘rabassaires’.

Los dos frentes de ERC: la oposición de la Lliga y la violencia de la FAI

Es un gobierno con dos fuertes adversarios: el mundo burgués de la Lliga, perdedor políticamente con el advenimiento de la República, y el ala más radical del obrerismo, encarnada por la FAI (Federación Anarquista Ibérica). La Lliga teme y odia la revolución. La FAI quiere la revolución cuanto antes. Y el gobierno autónomo de Catalunya, radical, catalanista, socializante y pequeño burgués, está en medio. Está en medio y tiene en sus manos una potente herramienta de gobierno: el orden público. El conseller de Governació de la Generalitat ocupa el puesto del Gobernador Civil de Barcelona, en virtud del Estatut.

En octubre de 1934, el conseller de Governació es el médico Josep Dencàs, dirigente de ERC, provinente de Estat Català. Independentista y tutor de los ‘escamots’, unas milicias civiles creadas en tiempos de Macià, que a partir de 1932 efectuaron varios desfiles en Barcelona con atuendo paramilitar. Camisas de color verde. Aires fascistas. Acérrimo enemigo de los anarquistas, Dencàs sentía una evidente simpatía por el régimen de Mussolini, hasta el extremo proponer a las autoridades italianas el siguiente plan: favorecer desde Roma una Catalunya independiente, como estado ‘tapón’ entre Francia y España, en el marco de un nuevo orden mediterráneo bajo hegemonía italiana. (Entrevista de Dencàs con el vicecónsul italiano en Barcelona, Alessandro Majeroni, en junio de 1934).

El conflicto agrario catalán llega a Madrid

El Govern de la Generalitat tiene abierto en 1934 un potente litigio con los propietarios agrarios, agrupados en el Institut Agrícola Català de Sant Isidre y apoyados políticamente por la Lliga. El Parlament ha aprobado una nueva ley de contratos favorable a los ‘rabassaires’ –Llei de Contractes de Conreu-, que los propietarios han recurrido ante el Tribunal de Garantías Constitucionales de la República. ¡Escándalo! La derecha catalana no duda en recurrir en Madrid una ley de la Generalitat cuando ve sus intereses en peligro. La tensión política es muy alta. El Tribunal de Garantías Constitucionales da la razón a los propietarios, alegando que la Generalitat se excede en sus competencias estatutarias. El Parlament desafía al Alto Tribunal volviendo a aprobar la misma ley. El ‘choque de trenes’ ya está servido.

Se inicia entonces una discreta negociación para intentar hallar una salida. El abogado Amadeu Hurtado, ex militante de ERC trasvasado a Acció Catalana Republicana, se instala en Madrid para intentar llegar a un entendimiento con el Gobierno de Ricardo Samper, abogado valenciano del Partido Radical. Casi lo consigue. El dietario de Hurtado, reeditado hace unos años, ofrece un magnífico retrato de la situación política de aquellos meses. La inminencia del acuerdo provoca la caída del Gobierno Samper, hostigado por la CEDA. Los trenes chocan. No sólo en Barcelona.

La Alianza Obrera entra en escena, sobre todo en Asturias

El republicanismo de izquierdas español lleva meses urdiendo una respuesta contra la “derechización” de la República y la “desnaturalización” del 14 de Abril. Sectores socialistas y sindicales proyectan una gran huelga general para combatir el acceso de la CEDA al poder. La Alianza Obrera, fundada inicialmente en Catalunya por el Bloc Obrer i Camperol, pequeño partido marxista, no estaliniano, que intenta atraer a los anarco-sindicalistas a la acción política, entra en escena. La fórmula se extiende por toda España, con el apoyo del PSOE y la UGT.

La Alianza Obrera acabará cuajando fuertemente en Asturias, pero no tanto en Catalunya. He ahí la clave principal del fracaso del Sis d’Octubre. El Comité Regional de la CNT y los hombres de acción de la FAI (Federación Anarquista Ibérica) recelan de los marxistas y, aun respetando a Companys, se hallan muy enfrentados a Dencàs y su principal colaborador Miquel Badia, dirigente de Estat Català, jefe de los ‘escamots’ y subjefe de los cuerpos de policía de Catalunya en el Comissariat d’Ordre Públic. Badia, un hombre joven al que le gusta exhibir el arrojo, es conocido en Barcelona por el sobrenombre de ‘Capità Collons’. Pocos días antes del 6 de octubre, cuando la rebelión empieza a mascarse, Dencàs advierte a los periodistas que no permitiría que en ningún municipio de Catalunya se proclame el “comunismo libertario”. “Si alguien lo intenta, durará cinco minutos”, advierte el máximo responsable del orden público.

El 5 de octubre, horas después de la caída del Gobierno Samper, se convoca huelga general en toda España. La movilización obrera es especialmente intensa en Madrid, muy fuerte en Asturias, irregular en Catalunya –fuerte en algunos municipios, no tanto en otros, a tenor del comportamiento de las bases de la CNT-, e irregular en el resto de España. El día 6, sábado, Companys se decide a dar el paso. Proclamará el ‘Estat català’ dentro de la República Federal Española, e invitará a la formación de un Gobierno provisional de la República con sede en Barcelona, para corregir la deriva “derechista y monarquizante”. Una catalana rebelión contra la República para “salvar” a la República. Madrid, en huelga. Asturias, levantada en armas.

Companys ordena retirar una bandera ‘estelada’

A primera hora de la tarde del sábado se produce un pequeño incidente. Un incidente muy significativo, sin embargo. Dencàs ordena que en el balcón de la Conselleria de Governació, en la sede del antiguo Gobierno Civil, ondee la bandera ‘estelada’ (estrella blanca sobre triángulo azul) símbolo del separatismo. Desde el Palau de la Generalitat, Companys ordena a Dencàs que esa bandera sea arriada y vuelva a ser izada la enseña de Catalunya. La orden se cumple. A las nueve de la noche, Companys sale al balcón del Palau, acompañado de varios miembros de su gobierno y de otras personas. Después de efectuar la proclama, mientras regresan al interior del edificio, se dirige a sus acompañantes y les dice: “Ara ja no direu que sóc poc catalanista” (“Ahora ya no podréis decir que soy poco catalanista”).

Inmediatamente, Companys manda un mensajero a la Capitanía General para informar de su decisión al general Domènech Batet i Mestres, jefe de la Cuarta División Militar, uno de los pocos altos jefes militares de la época nacidos en Catalunya. Católico y hombre de demostrada fidelidad a la República, Batet será la figura clave del Sis de Octubre. Llama a Madrid, contacta con el primer ministro Lerroux y este le ordena que declare el estado de guerra. A lo largo de la noche no perderá el contacto con Companys. Su primera decisión es emplazar unas baterías de artillería en la plaza de Sant Jaume para instar la rendición de los dos palacios (Generalitat y Ayuntamiento de Barcelona), a la vez que intenta tomar el control de la conselleria de Governació, del Parlament y de las Ramblas, donde se hallan las sedes de varios sindicatos y partidos.

Comienzan los enfrentamientos, especialmente intensos frente a la sede del CADCI (Centre Autònom de Depenents del Comerç i la Indústria) en la Rambla. El CADCI, sindicato urbano de nuevo tipo, formado por oficinistas, empleados y vendedores, es una de las almas de ERC. El líder del CADCI, Jaume Compte, de Estat Català, muere en el tiroteo. También hay una fuerte refriega, con fuego de fusil y ametralladora, frente a la Residència de Senyoretes Oficinistes en Via Laietana. Sin desmerecer las aptitudes militares de las secretarias de oficina de Barcelona, todo parece indicar que desde las ventanas de la citada residencia disparaban miembros de los ‘escamots’. Algunas señoritas, en batín, pudieron ser evacuadas a bordo de una ambulancia sin sufrir daños.

Se desmorona el Comissariat d’Ordre Públic

A medida que pasaban las horas, el pronunciamiento se desmoronaba. La CNT-FAI, gran fuerza de choque del obrerismo, imprescindible para el éxito de una huelga general en la Catalunya de 1934, se mantenía al margen de la Aliança Obrera, aunque en algunos municipios de los alrededores de Barcelona, los cenetistas llegaron a sumarse a la revuelta. Desde el Ayuntamiento de Badalona, por ejemplo, se proclamó la República Catalana. La crisis más grave se produjo en la estructura policial bajo el mando de la Generalitat. Avanzada la madrugada, el Comissari d’Ordre Públic, Pere Coll i Llarch, abandonaba el puesto. Companys le substituyó de inmediato por el capitán Frederic Escofet, con el encargo de organizar la defensa del Palau de la Generalitat, junto con Enric Pérez Farrás, comandante de los Mossos d’Esquadra.

La mayoría de los mandos de los Mossos permanecen quietos y optan por no desafiar el estado de guerra. El teniente coronel de la guardia de asalto, Joan Ricart, ordena a los hombres bajo su mando que no disparen a los soldados que se dirigen a la plaza de la República (Sant Jaume). Dencàs se queda sin cadena de mando. El impetuoso Badia, paralizado, no acababa de movilizar a los ‘escamots’, teóricamente dispuestos a tomar las armas.

Al amanecer, la rebelión ha fracasado totalmente, sin que el general Batet haya entrado a sangre y fuego en el Palau de la Generalitat, como le pedían algunos altos mandos españoles. Solo ha disparado algunos cañonazos contra los palacios de la Generalitat y el Ayuntamiento El general Franco siempre se lo recriminará y se lo hará pagar años más tarde. A las ocho de la mañana una bandera blanca asoma en el balcón del Ayuntamiento. Poco después se rinde la Generalitat. Companys sale de Palau umando parsimoniosamente un cigarrilo. Companys y la mayoría de los miembros de su gobierno se entregan. El general Batet les recibe en la sede de Capitanía y ordena su reclusión en el buque ‘Uruguay’, anclado en el puerto. Todos presos, incluido el alcalde de Barcelona, Pere Pi i Sunyer y buena parte de sus concejales. Bueno, todos, no. Dencàs y el ‘Capità Collons’ (Miquel Badia) logran huir de la Conselleria de Governació por la red del alcantarillado.

Balance del Sis d’Octubre: 74 muertos, 252 heridos y 5.000 detenidos, entre ellos numerosos funcionarios públicos que perdieron el empleo. El estado de guerra no fue levantado hasta abril de 1935. El Estatut quedó suspendido (hasta la victoria del Frente Popular en las elecciones febrero de 1936). La sede del Parlament fue transformada en cuartel militar. Fueron disueltos 129 ayuntamientos gobernados por partidos de izquierda. Más de mil ‘rabassaires’ fueron despojados de las tierras que cultivaban. La Generalitat pasó a ser administrada por diversos interventores nombrados por el Gobierno central. Companys y la mayoría de los miembros de su Gobierno fueron condenados a 30 años de reclusión por el Tribunal de Garantías Constitucionales y encarcelados en varios penales españoles (Jerez de la Frontera, Cádiz y Cartagena). No recuperaron la libertad hasta febrero de 1936.

Dos lecturas del Sis d’Octubre: Gaziel y Pla

Hay una pieza periodística magistral sobre la noche del Sis d’Octubre que debería figurar –junto con otros textos de interés para el espíritu cívico- entre las lecturas obligatorias para los escolares catalanes antes de finalizar el bachillerato. La publicó Agustí Calvet, Gaziel, director de ‘La Vanguardia’, el día 11 de octubre, cuando volvieron a circular los periódicos. Desolado, Gaziel ve en el Sis d’Octubre un fenomenal error político y un augurio del trágico final de la República. El periodista sostiene que la Generalitat se podía haber convertido en aquel momento crítico en un factor estabilizador de la República, con el consiguiente refuerzo de la autonomía catalana.

Josep Pla también escribió sobre el Sis d’Octubre, con otro estilo. Pla vivía entonces en Madrid y ejercía de cronista parlamentario para ‘La Veu de Catalunya’ diario de la Lliga. Gaziel escribió con dolor, emotividad y gran lucidez. Pla es más frío y cortante. Su sentencia es seca: “Los hombres de Esquerra que gobernaban la Generalitat de Catalunya, a pesar de la magnífica posición de privilegio que disfrutaban dentro del régimen, privilegio que no había conocido hasta entonces ningún otro partido político catalán, han creído que tenían que ligar su suerte a la política de los hombres más destructivos, más impopulares y más odiados de la política general. Se han equivocado y lo han pagado caro. Han comprometido, sobre todo, lo que tenía que haber sido sagrado para todos los catalanes de buena fe: la política de la Autonomía, el Estatuto de Cataluña. No nos corresponde a nosotros emitir un juicio histórico sobre esta oligarquía que ahora desaparece. Diremos sólo que Catalunya sigue con su historia trágica, y que sólo eliminando la frivolidad política que hemos vivido últimamente se podrá corregir el camino emprendido”. (‘La Veu de Catalunya’. 10 de octubre de 1934).

El trágico final de Batet y Companys

El general Domènech Batet i Mestres fue fusilado el 18 de febrero de 1937 después de haberse opuesto a la sublevación contra la República en la región militar de Burgos, de la que era Capitán General en julio de 1936. Franco desoyó las peticiones de clemencia que le hizo llegar el general Quipo de Llano. De haber continuado al frente de la Capitanía de Barcelona, el ejército en Catalunya se habría mantenido fiel a la República, la Generalitat no habría perdido el control de la situación en beneficio de las milicias populares armadas, y el destino de Catalunya y España posiblemente habría sido otro. Companys fue fusilado el 15 de octubre de 1940 en el castillo de Montjuïc, después de haber sido detenido por la Gestapo en París y entregado a las autoridades franquistas.

Una historia trágica.

Enric Juliana

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