Sistemas políticos intermedios

Existe actualmente siquiera una experiencia política en el punto donde podría decirse que el sistema político funciona de manera satisfactoria, con dos o tres fuerzas principales cada una de las cuales encarna una orientación clara, una visión opuesta a otra o a otras? Y, en primer lugar, ¿a qué factor debemos tal idea, la de la representación democrática en que se enfrentan dos o tres agentes políticos, cada uno con su enfoque de expectativas sociales y culturas conflictivas?

La respuesta en este caso es más bien clara: en primer lugar, se debe a la forma a partir de la que las sociedades industriales han concebido la manera de abordar el conflicto social estructural en cuyo seno se enfrentaban los amos del trabajo, por una parte y el movimiento obrero por otra. La derecha representaba la patronal, la organización eventualmente científica del trabajo y el orden económico; la izquierda, los trabajadores y el proyecto de acabar con el dominio que tenía lugar en el trabajo, en la fábrica, en el taller.

Otras oposiciones, entre otros grupos o clases sociales, han podido asimismo encarar visiones o intereses contradictorios en el pasado, así como muchos otros desafíos, por ejemplo religiosos, han contribuido a estructurar los sistemas políticos nacionales. Y si bien ha podido abrirse paso primero en el imaginario de las sociedades del siglo XX la imagen de un conflicto nacido de las relaciones sociales industriales en la industria, hay que admitir que en la realidad, la política ha garantizado simultáneamente el enfoque de este conflicto central pero también el de conflictos más antiguos, en declive, y el de conflictos nuevos, emergentes, incluso balbucientes.

En las sociedades industriales del siglo XX, grandes partes de la población se adscribían todavía al mundo payés y el mundo rural; existía, asimismo, un mundo mercantil, ampliamente urbano, de modo que estas poblaciones influían ampliamente sobre la vida política, aunque el éxodo rural ha constatado el retroceso de la payesía y las ciudades no se encuentran dominadas por la burguesía comercial y mercantil.

Y, desde el fin del siglo XX, es evidente que hemos salido de la era industrial clásica y hemos entrado en un nuevo tipo de sociedad cuyos actores se definen por sus orientaciones culturales, por la comunicación, por el consumo y no tanto o principalmente por la explotación en el trabajo.

Digámoslo claramente: nuestros sistemas políticos se han construido en un tipo de sociedad, la industrial, que se encuentra detrás de nosotros, en un espacio donde este tipo de sociedad apenas existía o existía escasamente, inscritas en imaginarios de los que procedían. Hoy día están inadaptados a las expectativas sociales y culturales que caracterizan la era actual, y no llegan, por tanto, o muy poco, a dar impulso y vigor a fuerzas políticas susceptibles de representarles. Por consiguiente, sucede muy a menudo que el discurso político, y los actores que lo expresan, los partidos, los responsables, sus activistas, permanecen presos del pasado industrial y de su mentalidad, lo que expone y somete a estos actores a los riesgos del sectarismo o de la radicalización.

Ello es válido en la izquierda, cuando lo que subsiste del comunismo y del radicalismo obrero anima el combate político o cuando hay actores que reivindican una socialdemocracia de matiz onírico; lo que es válido también en el caso de la derecha, cuando los actores creen posible encarnar un capitalismo nacional industrial y su orden correspondiente mientras que el catar pital es hoy sobre todo global y financiero.

Aquellos a los que inquieta el declive de los sistemas políticos clásicos, propios de la era industrial, sin que puedan aceptar ni siquiera a menudo imaginar la entrada en una era nueva, se refugian o bien en la abstención o bien se apuestan a la defensiva. Suelen entonces encontrarse más bien a gusto en discursos que apelan a una sociedad cerrada y a una nación homogénea, susceptibles de protegerles socialmente –creen ellos– y de asegurar el mantenimiento de su integridad cultural o nacional, por mítica o inventada que sea. Ello alimenta el auge de partidos antisistema, nacionalistas, populistas.

Los que inventan un mundo nuevo y que creen entrar de lleno en una sociedad de la comunicación, inventar nuevas modalidades de consumo, vivir y pensar en términos globales y pertenecer a una sociedad abierta, ya se trate en su caso de esen el corazón de la economía globalizada y de la innovación cultural, de imaginar formas renovadas de debatir y decidir, de producir de otra manera, esos se encuentran a veces poco representados por fuerzas políticas que no existían en un pasado reciente. Y así es como a principios de los años setenta, en varios países, han aparecido partidos ecologistas que en ocasiones han conseguido instalarse de forma duradera, como en Alemania. O también, en España, Podemos y Ciudadanos han podido aportar hasta cierto punto las esperanzas de una renovación política junto con las expectativas de una sociedad española alcanzada de lleno por la crisis y deseosa de transformarse.

Pero, más frecuentemente, la capacidad de los viejos sistemas políticos para absorber las nuevas temáticas resulta ser más fuerte que la capacidad de los nuevos actores políticos en constituirse y las cuestiones nuevas, la del medio ambiente por ejemplo, o la de igualdad entre hombres y mujeres, son en cierto modo asumidas por fuerzas clásicas, que no por ello tienen a este propósito, capacidad u oportunidad de regenerarse. Por ello los nuevos actores sociales y culturales se muestran reticentes cuando se trata de confiar sus esperanzas y expectativas a una fuerza política, sea la que fuere. En un mundo globalizado, saben que a los partidos políticos clásicos, nacionales, les cuesta salir de un “nacionalismo metodológico” que criticaba el sociólogo alemán Ulrich Beck, para actuar e incluso simplemente pensar a escala supranacional, europea, global. Constatan, si se trata de actores dominantes o dirigentes, que sus demandas se tratan y acogen en categorías que siguen siendo del viejo mundo. O, en el caso de actores dominantes o dirigentes, en especial en la esfera económica, pueden prescindir de partidos que, en definitiva, son incapaces de oponerse. Algunos quieren creer en la capacidad de los partidos políticos existentes de transformarse para entrar en la era actual, pero, en general, suelen resultar decepcionados.

Y, por último, puede suceder lo que acaba de producirse en Austria; con ocasión de unas elecciones, los partidos clásicos de repente desaparecen mientras que se imponen dirigentes políticos procedentes de otros lugares distintos del sistema tradicional, un ecologista y un nacionalista.

Es poco probable que los partidos que han formado la osamenta de sistemas políticos superados sean capaces por ellos mismos de transformarse hasta el punto de convertirse en imprescindibles en la nueva era. Y los procesos que podrían conducir al surgimiento y la estabilización de fuerzas nuevas pueden ser lentos y caóticos. Estamos ahí, en el espacio intermedio, y desde luego tenemos para rato antes de que se constituyan los nuevos sistemas políticos de los que anda necesitada nuestra vida colectiva.

Michel Wieviorka, sociólogo, profesor de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de París. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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