‘Slow Train Coming’

Acaba de publicarse la decimotercera entrega de las Bootleg Series que, desde hace ya 25 años, dan salida a los materiales inéditos del vasto archivo discográfico de Bob Dylan. En esta ocasión, tenemos la oportunidad de escuchar vigorosas tomas en directo del periodo cristiano de Dylan, que va de 1979 a 1981. Y encontramos en ellas unos acentos milenaristas que se hacen explícitos en la conocida Slow Train Coming: “Me dan igual la economía y la astronomía / Pero me irrita ver a mis seres queridos convertidos en marionetas / Hay un lento, lento tren a punto de llegar”. Ese tren simboliza a la vez el Juicio y la Salvación: la Segunda Llegada de Cristo que repara las injusticias y conduce a los elegidos al paraíso.

Pues bien, también encontramos un ferrocarril en la imagen del choque de trenes al que parecíamos estar abocados si no se abrían de inmediato negociaciones entre el Estado y el independentismo catalán. Y, aunque ese choque nunca tuvo lugar, el “lento tren” de este Dylan predicador bien puede servir para explicar el atractivo popular del procés: un utopismo justiciero llamado a liberar Cataluña del centenario yugo español. La fantasía independendista ha cumplido así, como han señalado Fernando Vallespín o Marina Garcés, la función de una utopía de recambio en el marco de la crisis de futuro de las sociedades liberales.

Pero, como ha enfatizado Jorge San Miguel, el procés no se entiende sin la entusiasta participación de una izquierda populista empeñada en desestabilizar a toda costa el llamado “régimen del 78”. Del 15-M al 1-O: es gracias al malestar creado por la crisis que el lento tren de la independencia abandona la vía estrecha del catalanismo histórico y, debidamente impulsada por la izquierda populista que se dice portavoz de la protesta antiestablishment nacida en la Puerta del Sol, avanza sobre vías de alta velocidad hasta descarrilar estrepitosamente a la altura del kilómetro 155.

Ahora bien, lo que me interesa subrayar aquí es cómo la famosa “hipótesis populista”, aquella que catapultó a Podemos al congreso tras las elecciones generales de diciembre de 2015, ha terminado por volverse contra quienes parecían llamados a beneficiarse de ella. O sea, populistas y procesistas. Se trata de una cruel ironía cuyos efectos sobre la vida política española, a la vista de las turbulencias que ahora mismo la recorren, no pueden darse por descontadas. Pero vamos por partes.

Recordará el lector que los diputados de Podemos hicieron una dramática -por cuidadosamente escenificada- entrada en las Cortes en enero de 2016: vimos rastas, pero ninguna corbata. Ante el escándalo subsiguiente, el perspicaz Iñigo Errejón publicó un artículo en El País donde acusaba a los críticos de ejercer un “desprecio patricio” hacia los grupos sociales que su partido decía incorporar por primera vez al sistema democrático. Además, trataba de explicar lo que estaba sucediendo a partir de los presupuestos teóricos de pensadores como Laclau, Mouffe o Rancière.

Así, la realidad sociopolítica española habría confirmado las tesis del populismo agonista: el shock causado por la crisis habría dejado al descubierto unas fracturas que el 15-M llevaría a la calle y Podemos al parlamento. Sus diputados simbolizarían así a aquellos grupos sociales que hasta ese momento no figuraban en el reparto de posiciones políticas; eso que Rancière llama “los incontados” o “la parte sin parte” en el orden establecido. Quien se escandaliza debido a sus maneras plebeyas, concluía Errejón, solo está defendiendo sus privilegios como actores dominantes del sistema. Y si no tienen pan, que coman pasteles.

Que se pusiera tanto énfasis en los aspectos estéticos de aquella sacudida política -en la juventud y las rastas y los bebés- es coherente con la idea de que las grandes crisis traen consigo una reorganización perceptiva y emocional. Dice la pensadora norteamericana Bonnie Honig que cualquier consenso deja un “excedente” de conflictos pendientes e identidades no reconocidas; aquello que no cabe en el acuerdo o no se ha tomado en consideración. En las crisis, la quiebra del consenso puede hacer aflorar ese resto ignorado o desatendido: el retorno de lo reprimido. Por eso sostiene Rancière que la política es forzosamente estética: hace visible lo que se había dejado fuera del campo perceptivo y audible aquello que permanecía inaudible. En el contexto del 15-M: jóvenes, precarios, desempleados. Vale decir, los indignados: los mismos que en Cataluña tomarían partido por el procés atraídos por el rechazo frontal al PP, la recusación del franquismo y la promesa de construir a orillas del Mediterráneo una república henchida de justicia social. ¿Qué podía salir mal?

Ocurre que las insurrecciones no siempre terminan como desean sus promotores, ni la voladura de los consensos vigentes es necesariamente favorable a quienes la instigan. Eso es, bien mirado, lo que ha pasado con el procés: que ha dado visibilidad y voz a quienes permanecían fuera de foco por obra y gracia del sofocante consenso catalanista. Hablamos, en las palabras de Rancière que Errejón hacía suyas, de “la parte sin parte” de la ciudadanía catalana. Aquellos cuyos derechos fueron pisoteados por el soberanismo en las sesiones parlamentarias del 6-7 de septiembre; aquéllos que no existen para TV-3; aquéllos a quienes se tilda de renegados a la causa independentista. Y aquéllos, dicho sea de paso, hacia los que el soberanismo se ha dirigido durante años con evidente desprecio patricio: el que se reserva para las clases subalternas no invitadas a la fiesta de la comunidad orgánica nacional. ¡Teresa puede tontear con Pijoaparte, pero habrá de casarse bien!

Estos incontados no tenían previsto levantar la voz, máxime en un contexto donde podían ser penalizados por ello, pero han terminado haciéndolo después de que el procés les obligara a elegir entre Cataluña y España. O, si se prefiere, entre una Cataluña separada de España y otra que permaneciese en ella. De ahí el significado profundo de la gran manifestación constitucionalista del 8 de octubre: vimos entonces, literalmente, lo nunca visto. Si no se habían conocido rastas en el Congreso, tampoco habían ondeado nunca tantas banderas españolas en las calles catalanas. Así que la parte sin parte pasó a tomar parte; el excedente no quiere seguir siéndolo. Y por eso se dicen cosas que antes no se decían, se responde con desparpajo a quienes antes monopolizaban el debate público, se discute lo que antes parecía incuestionable. Pero no sucede solo en Cataluña: como demuestra la controversia en torno al Cupo vasco, los descontentos con el autonomismo realmente existente empiezan a alzar sus voces. Sube Ciudadanos en las encuestas, se insinúa un jacobinismo de izquierda y Podemos quiere celebrar la Constitución. La hipótesis populista, en fin, nos ha traído a un lugar inesperado.

Ignoramos aún si estos temblores de aire tendrán un reflejo electoral lo bastante significativo el próximo 21-D en Cataluña; mucho menos, cuando se celebren las próximas elecciones generales. Tampoco podemos anticipar su impacto, a largo plazo, sobre la cultura política española. Pero una reforma constitucional que persiga ante todo satisfacer al catalanismo parece ahora muy improbable: el procés ha puesto en marcha sin quererlo el lento tren de quienes exigen la racionalización del sistema autonómico sobre una base más igualitaria. Y será difícil ignorar su estruendo.

Manuel Arias Maldonado es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga. Su último libro es La democracia sentimental. Política y emociones para el siglo XXI (Página Indómita).

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