Snowden como garante del Kremlin

Hace unos días fue otorgado el Premio Pulitzer a The Washington Post y The Guardianpor la publicación de material sobre el espionaje estadounidense de telecomunicaciones que entregara a esos diarios Edward Snowden, exanalista de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA). De todas las categorías del Pulitzer, era la más preciada, aquella que recompensa los servicios prestados a la sociedad. En su refugio ruso, Snowden, sobre quien pesa acusación de espionaje y traición, pudo haber entendido la noticia como descargo que le hacían: aunque fuese indirectamente, aquel premio reconocía los servicios prestados por él a su país y al mundo.

Tres días después de la ceremonia del Pulitzer, el presidente Vladímir Putin ofreció su comparecencia televisiva anual. Durante cuatro horas contestó las interrogantes de sus ciudadanos y, entre los rusos, apareció Snowden. Ucrania era el tema central. Las primeras preguntas llegaron de Sebastopol, hablaron el comandante de la Flota del Mar Negro y el comandante de la tropa antimotines de Crimea. Un grupo de jubilados quiso saber qué suerte correrían sus pensiones si Europa rehusaba comprar gas ruso. Los interrogantes acerca de la invasión a Ucrania surgían una y otra vez.

El presidente ruso fue interrogado acerca de su marca preferida de vodka, la ciudad donde le gustaría vivir y su película favorita. Una niña de seis años le consultó si, en caso de que él estuviera ahogándose, Barack Obama se aprestaría a salvarlo. Llegado su turno, Edward Snowden le preguntó si Rusia interceptaba, almacenaba y analizaba los datos de millones de sus ciudadanos. Y, más aún, si el presidente consideraba justo y justificado un control de esa clase.

Pregunta y preguntador tenían la misma espontaneidad de las niñas que entregaban flores a los dignatarios en la etiqueta oficial soviética. Snowden tendía a Putin un racimo de oportunidades, y el presidente supo aprovecharlas todas. Para empezar, puso en su lugar a quien lo interrogaba. “Estimado señor Snowden, usted es un antiguo agente”, dijo. Y aprovechó la ocasión para hacer creer que su propia relación con el espionaje había cesado: “Yo también tuve relación con los servicios secretos”. Y, dado el pasado de ambos, le propuso a Snowden hablar en términos profesionales.

¿Significó esa advertencia que se apartarían del intercambio público para dialogar en clave solo descifrable entre ellos? Lo que siguió de su discurso no exigía experiencia en el espionaje para su comprensión. Si había traído a cuento su antigua pertenencia a los servicios secretos era solo para dejar claro que conocía ese mundo desde dentro. Contestó a Snowden que en Rusia la vigilancia de individuos necesitaba de una orden judicial previa. No existía, por tanto, un sistema de espionaje masivo. Y agradeció a Dios que los servicios secretos se encontraran bajo control del Estado y de la sociedad.

Edward Snowden no tuvo derecho a contrapregunta. Un día después, decidió responder en The Guardian a quienes lo criticaran por haber aparecido en aquel diálogo. Consideró valedera la ocasión porque había conseguido la más contundente negativa de un líder ruso a la cuestión del espionaje masivo. Ahora era de esperar que la sociedad civil y los periodistas llevaran más lejos todavía aquella cuestión. Estaba seguro de que en el programa del año venidero tal vez Putin recibiría otras preguntas sobre el tema.

A juzgar por su artículo, Snowden concibió su participación televisiva desde la perspectiva de los asuntos internos rusos. Creyó abrir un frente de discusión en Rusia, pasando por alto que la comparecencia presidencial trataba principalmente de Ucrania. El exanalista de la NSA no consiguió entender el alcance de la campaña propagandística y el rol que jugara en ella. Si le habían permitido salir en televisión era porque servía de garante al Kremlin. Su vida en Rusia era la más clara confirmación de que allí no espiaban masivamente porque, luego de arriesgar su vida por unas revelaciones, no habría ido a refugiarse en un país que repitiera las prácticas que él combatiera antes.

Snowden era, en verdad, un bulto de documentos comprometedores que el presidente ruso agitaba hacia Occidente, un artículo más del arsenal de chantajista de Putin. En aquel diálogo el joven representaba no la conciencia crítica de la sociedad rusa, sino la mala conciencia de Estados Unidos y sus aliados. Comportándose como se esperaba de su fama, arrogándose como auditor del Kremlin, servía a Putin de testigo en la campaña contra Ucrania.

El Premio Pulitzer otorgado a The Washington Post y The Guardian ha logrado renovar un argumento muy utilizado en la discusión del caso Snowden. Ese argumento considera que, por cuestionable que haya sido la filtración de documentos, su divulgación podría devenir en provecho público. (Quien esté interesado en esta clase de dilemas hará bien en buscar el libro Secrets and leaks: the dilemma of State secrecy, donde Rahul Sagar estudia qué premisas justifican moralmente la filtración del secreto estatal.) Con su artículo en The Guardian, Snowden ha querido convencer a la opinión pública de que fue la defensa de un bien común como la libertad lo que le hizo participar en la comparencia de Vladímir Putin.

En unos meses, en junio, Snowden tendrá que renovar su permiso de asilo. Quién sabe lo que le esperará de continuar bajo hospitalidad del Kremlin. Quién sabe a qué nuevas excusas tendrá que recurrir para justificar su papel de héroe.

Antonio José Ponte es escritor y vicedirector de Diario de Cuba.

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