Soberano fracaso del Estado

¿Es la deuda soberana del Estado  la que ha quebrado o es la soberanía nacida del Estado la que se ha ido al garete? El juego de palabras sirve para explicar cómo la crisis económica europea y mundial está poniendo en solfa una de las construcciones más características del siglo XIX y XX: el Estado-nación. En los años ochenta y noventa de la pasada centuria (baste recordar el traducido al catalán The End of the Nation State de Kenichi Ohmae, de 1996), el hecho era sólo una intuición. Hoy, esta impresión ha sido corroborada por los datos: Grecia, Portugal, Irlanda, Bélgica…, están en camino de aparecer como estados fallidos, bien por motivos económicos, bien porque su arquitectura constitucional no puede enfrentarse con éxito a las tensiones internas. A estos estados, deberíamos añadir una larga lista: los nacidos de la descomposición de la antigua Unión Soviética y los que se mecen en las inciertas aguas de no saber si pueden proporcionar a sus ciudadanos los mínimos servicios exigidos, léase Albania, Kosovo o Macedonia… A partir de esta constatación, sorprende que en el mundo de la política se hayan producido pocas reflexiones sobre la posibilidad de que sea el propio concepto de “Estado”, la organización política clásica heredada de las revoluciones liberales y burguesas del siglo XIX, la que está en quiebra y no su deuda soberana.

¿Y si en realidad estuviéramos ante el principio del fin de una forma de organización política que languidece entre espasmos? Por ello, sorprende que en Catalunya, la respuesta más aireada a la crisis del actual encaje en España sea la aspiración a constituir un nuevo Estado idéntico en todo al modelo tradicional (excepto, tal vez, en la creación de un ejército propio y de una moneda, aunque visto el tema del euro y de Grecia, ya veríamos dónde queda este último tema). En principio, parece poco aconsejable pretender imitar aquello que se está mostrando, día a día, en serios aprietos de funcionamiento ordinario. Si en Europa y en torno al paralelo 60 , el Estado sigue funcionando (Finlandia, Suecia, Dinamarca y Noruega) cuarenta grados al sur la cosa no está tan clara.

Las relaciones Catalunya-España no pasan por su mejor momento. Al contrario, hay claras evidencias de que la mayor parte de España no está dispuesta a reconocer la esencia nacional catalana, pero hecho el diagnóstico, no acabo de entender el entusiasmo “estado-céntrico”. ¿Qué modelo es al que se aspira?, ¿a qué país imitar?, ¿qué organización interna? El tema podría dejarse para “l´endemà de les festes” (Cambó, 1923), pero convendría que quienes deben decidir sepan hacia qué modelo se encamina el país. Lejos de mi la pretensión discutir con quienes aspiran a la independencia de Catalunya (aunque ello significaría, vistos los resultados electorales del 22-M, no sólo un “adéu a Espanya”,sino un “adéu al País Valencià”,cosa que sí me afecta), pero no estaría de más que el debate sobre su futuro (repito, compartiendo el pesimista análisis de la escasísima voluntad española de atender como se merece a la nación catalana), también se moviera en torno a otros tipos de organización política que no imitaran necesariamente a los que hoy están, al menos en un 50 % de sus representantes europeos, en quiebra total o parcial. Si miramos a la Unión Europea, uno de cada dos no son viables bajo sus actuales formas, ni políticas ni económicas. El encadenamiento “insatisfacción ergo independencia ergo Estado”, ¿no puede pensarse de otra forma?

Catalunya ha sido pionera en muchas cosas, ¿no lo podría ser también reflexionando y ofreciendo a Europa un nuevo modelo de arquitectura política que combinara lo mejor del federalismo europeo, lo salvable de los procesos de construcción del Estado-nación del siglo XIX y XX, la pujanza de la economía transfronteriza y megaregional e incluso la vieja y legítima aspiración anarquista de preponderancia del gobierno local? Así, aspiraciones europeístas, tendencias nacionales, nuevos mecanismos macrorregionales y fuerza local se combinarían en una nueva forma que debería tomar otro nombre, otra figura a la del Estado.

Para construir su país, los jóvenes turcos tomaron como modelo el Estado-nación europeo. Fue una decisión lógica: en 1908, Europa mostraba al mundo la potencia de su maquinaria de organización política, avasalladora de viejas formas de gobierno. Hoy, cuando las banderas nacionales se deshilachan, ¿todavía es recomendable pretender ingresar en un club a cuyos miembros comienzan a brillarles las coderas?

Josep Vicent Boira, profesor de la Universitat de Valencia.

1 comentario


  1. Soy independentista activo desde los tiempos de la dictadura. Aclarado este punto, creo firmemente que no debemos caer en el error español de decirles a los demas que han de ser, que deben sentir y como han vivir.

    El Pais Valencià, Les Illes, la Franja de Pont, la Catalunyà Nort, el Alguer, etc, deben tomar sus propias decisiones y llevarlas acabo segun crean mas conveniente y los catalanes debemos respetarlas en la misma medida que pedimos respeto para las nuestras.

    Si quieren seguir nuestro camino bienvenidos sean, sino buena vecindad y a otra cosa.

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