Sobre artefactos y otras cosas de explotar

Por Jesus Prieto Mendaza, antropólogo y profesor colaborador en la Universidades de Deusto y Salamnaca (EL CORREO DIGITAL, 15/06/08):

La bomba que en la madrugada del domingo atentó contra las instalaciones del diario EL CORREO tenía varios objetivos. Es más que evidente que el primero era su rotativa y los trabajadores que allí se encontraban, pero lo eran también sus redactores, los articulistas, los lectores, los anunciantes y en definitiva la pluralidad enriquecedora de la propia sociedad vasca.

Quienes pusieron la bomba, quienes se lo ordenaron y también quienes ofrecen cobertura disfrazada de política a sus criminales acciones, no nos engañemos por más tiempo, no desean un futuro plural para esta tierra vasca. La libertad de pensamiento y expresión, la riqueza de ideologías y sentimientos de pertenencia diversos, la heterogeneidad, el mestizaje, la interculturalidad… la pluralidad en definitiva son observados con horror por quienes no aceptan otro proyecto de país que no sea el suyo.

Florencio Domínguez, en su libro ‘Las raíces del miedo’, nos acerca a una entrevista realizada por el diario ‘La Reppublica’ al entonces dirigente de Jarrai Ugaitz Elizaran. En ella, este joven monstruo asevera con total naturalidad lo siguiente: «Los concejales del PP y del PSOE son objetivos legítimos a eliminar. No hay dudas sobre ello. ¿Quién más? Empresarios, militares…y ese tal Jáuregui. El hecho de que en el pasado haya sido delegado del Gobierno español me parece una buena razón para asesinarlo». Esta horrible declaración de fe fascista es la que subyace en las acciones sangrientas del terror vasco. Estos pistoleros lo tienen tan meridianamente claro como lo tuvieron las escuadras especiales de las SS, los camisas negras de Mussolini, los falangistas que ejecutaban los paseos en las cunetas de la España de 1936 o los Jemeres Rojos de Pol Pot. No aceptaremos a los disidentes, no toleraremos distintos colores para nuestra patria vasca, no permitiremos que quienes no comparten nuestro ideario, es decir, quienes no son de los nuestros puedan expresarlo públicamente.

Nada nuevo, se repite el ataque y la estigmatización que ya sufrió la librería Lagun de Donostia, esta vez ejercida sobre un escaparate mayor y que llega a mucha más gente: un diario de gran implantación en esta tierra, y que al mismo tiempo compatibiliza su identidad inequívocamente vasca con el espacio de pertenencia español.

¿Cuándo vamos a interiorizar, como ciudadanos vascos, que la riqueza de nuestro país, nacionalidad, comunidad autónoma, nación o como quiera que deseen ustedes llamarla, es precisamente nuestra diversidad y pluralidad?

¿Cuándo pensamos reconocer que la homogeneidad o la uniformidad serían sin duda estériles en la Vasconia (empleo deliberadamente el término que tanto agradaba al malogrado Henrike Knörr) del siglo XXI en la que estamos inmersos?

¿Cuándo aceptaremos de una vez que quien viola es un violador, quien tortura un torturador, quien extorsiona un mafioso y quien asesina es, al fin y sin medias tintas, un asesino?

Al conocer la noticia del bombazo he comprendido que se dirigía contra la misma línea de flotación de nuestra democracia. Al poco tiempo se desalojaba la delegación del mismo diario en Vitoria-Gasteiz, no lejos de donde yo me encontraba, y en ese momento he rememorado el hartazgo sentido en uno de los episodios más nefastos ocurridos en nuestra historia reciente. Me estoy refiriendo a la cruel manifestación que recorrió las calles de Vitoria-Gasteiz el 26 de febrero de 2000 bajo el lema ‘Ibarretxe aurrera’. Para muchos ciudadanos alaveses ese episodio, del que el propio PNV me consta se ha arrepentido sinceramente, fue un ultraje incomprensible y abrió una peligrosa trinchera entre la ciudadanía alavesa: nacionalistas y constitucionalistas. El resultado fue el recrudecimiento de la violencia, del chantaje y de la sangre derramada. ETA entendió el mensaje: los muertos, categorizados como enemigos del pueblo vasco, no son tan importantes como para merecer la solidaridad sin contrapartidas del partido en el Gobierno. La conclusión, para mentes tan enfermas como las de estos psicópatas, era clara: no debe de estar tan mal que sigamos asesinando puesto que no cargan contra nosotros.

Hace tan sólo unos meses, Josu Jon Imaz manifestó que la actual situación exige consensos y acuerdos previos. Recordemos también que voces reconocidas entre la representación jeltzale han situado sus discursos en los mismos parámetros. Estoy totalmente de acuerdo con el ex presidente del EBB, un hombre que sorprendió de forma muy positiva a la opinión pública cuando pidió reconocimiento para la pluralidad de la sociedad vasca y publicitó la necesidad de enviar un mensaje unitario que la banda terrorista ETA pudiera captar definitivamente.

Y es aquí, en lo relativo al mensaje que la sociedad vasca puede lanzar a los asesinos, donde desearía detenerme brevemente.

Cualquier estudiante de primer curso de carrera sabe que los mensajes no dependen tan sólo de quien los envía. Para que la transmisión del mismo sea total, se necesita un emisor, algo que decir, un código y también, y esto es fundamental, un receptor que pueda descodificar el mensaje e interpretarlo, es decir, entenderlo.

La banda ETA puede recibir mensajes que no implican necesariamente para ella, en su neurótica percepción virtual de la realidad de Euskal Herria, la petición del cese de sus acciones violentas. Su lectura del mensaje, al ser el código que utilizan distinto al nuestro, muy bien puede ser la de que la sociedad vasca apoya que se hable sobre cómo materializar las peticiones de territorialidad y autodeterminación que, desde hace más de treinta años, vienen haciendo. En vez de este plebiscito que se nos anuncia, creo que lo que se debería convocar, de una vez por todas, es la mayor movilización contra el asesinato y por la libertad que Euskadi haya conocido jamás.

Lo diré de otra forma más llana y coloquial, quienes colocan las bombas deben recibir claramente un mensaje: sois unos asesinos y todos nosotros de forma unánime, toda Euskal Herria presente aquí inundando las calles (no sólo de Bilbao) de nuestros pueblos y ciudades, os pedimos que no matéis más en nuestro nombre. Sinceramente, a pesar de que no debemos mirar al pasado constantemente, opino que en las movilizaciones que siguieron al asesinato de Miguel Ángel Blanco la banda armada ETA sí captó el mensaje que la sociedad vasca unida sin fisuras le envió.

Todavía hoy, en pleno siglo XXI y en el seno de la Unión Europea, esta organización terrorista percibe la violencia y el exterminio de sus adversarios políticos como algo legítimo, fundamentalmente porque no ha captado nuestra misiva: que Euskadi reprueba sus horribles métodos.

Durante los últimos años una pancarta con el lema ‘ETA ez. ETA no’ ha presidido la balconada de la Diputación Foral de Álava. Desde que nuestros nuevos gobernantes han llegado, no hay cabida para esa pancarta. Sí la hay para otra enorme que felicita, como no podía ser menos (yo también lo hago efusivamente) a nuestro TAU Baskonia. ¿Cuál creen ustedes que puede ser el mensaje que reciban quienes están dispuestos a seguir matando?

No dudo, lehendakari, de su legitimidad ni de su buena fe. No soy político, y me dirijo a usted como un simple ciudadano de a pie. Yo personalmente le dije el mes de julio de 2005, en el marco incomparable de la Universidad de Oñate y en el contexto de unas jornadas organizados por el Instituto Internacional de Sociología Jurídica, que le tenía por un hombre bueno y le apreciaba a pesar de que pudiera manifestarme crítico con alguna de sus actuaciones políticas.

Usted mantiene en la justificación de su convocatoria de referéndum la necesidad de diálogo. Bien. Hable con quienes más han luchado por la paz día a día durante los momentos más duros de nuestra reciente y ensangrentada historia, intercambie opiniones con Gesto por la Paz, con Bakeaz, no olvide a las víctimas del terrorismo y a sus representantes legítimos, déjese asesorar por otras personas que no sean necesariamente afines a su ideología política (es más, cualquier gobernante debería tomar café cada día precisamente con sus oponentes políticos) y no olvide, lehendakari jauna, que quienes más han sufrido el embate del terror, quienes más funerales han presenciado son, precisamente, los representantes políticos de las opciones que no comparten su ideología.

Todavía estamos a tiempo, el momento es difícil y el futuro puede estar hoy en juego. Busque con ahínco la unidad, busque sumar fuerzas, busque la mayor movilización popular de la historia de este país. Sólo entre todos, a pesar de que la democracia es algo más que aritmética, el mensaje que reciban los violentos puede ser tan contundente que incluso ellos lo tengan claro.

Euskadi no nos quiere así. ¡Cambiemos para ser aceptados!

Lehendakari, por favor se lo ruego, frente al terror debemos estar todos. Usted, como nuestro representante, el primero.