Sobre condena y reconocimiento

Por Miren Azkarate Villar, consejera de Cultura del Gobierno vasco (EL CORREO DIGITAL, 28/04/07):

El Parlamento europeo condenó la dictadura franquista en una sesión plenaria celebrada en vísperas del 70 aniversario del levantamiento militar contra la República, el 5 de julio de 2006, en una decisión que fue calificada como «un acto de justicia histórica» por diferentes medios de comunicación españoles. Significativamente, más de uno habló de deuda moral y recordó entonces que dicha condena no puede interpretarse como sustitutiva de la que el pleno del Congreso de los Diputados adeuda a los defensores de la legalidad republicana, barridos por los generales golpistas, y a las víctimas de 40 años de sañuda represión, después de una tímida condena, aprobada en 2002 sólo en la Comisión Constitucional.

En el pleno de la Cámara de Estrasburgo, el PP español se quedó con la única compañía de la extrema derecha europea en su oposición a reprobar la dictadura, tanto así que las alabanzas al régimen franquista por parte del diputado polaco Gyertich desencadenaron incluso la intervención del entonces líder del grupo popular europeo, Hans-Gert Pöttering, que «como cristiano» condenó los «regímenes totalitarios», introduciendo un matiz que le desmarcó de la intervención de Jaime Mayor Oreja.

En aquel pleno, el entonces presidente de la Eurocámara, Josep Borrell, hizo una declaración institucional «para condenar críticamente a los responsables» de la dictadura franquista, «para rendir homenaje a sus víctimas» y expresar el «reconocimiento a todos los que combatieron por la democracia, padecieron persecución e impulsaron el retorno de España a Europa». Ese gesto, la condena de la dictadura y el reconocimiento y homenaje a sus víctimas, que fue posible en Estrasburgo, sigue pendiente en España. Y a eso se refiere el Gobierno vasco cuando dice públicamente que el actual Gobierno y el Parlamento españoles son herederos del Gobierno legítimo de la República, truncado por el alzamiento de Franco, y que tienen, por tanto, toda la legitimidad democrática para condenar la dictadura franquista y pedir perdón por aquellos crímenes, cometidos en nombre de España. Un gesto y un reconocimiento que se debe a la propia sociedad española.

Hace una semana, en referencia a Gernika, decía Bernardo Atxaga que «las marcas y los recuerdos no deben ser borrados al menos mientras perviva el motivo y no se haya esclarecido la verdad». Y en este caso la verdad no ha sido nunca reconocida por los responsables de aquella masacre, ni por muchos, demasiados, que todavía hoy intentan el peor de los revisionismos. Gernika fue destruida por orden de Francisco Franco, dentro de los planes de Emilio Mola -el 'director' del golpe que derivó en guerra civil-, según los cuales «hay que sembrar el terror (...), dejar sensación de dominio, eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensan como nosotros». Fue el general que poco antes del bombardeo de Durango y Gernika había amenazado con arrasar Bizkaia si las fuerzas vascas que se oponían a la sublevación no se rendían. La aviación de Franco, en la que intervenían la Legión Cóndor nazi y aviones de la Italia fascista, ejecutó la destrucción, que tanto en Gernika como antes en Durango incluyó ataques contra la población civil para generar terror. Los motivos del bombardeo fueron de índole ejemplarizante y experimental, sembraron muerte y destrucción y, por si eso fuera poco, quisieron arrasar moralmente Gernika y Euskadi, por medio de la mentira. Los mismos que lanzaron las bombas y la metralla nos bombardearon con mentiras.

El lehendakari Agirre denunció el criminal ataque, «los aviones alemanes al servicio de los facciosos españoles han bombardeado Gernika». Gracias a ese llamamiento y a la labor de George Steer y de un pequeño grupo de periodistas se pudo hacer frente a la falsedad que pretendieron extender. «Miente Agirre. Miente y bien lo sabe él. La España de Franco no incendia», decían desde Salamanca los voceros del Gobierno sublevado, al tiempo que hacían culpables del crimen a las propias víctimas. La labor del Gobierno de Euskadi, las crónicas de Steer y la voz de los supervivientes dieron a conocer al mundo la realidad de la tragedia. A estas voces se sumó el genio de Pablo Ruiz Picasso, que denunció la crueldad de la masacre y alzó su cuadro como un alegato contra la sinrazón de la guerra y contra la barbarie propia del fascismo.

La tragedia de Gernika se prolongó durante 40 años de dictadura, hasta la muerte de Franco en 1975. Los autores e inductores de aquel crimen nunca han reconocido su responsabilidad, e incluso hoy algunos pocos pretenden negar y rescribir la historia. Quienes optaron por la defensa de la libertad y del Gobierno legítimo de la República siguen esperando que se reconozca la verdad de lo sucedido. Todos aquellos gudaris y milicianos (del PNV, del PSOE, de UGT, de ELA, de ANV, comunistas, republicanos, anarquistas) que bajo el mando del lehendakari Agirre lucharon por la libertad siguen esperando que se reconozca la verdad. Es ese reconocimiento el que demandamos a las Cortes españolas. La condena de aquel alzamiento y el reconocimiento de la verdad, porque nunca es tarde para esclarecer los hechos de la historia y cerrar las heridas de tantas y tantas familias.