Sobre el cadáver del catalanismo

Es cierto, y así te lo he escrito, que el presidente Artur Mas, con el asentimiento de la mitad de los votantes, ha destruido el catalanismo político. Aunque Mas y su séquito, en realidad, solo han destruido un cadáver. Una operación de poca importancia práctica. El catalanismo estaba en la situación (¡penosa!) del que ha cumplido sus objetivos y advierte que no hay horizonte. Su liquidación empezó con una constitución que supone el triunfo del catalanismo, pero que también es el instrumento que desvela su doble faz. Después de 1978 solo debió haber administración. Y hubo administración más deslealtad. La evidencia demostró que el catalanismo no fue nunca una estación término, sino un paso subterráneo. Pero llegó el momento en que el disimulo ya no pudo mantenerse. El momento fue el 27 de septiembre. La llamada a la secesión no es el resultado de la frustración, como dicen los secesionistas en su recto uso de la mentira, sino del éxito. De ahí que los intentos del tercerismo por mantener la ficción de una deuda española con Cataluña supongan, aparte de una complicidad con las mentiras, un camino seguro hacia el fracaso técnico, como lo insinúa el fracaso del partido de Duran Lleida. El último cadáver que se presentó exitosamente a unas elecciones fue don Rodrigo Díaz de Vivar.

Sobre el cadáver del catalanismoSin embargo, el error español sobre el catalanismo tiene un carácter obstinado.

Asumo que el paisaje político en Cataluña mueve a la desesperación, en especial la de aquellas almas de cántaro que tenían a Cataluña como el modelo de una conducta colectiva irreprochable. En la corriente principal de la política catalana se han instalado las llamadas Candidaturas de Unidad Popular (Cup), un movimiento que sería puramente cómico si no fuese porque en política lo cómico vira automáticamente a lo siniestro. Como conoces bien a esa gente y en cierto modo, mi entrañable chiripitifláutica hoy doblada en perrofláutica, incluso la compartes, no es necesario que te describa sus características. Este movimiento es hoy el interlocutor privilegiado e inexorable del presidente Artur Mas, en el que funda toda esperanza de seguir siendo presidente de la Generalidad. Aunque, como aseguran los muchachos, deberá serlo de la República catalana, cuya proclamación advendrá antes de la natividad de Cristo o el día de Reyes a lo más tardar.

Se comprende la desesperación ante una sociedad política devastada y eso atenúa la irritación que producen las obstinadas propuestas terceristas. Y se comprende también la gran novedad. Hasta el 27 de septiembre el protagonista elegido para encarnar el tercerismo podía ser Unió Democràtica, el Partido Socialista o hasta el propio Partido Popular, en sus exergos o margallos. Pero este párrafo editorial de la prensa socialdemócrata, del 4 de octubre, señala al nuevo actor:

“La radicalización del nacionalismo moderado permite a Ciudadanos -un partido centrista y refractario al catalanismo- el triunfo de encabezar a los no rupturistas y colocarse así segundo en la Cámara, algo inédito para un grupo no catalanista. Ello afianza la apuesta de Albert Rivera para el 20-D, pero no resuelve la incertidumbre futura que, paradójicamente, su éxito le plantea en Cataluña: o modera su recelo a la catalanidad y se hace más transversal, o le será difícil proseguir su ruta meteórica”.

Si Javier Pradera aún escribiera editoriales su lector entendería que estaba aplicando a Ciudadanos la tercera acepción de ‘refractario’: “Dicho de un material: Que resiste la acción del fuego sin alterarse”. Sería una excelente definición de lo que es Ciudadanos y de su lugar en la política de Cataluña. Pero Pradera está difunto y la sofisticación y el refinamiento, aun perversos, han dejado de ser marca de la casa socialdemócrata. Por ‘refractario’ el editorialista debe de entender, con toda simpleza: “Opuesto, rebelde a aceptar una idea, opinión o costumbre”. Porque, no creo, aunque vete a ver, liberada, que quiera referirse a la primera de las acepciones: “Que rehúsa cumplir una promesa u obligación”.

Comprobarás, si lees con la atención con que yo te escribo, que el sutil editorialista no lo deja ahí: “O modera [Rivera] su recelo a la catalanidad…” La catalanidad no es más que la cualidad o el carácter de ser catalán. Como la españolidad lo es del ser español. Pero en la relación de las dos cláusulas se ve con nitidez hasta qué punto desagradable el editorialista identifica catalanidad y catalanismo. No se puede ser catalán sin ser catalanista. Pero sí se puede ser español sin ser españolista, y el editorialista sería el que levantara primero la mano. Ya sabes, aunque no quieras reconocerlo, que las asimetrías entre catalanismo y españolismo son la explicación sintética de toda vuestra acémila carraca nacionalista.

Cuando el editorialista manda a Albert Rivera a hacer catalanismo (el mundo progresa de prisa: ayer lo mandaba a hacer puñetas) no tiene ni la más remota idea de adónde lo manda. El catalanismo ha muerto y Mas se está comiendo el cadáver. La Cup le ha dicho que con las manos.

La cuestión importante es si Rivera lo sabe. Si, en consecuencia, va a instalarse de manera adulta en el posnacionalismo. Si va a atreverse a decirles la verdad sobre el catalanismo a los catalanes y al resto de españoles: que los objetivos confesos y civilizados del catalanismo culminaron con la Constitución de 1978 y que lo que ha venido luego es deslealtad, agresión a la democracia y xenofobia organizada y desbordante. Es cierto, y esta noche lo veo más claro que nunca, que Rivera y Ciudadanos pueden llevar a cabo una nueva política española. La primera condición será cumplir con Alexandre Koyré, autor de un librito cuya luz difícilmente resistirías: ‘La función política de la mentira moderna’ (Pasos perdidos). Cumplir con ese momento que caracteriza, a su afinado juicio, el tránsito del régimen totalitario al democrático: cuando a la primacía de la mentira le sucede la primacía de la verdad.

A ver si va a ser cierto, liberada, que necesitamos una segunda transición.

Pero sigue ciega tu camino.

Arcadi Espada

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