Sobre el informe Winograd

Hace poco se hicieron públicas en Israel las conclusiones de la comisión Winograd acerca de la guerra de Líbano acaecida en el verano del 2006, una guerra a la que todavía se la llama "la segunda guerra de Líbano", pese a que existe una clara diferencia, desde el punto de vista ético, entre la guerra de Líbano promovida en 1982 y la guerra de contrarréplica en la que Israel respondía al ataque injustificado de Hizbulah, organización que pretende la destrucción del Estado israelí. Aunque se había generado mucha tensión ante lo que pudiera concluir la comisión Winograd, como si fuera a provocar un terremoto político y social en torno a la dimisión del primer ministro, lo cierto es que de momento no ha pasado nada y poco a poco el informe empieza a ser olvidado en los medios políticos.

Los partidos de la derecha, que esperaban que el informe los ayudara a echar de su cargo a Olmert, se sienten decepcionados, y también algunas de las familias que perdieron a sus hijos en la última fase de la guerra, que es la etapa que más se cuestiona, están frustrados al ver que Olmert sigue como primer ministro. Además, aquellos periodistas que se alimentan de escándalos políticos ahora se sienten engañados al ver que la tormenta ha pasado tan deprisa. Y, por otro lado, resulta raro que la mayoría de la sociedad esté desilusionada porque esa comisión no haya emitido un juicio inequívoco. Pero ¿qué es lo que realmente el ciudadano puede esperar de este tipo de comisiones de investigación?

Ya todos sabíamos los motivos, los logros y los fallos de esa guerra, y especialmente éramos conscientes de la debilidad del ejército, que tanto nos había sorprendido. Acerca de eso la comisión ha dicho cosas muy duras. Pero, en cualquier caso, los cinco miembros de la comisión, por muy expertos y objetivos que quieran ser, no pueden hacer un juicio que, en realidad, le corresponde a la opinión pública, un juicio por el que el pueblo juzga los éxitos y los fallos de sus gobernantes. La comisión Winograd, que ha tardado año y medio en publicar sus conclusiones, me recuerda otras dos comisiones de investigación parecidas: la que hubo tras la guerra de Yom Kippur y la que hubo tras la guerra de Líbano de 1982.

Me gustaría comentar algo acerca de la primera. Como es sabido, la guerra de Yom Kippur, que estalló en octubre de 1973, fue muchísimo más peligrosa y terrible para Israel que la última guerra de Líbano. Los miles de tanques egipcios y sirios que atacaron por sorpresa en el Golán y en el Sinaí estuvieron a punto de vencer el sistema defensivo israelí y amenazaron la existencia del Estado hebreo. La comisión de investigación creada al terminar la guerra para investigar los errores y la falta de prevención israelí estaba formada por las personas mejor preparadas y autorizadas para ello. Magistrados y ex altos cargos del ejército investigaron por qué Israel no estuvo alerta y fue atacado de improviso, y es que a pesar de que Israel venció y su ejército llegó a estar a cien kilómetros de El Cairo y a cuarenta kilómetros de Damasco, los numerosos caídos en la guerra, los prisioneros y especialmente el hecho de haber pillado por sorpresa a Israel hacían necesaria una comisión de investigación sobre lo ocurrido.

Esa comisión poseía unas competencias mayores que la comisión Winograd y eso se plasmó en la petición de dimisión de varios altos cargos militares; en cambio, al igual que esta última, sus conclusiones no afectaron a los responsables políticos. Ni la primera ministra de entonces, Golda Meir, ni su ministro de Defensa, Moshe Dayan, fueron llamados a dimitir. Y con ello los miembros de la comisión actuaron con buen criterio. A no ser que un cargo político infrinja la ley, la decisión de si ha de seguir o no en su puesto debe ser de aquellos que lo eligieron de forma democrática a través de unas elecciones.

Varios meses después del fin de la guerra de Yom Kippur, se dio a conocer el informe de la comisión y enseguida amplios sectores de la población se mostraron decepcionados, pues esperaban que la comisión exigiera la dimisión de la primera ministra y del ministro de Defensa; esos sectores querían conseguir lo que no habían logrado en las urnas, pues no olvidemos que dos meses después de que estallara la guerra hubo elecciones generales y ganó el Partido Laborista. No obstante, en medio de la desilusión por las decisiones de la comisión, acusada de parcialidad, empezaron por fin a organizarse protestas populares y hubo tales presiones políticas que finalmente Golda Meir y Moshe Dayan dimitieron. Ése es el mecanismo adecuado en este tipo de casos. Ninguna comisión de investigación puede quitar de su cargo a un primer ministro a no ser que haya cometido un delito, pero el pueblo sí puede con protestas y presiones políticas en el Parlamento.

Por tanto, quienes ahora se sienten frustrados porque la comisión Winograd no ha pedido la dimisión de Olmert, deberían proyectar sus energías en plantear su disgusto en la esfera política y social, pero quizás no tengan ni fuerza, ni tiempo ni ganas suficientes para ello. Por eso, es lógico que Olmert siga en su cargo, y creo que así será por mucho tiempo.

Por Abraham B. Yehoshúa, escritor israelí, inspirador del movimiento Paz Ahora.