Sobre el nuevo terrorismo internacional

José María Benegas Haddad es diputado por Vizcaya (PSOE) y vicepresidente de la Comisión de Exterior del Congreso de los Diputados (EL PAIS, 08/06/04)

En la lucha contra el terrorismo resulta esencial que el diagnóstico sobre lo que tenemos enfrente sea lo más correcto para diseñar una estrategia lo más efectiva posible a la hora de combatirlo.

Parece evidente que el nuevo terrorismo no tiene territorio concreto, ni patria determinada; la globalización lo impregna todo, incluida la internacionalización de la violencia. El terrorista y sus apoyos se pueden encontrar en cualquier parte del mundo, lo mismo que sus refugios y lugares de entrenamiento. El nuevo terrorismo no busca la desestabilización de un Estado, el derrocamiento de un gobierno o el acceso al poder político en un país concreto. Es principalmente un terrorismo de respuesta irracional que pretende hacer el mayor daño posible a sus supuestos enemigos tratando de demostrar que sin grandes ejércitos se puede golpear duramente en el corazón de los países más desarrollados. Para ello recurre a las matanzas más execrables dirigidas prioritariamente contra la población civil. El terror lo consiguen asesinando a ciudadanos indefensos. Uno de los instrumentos que usan es el del terrorista suicida que se inmola en la acción de destrucción indiscriminada y que por sus características es uno de los más difíciles de combatir y detectar. Como todo terrorismo tiene un claro componente de fanatismo fundamentalista que en este caso además se nutre de un vector religioso derivado de una interpretación aberrante del Islam, que necesita sustentarse en el odio. Además parece que gozan de recursos económicos suficientes o que no tienen serias dificultades para obtenerlos. Para comunicarse ya no disponen sólo de “correos” personales, sino que también saben aprovecharse de la revolución que supone Internet. Es preciso señalar que no estamos ante una única organización, sino que al parecer son más de sesenta protegidas por un paraguas común que es Al Qaeda, lo cual hace más difícil su desarticulación.

En la lucha contra el terrorismo es esencial saber si la decisión de la utilización de la violencia tiene su “causa” en un conflicto real o no. Muestra de este segundo supuesto pueden constituirlo las Brigadas Rojas en Italia, la Banda Baader Meinhoff en Alemania o los Grapos en España. En estos casos, con buena información y eficacia policial es suficiente para combatirlos. En el primer supuesto, si el conflicto es real, tendrá un apoyo social determinado, y si además se nutre del nacionalismo excluyente o del fundamentalismo religioso, estamos ante una forma de violencia que no es fácil de combatir ni de derrotar definitivamente.

En el caso del nuevo terrorismo internacional existen elementos suficientes como para señalar que se alimenta de conflictos reales que utiliza como bandera de sus movilizaciones y acciones violentas, siendo los más notorios la situación del pueblo palestino en el Medio Oriente, la ocupación militar de Irak, las amenazas latentes sobre Irán y Siria, y la demostración de que el actual Gobierno de Estados Unidos recurre sistemáticamente a la fuerza para resolver los conflictos. A partir de esta acumulación de problemas y agravios se construye la teoría de la agresión de la primera potencia de Occidente y sus aliados contra el mundo árabe y la propia civilización islámica. Espero que no se confunda la mención a determinados conflictos como si se hiciera a modo de justificación del terrorismo. Todo lo contrario, creo que ningún terrorismo tiene justificación y que por ejemplo la causa palestina sería más digna si determinadas organizaciones que han utilizado el terrorismo y pertenecen a la OLP no lo hubieran hecho. Los civiles judíos muertos en atentados contra autobuses, discotecas, manifestaciones, mercados, etcétera, han envilecido la causa palestina incrementando el apoyo al radicalismo sionista y dificultando cualquier pacto de estabilidad para el futuro. Esto es tan cierto como lo es el que un problema mal resuelto durante décadas pueda generar acciones terroristas cada vez más espectaculares desde la desesperación.

Por lo tanto, el nuevo terrorismo construye sus justificaciones y argumenta la necesidad de sus brutales atentados a partir de conflictos que son reales y que incluso se agrandan a través de la propaganda en la mente sectaria y fanatizada de los violentos. Todo terrorismo de esta naturaleza logra un apoyo social más o menos amplio también en virtud de cómo se explotan los sentimientos de las víctimas de las poblaciones afectadas. En su consecuencia, uno de los parámetros básicos de la lucha contra un terrorismo de estas características consistirá en disminuir y restar apoyo social a la causa de los violentos. Si combatimos el terrorismo en nombre de la defensa de los derechos humanos, primordialmente el derecho a la vida, la democracia, la tolerancia y la paz no pueden nuestros países, con la excusa de las exigencias de la lucha antiterrorista, utilizar los ejércitos regulares para perpetrar matanzas civiles, ocupar países utilizando la brutalidad de la fuerza contra ciudadanos indefensos, torturar prisioneros, no respetar las normas mínimas sobre la guerra pactadas en la Convención de Ginebra y en sus posteriores desarrollos, y practicar el terrorismo de Estado selectivo. Es decir, no podemos comenzar a parecernos a los terroristas que combatimos.

No conviene olvidar que ya todo es televisado. Se podrán ocultar muchas cosas, pero el mundo árabe también tiene la posibilidad de ver todos los días, niños, mujeres, ancianos y, por qué no, hombres inocentes pertenecientes a su cultura y al mundo islámico asesinados por los ejércitos regulares y en el caso de los palestinos por parte de Israel. Cada bombardeo televisado sobre una ciudad del mundo islámico genera sentimientos de odio hacia el mundo occidental, pudiendo tener un efecto movilizador del terrorismo integrista.

Este tipo de acciones, además, no está siendo eficaz. El de la efectividad pudiera ser el último argumento de los partidarios de la “respuesta brutal”, pero no está siendo así. Hoy hay más terrorismo y más inseguridad en el mundo que antes de la guerra de Irak. Parece que el nuevo terrorismo internacional no se combate eficazmente invadiendo países porque, como señalábamos al principio, una de las características del mismo es que no tiene territorio, ni patria, lo cual no quiere decir que no operen en determinadas partes del mundo donde hay que buscarlos y combatirlos. Un problema tan complejo requiere de una solución elaborada en el ámbito de una “inteligencia superior, sutil y coordinada”, y no debería quedar en manos de los halcones que reducen todas las alternativas a la mera utilización de la fuerza.

Si las anteriores líneas sirven como contribución a una aproximación, a un diagnóstico de urgencia sobre el nuevo terrorismo internacional, se puede comenzar a sentar unas bases estratégicas sobre qué hacer y cómo combatirlo:

a) El fenómeno que tenemos enfrente tiene carácter mundial. Si así lo deciden los terroristas, pueden actuar en cualquier parte del mundo. En su consecuencia, la respuesta no puede ser unilateral, sino que debe concitar el más amplio consenso en el concierto de las naciones para demostrar fuerza y cohesión uniendo al mundo libre en la lucha contra el nuevo fanatismo fundamentalista que pone en peligro la idea de una humanidad presidida por la concordia y la tolerancia.

b) La respuesta debe ser democrática y limpia. No se pueden utilizar los mismos o peores métodos que los terroristas. Si las organizaciones violentas que tenemos enfrente no tuvieran apoyo social, se pudiera discutir, al margen de consideraciones éticas, la necesidad de la “respuesta brutal”. La experiencia demuestra que cuando los terroristas tienen apoyo social, no se deben generar ni nuevos héroes, ni más mártires, ni más sentimientos de odio, ni más víctimas civiles, ni más muertos innecesarios. La respuesta tiene que ser dura, pero democrática y selectiva. Debe operar el principio de “precisión”: cualquier acción debe afectar sólo a los terroristas, no a ciudadanos inocentes, aunque vivan a veinte metros de aquéllos.

c) Los conflictos reales no resueltos que se encanallan y perpetúan en el tiempo constituyen un soporte argumental y un vivero de futuros terroristas. Una de las prioridades en la lucha contra el nuevo terrorismo mundial debería ser, por ejemplo, resolver, calmar o apaciguar el conflicto judío-palestino en el Medio Oriente. Es imposible pensar que las partes implicadas, por el odio acumulado, puedan ser capaces de alcanzar un armisticio o un camino que conduzca a la paz. Ésta debe ser impuesta mediante una acción coordinada por Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y los países del mundo árabe que estén de acuerdo con el cumplimiento de las resoluciones de la ONU. Impuesta quiere decir de obligado cumplimiento con presencia de tropas internacionales que garanticen el respeto de las nuevas fronteras y los pactos de convivencia vigilada que se alcancen.

d) El mundo árabe o el Islam, como se prefiera, no es homogéneo ni en las formas de Estado, ni en el grado de respeto a la democracia, ni en el componente religioso del Estado. Existen países árabes amigos, deseosos de colaborar con Occidente y de desmentir que el problema es el de un choque de civilizaciones. El mundo occidental debe extremar al máximo las relaciones con estos países, cuidarlos con esmero y convertirlos en aliados en la lucha contra el terrorismo para esgrimir ante el fundamentalismo islámico que las relaciones de amistad, cooperación y entendimiento pueden ser mucho más beneficiosas que las del enfrentamiento basado en el agrandamiento de las relaciones de odio y del “rencor global”. Se trata de establecer “zonas de confianza”, que produzcan descompresión, disminución de la tensión y reducción de las tendencias extremistas. Vistas las características del nuevo terrorismo mundial, no es complicado llegar a la conclusión de que uno de los elementos de que se nutre y le sirve de movilización es el odio hacia el mundo occidental. Todo lo que contribuya a generar este tipo de sentimiento debe ser radicalmente descartado.

e) Es evidente que además de lo que antecede es esencial para alcanzar el éxito, disponer de buenos servicios de información vinculados internacionalmente, desarrollar una eficaz estrategia de infiltración, utilizar a los mejores técnicos en informática para detectar las conexiones que se produzcan a través de la red, contar con expertos en el mundo islámico y sus múltiples variantes, y finalmente atraer al mayor número posible de musulmanes en cada país decididos a colaborar y a luchar contra el terrorismo. Todo ello, además, requiere de una seria y profunda coordinación internacional.

Transparencia democrática. Eficacia de los servicios de información. Disminución del odio y de los apoyos sociales mediante la resolución de los conflictos más sangrientos y máxima coordinación internacional constituirían los ejes básicos de una estrategia global en la lucha contra el nuevo terrorismo.