Sobre el patriotismo

Por Rafael Sánchez Ferlosio, escritor (EL PAÍS, 23/12/07):

(Patriotismo y paranoia). No han sido pocos los testimonios de particulares y políticos que sucesivamente han motivado el clamoroso entusiasmo de las Cámaras por la proclamación de la guerra y su cumplimiento en las guerras de agresión a Afganistán y a Iraq en el miedo a ser tachados de antipatriotismo. Así que la amenaza de esta incriminación se ha revelado aquí como el gran instrumento de extorsión social y política que ha levantado y sustentado el tan admirado patriotismo de los americanos. Sobrecoge pensar que si los bombarderos hubiesen conseguido en aquellos remotos desiertos y lejanas montañas algo que no fuese tan sólo una demostración de la aplastante superioridad tecnológica de la que ya estábamos sobradamente convencidos, sino un lance suficientemente brillante para acreditarse por victoria, nada habríamos sabido de la naturaleza paranoica del patriotismo.

La tacha de antipatriotismo -aparte de pertenecer a las formas que, con muy diversos grados de severidad o de indulgencia, componen el sistema de presiones o constricciones que gobierna cualquier sociedad- recuerda, mutatis mutandis, los estigmas o proscripciones propios de situaciones de religión obligatoria; es cierto que por entonces la Inquisición podía llevarle a uno a la hoguera, lo que no puede, ciertamente, equipararse con la incriminación de “derrotista”, “nihilista”, etc., y si “el traidor a la patria” suele ser “pasado por las armas”, se trata de un delito de acción, no de opinión. Con todo, no creo que la convergencia entre fervor religioso y devoción patriótica sea simple efecto de una aproximación fortuita e inmotivada, sino que participan, de modo eminente, de una condición común: ambas están definidas por el rasgo de la “pertenencia”: se pertenece a una patria, como se pertenece a un credo.

(Ser de los nuestros). La formación de la pertenencia, la constitución de “los nuestros”, la remite certeramente Ortega (en el ensayo El origen deportivo del Estado) a la “fratría” juvenil. Refiriéndose a un determinado momento de la adolescencia, dice literalmente: “Se quiebra el aislamiento de la primera infancia y la personalidad del muchacho se derrama por completo en el grupo coetáneo. Ya no vive por sí ni para sí: no quiere y siente como individuo, sino que se halla absorbido por la personalidad anónima del grupo que piensa y siente en su lugar”. En este estadio de neutralidad, la descripción me parece totalmente cabal. Deja de parecérmelo al final del párrafo. “Yo llamo a este apetito soberanamente sociable el instinto de coetaneidad”.

Si recordamos la mirada señaladamente biologista que el autor ha adoptado desde el principio del ensayo, la insuficiencia del programa se nos manifiesta ahora en ese “instinto de coetaneidad” como agente formador de la fratría, inaceptablemente reducida a una especie de “fase del desarrollo de la personalidad”. El mismo grado de protesta se merece la calificación de “soberanamente sociable”. Instaurando esa atmósfera de amistosa normalidad -donde tampoco excluyo que puedan darse insípidos remedos de la misma cosa-, Ortega se hurta a la consideración del violento sistema de coacción y sumisión que puede exigir “ser de los nuestros”. “Ser de los nuestros” es, en efecto, como bien dice Ortega, ser “absorbido por la personalidad anónima del grupo, que piensa y siente en su lugar”, pero ni tiene nada de “sociable”, ni es una fase natural del desarrollo de todo hijo de familia, como más adelante se verá.

Esas tan admiradas virtudes del “compañerismo” o el “espíritu de cuerpo” (aunque este segundo, referido a grupos no armados, pueda también acreditar reproches) forman in nuce el esquema de la pertenencia; pero el idílico lema de los Tres Mosqueteros: “Todos para uno y uno para todos”, esconde, en realidad, una terrible férula de coacción mutua y permanente, de amenaza anónima y ubicua, prefigurando ya “el traidor” del opresivo sistema de coacción social universal del patriotismo.

En lo que se refiere a la religión, el factor de pertenencia ha sido encarecido tanto por Juan Pablo II: “… el conocimiento por creencia, que se funda sobre la confianza interpersonal, está en relación con la verdad: el hombre, creyendo, confía en la verdad que el otro le manifiesta” (Fides et ratio, cap. III, nn, 32 y 33), como por Benedicto XVI: “Esta vida verdadera, hacia la cual tratamos de dirigirnos siempre de nuevo, comporta estar unidos existencialmente en un pueblo, y sólo puede realizarse para cada persona dentro de este nosotros” [cursiva en el original]. (Spe salvi, cap. 14). Va a resultar que lo decisivo es la pertenencia, el “Ser de los nuestros”, y que los pretendidos objetos del culto, Dios en este caso y la Patria en el anterior, juegan un papel formal análogo a la sigma mayúscula que en la escritura matemática encabeza el enunciado de las condiciones a que han de sujetarse los términos de un conjunto cerrado.

Hace ya muchos años, al caracterizar la “unidad de la Patria”, tal como la conciben los Estados, decía yo que lo que une a los hombres como hombres es la amistad, y que en la unidad sin amistad los hombres quedan unidos como cosas; más tarde se ha desarrollado la palabra “cohesión social”: ninguna otra palabra podría recordar más de cerca el pegamento capaz de pegar cascotes rotos, pero no de conciliar personas. En un ensayo recogido en su libro Consignas, Theodor W. Adorno escribe: “… la formación de esencias colectivas nacionales, usual en la odiosa jerga de la guerra que habla del ruso, del americano y también del alemán, obedece a una conciencia cosificadora, incapaz de toda experiencia”. Pero no es sólo en los antagonismos internacionales donde la pertenencia comporta cosificación; donde quiera que se dé una forma de LOS NUESTROS, necesariamente ligada a algún antagonismo, la amistad se convierte en unidad, la concordia en cohesión. Así pasa en los partidos políticos cerrados, a causa de su antagonismo electoral: un contenido votado por unanimidad es, por decirlo con un neologismo periodístico reciente, “un contenido cero”.

Viniendo, al fin, a lo anunciado más arriba, si miramos la fecha de su ensayo: 1924, Ortega no pudo llegar a conocer hasta qué punto su “instinto de coetaneidad” -sea ello lo que fuere- sería grandiosamente fomentado y explotado por ciertos regímenes políticos ideológicamente doctrinarios y masificadores y en los que, por consiguiente, el patriotismo se manifestaría en las formas más exacerbadamente agresivas y antagónicas: me refiero a la creación oficial de “organizaciones juveniles”, fuertemente adobadas, de una u otra forma, con los caracteres de educación premilitar. Allí sí que los rasgos de la fratría, tan celebrados por Ortega -“la férrea disciplina interna”, “la ascética”, etc.-, se gozaban en toda su crudeza.

Hoy, la añoranza de aquellas organizaciones parece cada vez más como querer consolarse con algún sustitutivo, el más visible de los cuales es el deporte de los grandes estadios, donde los equipos en competición se transfiguran en verdaderas patrias. Al carecer de cualquier otro posible contenido que no sea el del crudo y desnudo antagonismo, el deporte competitivo es especialmente idóneo para encarnar formas análogas a la del patriotismo, por cuanto éste no ha consistido nunca en otra cosa que en la autocomplacencia de “ser de los nuestros”. La reciente proliferación de banderas en las manifestaciones políticas se ha inspirado seguramente en el auge inmenso que en estos últimos años han tomado las prendas de colores heráldicos en los estadios de fútbol; lo cual, por otra parte, ha impuesto una estricta separación espacial de los partidarios de uno y otro equipo, como si los cada vez más antagónicos patriotismos deportivos hubieran incorporado el factor de la territorialidad, a fin de parecerse todavía más a los congénitamente antagónicos patriotismos nacionales.