Sobre el pesimismo activo

El cuadernillo extraordinario de final de diciembre pasado que editó EL MUNDO, en el que se había elegido el pesimismo como Enemigo del Año, no ha dejado de generar reflexiones, algunas publicadas y las más de carácter personal a través de correos electrónicos y conversaciones privadas. El agravamiento casi diario de la situación política y económica no favorece precisamente ninguna inclinación al optimismo, máxime cuando de esta actitud optimista hacen gala los principales responsables del Gobierno de España, quienes un día sí y otro también exhiben sus carencias evidentes para afrontar una dura realidad y luchar contra ella con coherencia, generosidad e inteligencia. Muy al contrario, la improvisación, la negación descarada de sus propios actos responsables, la queja victimista que echa las culpas a otros (ya sean adversarios políticos o conspiraciones internacionales), la afirmación -tantas veces desmentida por los hechos puros y duros- de que «no pasa nada» o al menos «nada grave» que acaba convirtiéndose en una burla a los ciudadanos; ese infantilismo inmaduro y perezoso que impregna la vida política toda y que afecta a unos y a otros, más preocupados de mantener o conseguir el poder a corto plazo que de tener altura de estadistas para mirar por el bien general de los ciudadanos siquiera sea a medio plazo; en fin, las cifras y la realidad concreta de los millones de parados que palpamos día a día, todo ello no inclina en verdad a actitudes no pesimistas.

Y, sin embargo, como creo que se reflejaba en los distintos artículos de aquel suplemento, y como abundaba Pedro G. Cuartango, en su lúcido artículo del 6 de enero sobre Elogio del pesimismo, la necesidad de luchar contra una realidad que no ignora el mal ni el dolor, pero que no lo considera nuestro único destino, y que apuesta por una acción racional e inteligente, es una valiente forma de sobrevivir ante la desesperanza. Un pesimismo natural o realista respecto a las dificultades y complejidad de las cosas protege del peligro de un optimismo irracional que Fernando Trias de Bes definió certeramente como «el síndrome del necio», del que tan abundantemente tenemos pruebas en esta famosa crisis y que puede resultar bastante peligroso. Pero encontrar el punto de equilibrio para no deslizarse hacia el conformismo y resignación del «esto no tiene arreglo» y esperar pasivamente que antes o después todo acabe -algo que no admite dudas, pues el final nos espera a todos- no es tarea fácil. No existen modelos únicos ni fórmulas dadas de una vez para siempre. Cada época y cada civilización, cada individuo y cada ciudadano buscan ese equilibrio, por definición inestable, e históricamente los vaivenes hacia un extremo u otro trazan las líneas de toda cultura.

En occidente, en el largo plazo, ha predominado desde luego la apuesta griega clásica por la acción y el conocimiento, que, asumiendo la base de un pesimismo antropológico -el mal, el dolor, la muerte son el destino de los humanos- pretende combatirlo a pesar de todo. El gran Spinoza en el siglo XVII, heredero tanto de la tradición clásica como de la herencia judeo-cristiana reforzadora de la apuesta, lo expresó de forma imperecedera: «… un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y toda su sabiduría es una meditación no de la muerte sino de la vida». La apuesta por la vida no siempre ha sido ni es fácil y la presencia del final ha prevalecido en épocas, culturas y religiones, por encima de la valoración de la vida, de ese valor incalculable individualizado que posee precisamente por su propia fragilidad y por la aventura de su misma incertidumbre. La desvalorización del mundo material, el desprecio por el cuerpo mortal y por los pobres seres humanos condenados a desaparecer se han erigido, en numerosas ocasiones de singular dureza, como opciones extremas que, bien bajo teodiceas extraterrenales (las recompensas, si las hay, en la otra vida), o mesiánico-milenaristas (un futuro utópico perfecto, para el que no importa sacrificar miles o millones de vidas concretas individuales), han encubierto el rechazo a la vida bajo grandes palabras y han legitimado la inhumanidad. O bien han buscado, más sabia y compasivamente, pero no menos resignado a veces, un camino «filosófico» de ascetismo y ausencia de deseos que evite en lo posible la decepción y los reveses de la vida, como epicúreos y estoicos de la época helenística, de distintas maneras, enseñaron a moralistas y pensadores occidentales que asimismo han conformado profundamente nuestra cultura.

Filosóficamente, se ha comparado muchas veces el mayor énfasis que las culturas orientales han dado siempre al quietismo y a la resignación, frente a la actividad occidental, pero también podemos encontrar asombrosas semejanzas, como ya señaló Huizinga, entre por ejemplo el sentimiento de lo asqueroso hindú, budista (asco por la vejez, la enfermedad, la muerte) y el de ciertas corrientes del cristianismo medieval. El miedo a la muerte se traduce en miedo a la vida: la negación de la belleza y de la dicha porque van unidos a dolores y tormentos. No viene mal recordar textos canónicos que perviven en el fondo de ese conglomerado heredado que conforman históricamente nuestras creencias y nuestras actitudes. «La belleza del cuerpo está sólo en la piel -recoge Huizinga de Odón de Cluny, en la tradición de San Juan Crisóstomo-. Pues si los hombres viesen lo que hay debajo de la piel… sentirían asco… Su lindeza (referida en este caso a las mujeres) consiste en mucosidad y sangre, en humedad y bilis. El que considera todo lo que está oculto en las fosas nasales y en la garganta, y en el vientre, encuentra por todas partes inmundicias. Y si no podemos tocar con las puntas de los dedos una mucosidad o un excremento, ¿cómo podemos sentir deseo de abrazar el odre mismo de los excrementos?». Compárese con este otro texto de los Upanishad en la India de las castas: «En este cuerpo maloliente e insustancial, que es un conglomerado de huesos, piel, músculos, tuétano, carne, semen, sangre, moco, lágrimas, catarro, heces, orina, aliento, bilis y flema, ¿de qué sirve satisfacer los deseos?… Y vemos que todo este mundo es decadencia… Entre otras cosas, está el desecamiento de los grandes océanos, el desgaste de picos montañosos, la desviación de la estrella polar fija… la sumersión de la tierra, el descenso de los seres celestiales de su rango. En esta especie de ciclo de existencias… ¿para qué satisfacer los deseos cuando, después de que un hombre se ha alimentado de ellos, se le ve repetidamente retornar a la tierra?». «¿Qué es, pues, el sufrimiento? -dice el sermón budista de Benarés-. Nacimiento es sufrimiento, vejez es sufrimiento, enfermedad es sufrimiento, estar unido a alguien en el desamor es sufrimiento, estar separado del amado es sufrimiento, no lograr lo que se desea y se aspira, también esto es sufrimiento».

Y, a pesar de todo, ni la más extrema ataraxia estoica, ni la impasibilidad que según se cuenta manifiesta Epicteto ante la quiebra de sus huesos por su amo, ni desde luego las máximas epicúreas para no temer ni el dolor ni la muerte, son comparables con la desesperación resignada de estos textos, aunque tengan aspectos comunes. Pues la ética de ascetismo y de serenidad y confianza de las escuelas helenísticas -ya bañadas en la tradición griega-, mantienen un sentido de la dignidad de lo humano y de una aceptación que siguen apostando por la acción, por una actitud activa incluso en la asunción de un destino y un mundo absurdo.

Esa pequeña o gran diferencia, esa brecha es la que marcaría la sutil diferencia entre la pregunta filosófica clave oriental u occidental, aunque ambas estén basadas en el mismo pesimismo antropológico y no se hagan ilusiones vanas: ¿Cómo soportar esta vida?, sería así la inquietud orientalizante, dirigida a evitar la decepción, el sufrimiento y, si es posible, lograr de alguna manera un nirvana o una anulación futura que sea verdadero final del ser y del sufrimiento. Mientras que la occidentalizante sería: ¿Cómo hacer frente a la muerte?, atreviéndose a responder que por el conocimiento, por un entusiasmo gnoseológico que creyó en una correspondencia entre lenguaje y mundo -quizás de origen indoeuropeo- e incitó a la acción. Un optimismo cognoscitivo que coexiste con el pesimismo, pero que, como decía Spinoza, piensa en términos de vida y no de muerte. Y la vida es algo abierto, impredecible, frente a la muerte cerrada, dogmática, fijada para siempre, que decía Fernando Savater. Es un pesimismo activo. La tentación del quietismo, del buenismo que cree en la armonía universal rozó de vez en cuando las convicciones filosóficas-vitales de nuestras culturas (el pelagianismo combatido por Agustín de Hipona); la sabiduría oriental clásica sigue mostrando uno de los caminos de la ataraxia («si el sabio acaba algo -escribió Confucio- está bien; si no acaba nada, también está bien: reconoce el destino»), así como el respeto y no manipulación del mundo y de los otros («no actúes -aconsejó reiteradamente Lao-Tseu-; he aprendido a comprender que querer conquistar el mundo por la acción es una tentativa condenada al fracaso… el mundo es un elemento espiritual cuyo manejo debe de estar prohibido… el que quiera hacer demasiado se expone a estropearlo todo…»), pero su prédica de la inacción («ejercitaos en la inacción y todo se pondrá en orden») no ha sido nunca la de nuestra cultura. Una cultura que, con sus disfunciones y sus costos enormes, ha cambiado el mundo y ha creado instituciones y esperanzas empíricas en una mejora de mujeres y hombres gracias a su propia fuerza y acción inteligente, gracias al ejercicio de su libertad. En esa ambivalencia entre el destino mortal y la elección inteligente y libre de su acción, radica, según Octavio Paz, el carácter trágico de lo humano y también su grandeza y dignidad.

Carmen Iglesias, miembro de las RR.AA Española y de la Historia y presidenta de Unidad Editorial.