Sobre el significado de la libertad

Libertad es una palabra llena de emoción y carente de sentido. «Trabajar hace libre», reza el lema que corona la puerta de Auschwitz. La perfecta libertad, según San Pablo, consiste en servir a Dios. «Al ser humano», insistió Rousseau, «hay que forzarle a ser libre». «¡Libertad!», gritó Don Giovanni, el personaje de Mozart, cuando lo que quería decir era libertad para sí mismo y sumisión para sus víctimas sexuales. Efectivamente, varios filósofos de la Ilustración confundieron libertad con libertinaje. «Libertad, libertad», se lamentó madame Roland, «¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!» Un colega mío, que aceptó una vez trabajar por la Fundación Libertad -la Liberty Fund, una institución estadounidense dedicada a mantener los supuestos principios de los fundadores de la república norteamericana de la época independentista- se halló rodeado de tantas reglas restrictivas y órdenes perentorias que tuvo que dimitir para conservar su propia independencia personal.

En EEUU, todos apuestan por la libertad sin saber lo que es, y a pesar de que no existe en absoluto acuerdo sobre lo que significa. El país, según la versión antigua del himno nacional, es «la dulce tierra de la libertad», y el «hogar de los libres» según la letra de la versión actual. O sea, la libertad es el valor supremo que caracteriza la historia entera de la república, casi el valor único que reúne a todo este pueblo compuesto de tantas etnias y naciones y religiones y razas diversas. Paradójicamente, la libertad es la cadena cuyos vínculos les sujetan. La palabra se empleó en el siglo XIX para justificar la esclavitud a favor de la libertad de los propietarios. En el siglo XX se desplegó de nuevo para reprimir a los sindicatos y perseguir a los comunistas. En gran parte, la lucha entre republicanos y demócratas en la actual campaña presidencial es un conflicto entre conceptos opuestos de libertad. Para los demócratas se trata de una libertad defensiva para colaborar en una sociedad de bienestar contra la pobreza y el sufrimiento, mientras que la libertad de los republicanos es agresiva, desenfrenando el capitalismo y el individualismo.

Existen dos palabras en el idioma inglés que significan libertad: liberty, de procedencia latina, y freedom, de origen germánica. Esa riqueza léxica es normal en una lengua que surgió del mestizaje lingüístico, mezclando el anglosajón de la gente indígena inglesa con el franco-normando de los conquistadores intrusos en la Edad Media. Pero las dos palabras no se distinguen en absoluto en la actualidad y en EEUU, los angloparlantes ni piensan en aprovechar la posible diferencia. En el sur del país hay dos instituciones educativas que por sus nombres parecen clavadas. Ambas son la Universidad de la Libertad, respectivamente Liberty University y Freedom University. Ambas adoptaron el nombre con el mismo motivo: para llamar al apoyo de los ciudadanos. Pero no podían ser más distintas. Liberty University es inmensa, dispone de un campus de miles de hectáreas en la campiña verde del estado de Virginia, con 12.000 estudiantes internos y unos 80.000 más por internet. En Freedom University, mientras tanto, un puñado de alumnos estudia con media docena de profesores en un cuarto trasero y pequeño en una urbanización de Athens, Georgia. Liberty University cobra unos 28.000 dólares al año a sus estudiantes. En Freedom las clases son gratuitas. Liberty acoge a visitantes potentes y millonarios, recientemente a Mitt Romney. Freedom University se esconde bajo una dirección secreta por temor a la policía: los alumnos serían arrestados por ser hijos de inmigrantes irregulares o ilegales.

Para comprender esa situación hay que contar con la crueldad que sufren los indocumentados en algunos estados del sur de país, donde los parlamentos han respondido a la crisis económica echando la culpa a los inmigrantes y excluyendo de las universidades a sus hijos, que por supuesto llegaron de niños y no son culpables de las infracciones de sus padres. En el estado de Georgia todavía no existe tal ley, pero el sistema universitario estatal está dirigido por un Board of Regents -o junta de regentes – que no se eligen democráticamente ni se seleccionan por sus méritos, sino que son nombrados por el gobernador entre sus propios seguidores y amiguetes políticos. Su comportamiento al mando del sistema universitario se determina más por motivos políticos que por principios educativos. La exclusión de jóvenes pobres es una regla impuesta por la junta. El ingreso en la Universidad de Georgia es competitiva, pero ni las mejores notas sirven para que un joven consiga ser admitido si le falta un papel de los que se niegan a gente que viene al país sin cumplir con todas las exigencias burocráticas. El profesorado no puede sino conformarse con lo que mandan los regentes.

Algunos profesores indignados establecieron la Freedom University el año pasado para educar a las víctimas y para que consigan becas para ingresar en universidades privadas, que quedan fuera del mando de los regentes. Cabe destacar que ninguno de éstos parece reunir los requisitos necesarios para dirigir una universidad. Todos estudiaron Empresariales, menos uno que es abogado al servicio de grandes empresas, y otro que es médico rico de los ricos. Hay un negro y una mujer: los demás son hombres blancos, ninguno con apellidos hispanos.

Así que Freedom University encarna una libertad auténtica: la libertad para desarrollar el talento, mejorar de vida, disponer de oportunidades igualitarias y respetar la dignidad humana. O sea, como comenta un estudiante en el sitio web de la universidad, «la libertad de pensar en lugar de la necesidad de obedecer». Curiosamente, Liberty University, a pesar de sus miles de hectáreas y estudiantes y sus millones de dólares, no respeta ninguna libertad de ese tipo: al contrario, intenta explícitamente suprimir toda inteligencia crítica y razonable. Esta organización, que no me parece digna del nombre de libertad ni de universidad, se fundó en 1971 por el notorio predicante evangélico Jerry Falwell. Hasta su muerte en 2007, cuando su hijo le sucedió como rector de su universidad, las provocaciones de ese señor llamaban la atención del país entero. Declaró que el sida era la venganza de Dios, que Mahoma era un terrorista, y que el Anticristo «por supuesto será judío».

Liberty University mantiene la tradición de su fundador. Según reza su propio sitio web, las bases de la doctrina que allí se enseña son «la inerrancia de la Biblia, la creencia en el creacionismo según la Biblia, la creencia escatológica, la dedicación fuerte al conservadurismo político, el rechazo total del socialismo y el apoyo firme al sistema económico americano de capitalismo descontrolado». En el departamento de Biología se rechaza la evolución. En el de Historia imparten «una visión bíblica del mundo». Es decir: las clases comunican falsedades científicas y posturas partidarias. En esa universidad de la libertad los alumnos no disponen de libertad ninguna: no se les permite organizar eventos en apoyo al socialismo, ni a los gays, ni a ninguna postura condenada por los dogmatismos falwelistas. Se les exige su presencia a actos evangélicos tres veces a la semana. No se les educa, sino que se les adoctrina. El único sentido en que Liberty University parece nutrir la libertad es el de la libertad de abusar de la palabra. A pesar de esta serie casi increíble de barbaridades y ofensas al concepto más básico de lo que es la educación, Liberty viene acreditada como universidad por el organismo responsable en esa zona del país. Freedom University, por supuesto, no dispone de ninguna acreditación, ni de ningún apoyo oficial.

Libertad es un concepto al gusto, que se altera según la óptica del espectador. ¿Se hace tarde, ya, para reivindicar el significado auténtico de la palabra? Tal vez, pero por repugnancia hacia Liberty University ya no me apetece seguir hablando de liberty. Por respeto a Freedom University me limitaré, para hoy en adelante, a hablar de freedom para intentar expresar la esencia de lo que, sin abusos, deberíamos llamar libertad.

Felipe Fernández Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana).

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