Sobre himnos y letras

Por Jon Juaristi (ABC, 13/06/07):

Javier Rioyo ha contado en El País algunas circunstancias de la tentativa, auspiciada por el presidente Aznar, de componer una letra para el himno nacional español. Creo que debo aportar mi versión de los hechos, que no coincide exactamente con la suya ni con otras, también de tercera mano, que corren por ahí. No se trataba de imponer un texto incuestionable, como se ha llegado a afirmar, sino de elaborar una propuesta que pudiera ser objeto de debate parlamentario. Fuimos convocados para ello, por Luis Alberto de Cuenca (a la sazón Secretario de Estado de Cultura), José Jiménez Lozano, Joan Margarit, Abelardo Linares, Ramiro Fonte y quien esto escribe. Una selección, a mi juicio, bastante defendible. Había en ella, por una parte, suficiente pluralidad ideológica y, por otra, una aceptable representación de la diversidad territorial y cultural de España: dos castellanos, un catalán, un andaluz, un gallego y un vasco. Sin duda, habría podido ser más amplia y dar cabida a más opciones, pero eso habría dificultado la tarea, que, a pesar de una considerable afinidad en nuestras poéticas personales, se reveló enseguida como harto complicada.

En la primera reunión, se descolgaron del equipo —por motivos distintos— Jiménez Lozano y Margarit. No voy a desvelar aquí las razones que uno y otro adujeron, muy dignas de respeto. Los restantes, tras una breve discusión, decidimos seguir adelante con el proyecto y nos pusimos de acuerdo sobre algunos criterios generales. El texto debía ser breve, fácil de memorizar y traducir, con un léxico sencillo, sin acentos bélicos y con tres ideas básicas: la proyección universal de España, su destino europeo y la exaltación de la Libertad. Meses después nos volvimos a reunir los cuatro sobrevivientes (Luis Alberto, Abelardo, Ramiro y yo) y, de entre todos los textos producidos, escogimos el siguiente:

HIMNO NACIONAL
Canta, España,
Y al viento de los pueblos lanza tu cantar:
Hora es de recordar
Que alas de lino
Te abrieron camino
De un confín al otro del inmenso mar.
Patria mía
Que guardas la alegría de la antigua edad:
Florezca en tu heredad,
Al sol de Europa
Alzada la copa,
El árbol sagrado de la Libertad.

Nos pareció que, además de cumplir los requisitos mencionados, abundaba, dentro de su brevedad, en referencias a la tradición poética hispánica de todos los tiempos. El «viento de los pueblos» recogía el eco del «viento del pueblo», de Miguel Hernández. Se hablaba de «cantar» y no de «canción», lo que resultaba muy ajustado a un uso español que ya reconocía como tal Ezra Pound al encomiar la traducción de sus Cantos por Cantares en la versión del tapatío José Vázquez Amaral, y que llega desde la antigua épica castellana hasta don Antonio Machado. Las «alas de lino» son una metáfora homérica por las velas de las naves aqueas, de la que se apropió Ramón de Basterra, dándole un sentido bastante similar al que tiene en nuestro texto. Lo de abrir camino remite también a Machado, y en el último verso de la primera estrofa se refunden dos inolvidables —«en todo el mar conocido / del uno al otro confín»— de la Canción del pirata, de Espronceda.

La segunda estrofa es un brindis inspirado en Rubén que juega con la polisemia de la palabra «copa» y, por supuesto, con todas las connotaciones positivas de términos como «sol» y «alegría». Quizá el árbol de la Libertad no sea una imagen simbólica de gran arraigo en España. Lo es en la cultura liberal europea y, para ser del todo sincero, fue una concesión de última hora que mis amigos poetas hicieron a mi empecinamiento en meter el Árbol de Guernica por alguna parte, como homenaje al bardo Iparraguirre, que estrenó su himno al roble de las libertades vascas en el café madrileño de la Red de San Luis. Como tal establecimiento ya no existe (y aunque ninguno de los cuatro cobró un solo euro por su labor), nos premiamos con un almuerzo en Lhardy, el más castizamente liberal y decimonónico que encontramos en el Madrid de Gallardón, y nos sentimos por algunos momentos como Hegel, Schelling, Schiller y Hölderlin después de plantar el arbolito en Tubinga, y no, en modo alguno, como Sánchez Mazas, Foxá, Ridruejo y Primo de Rivera tras componer el Cara al sol, aunque ninguno de estos cuatro fue un literato desdeñable.

En fin, a los postres firmamos el texto y lo enviamos a José María Aznar, con la melancólica certeza de la inutilidad de nuestro esfuerzo. No estaba el patio para consensos poéticos. En cualquier caso, no lo pasamos mal revisando las letras anteriores (la de Pemán, la mucho más flojita de Marquina, las numerosas contrahechuras a lo divino de monseñor Zacarías Vizcarra) y las de los himnos nacionales de las repúblicas hermanas de Hispanoamérica (confieso mi preferencia por el bolerazo positivista colombiano de Rafael Núñez —«¡Oh, gloria inmarcesible! ¡Oh, júbilo inmortal! En campos de dolores el Bien germina ya»— y por el mexicano —«Ciña, oh, Patria, tus sienes de oliva de la paz el arcángel divino, que en el cielo tu eterno destino por el dedo de Dios se escribió»—, que siempre he entonado con emoción). Quizá, en efecto, la solución sea encargar unos gorgoritos deportivos a una empresa de publicidad, sin tanta Libertad, ni tanta tradición literaria ni tanto niño muerto. Y que lo cante su padre. Yo, a falta de otro mejor, seguiré con el de México lindo y querido: «¡Mexicanos, al grito de guerra / el acero empuñad y el bridón, / y resuene en su centro la tierra / al sonoro rugir del cañón!».

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Artículo al que se hace referencia: Vuelve el himno. Por Javier Rioyo en El País (10/06/07):

Para algunos, los himnos nunca se habían ido. Unos lo cantan con la letra franquista. Otros cantamos por el de Riego. Y algunos, pocos a estas alturas de nuestros olvidos, de nuestra voluntad de desmemoria, cantan el Cara al sol. Y la gran mayoría lo canta con el “chunda, chunda, tachunda, chunda, chunda…”, y así hasta el final. Decía el ahora proustianamente rescatado Llorenc Villalonga que de las cosas de la guerra “es mejor no hablar, aunque quizá sea peor olvidar”. Entonces tendremos que hablar, tendremos que volver a esos lugares comunes. A mis admirados expertos en vanguardias, himnos, estetas y falangistas varios, Andrés Trapiello y Juan Manuel Bonet, les gusta una frase de Unamuno: “Repensar los lugares comunes es el mejor modo de librarse de su maleficio”. Excelente propuesta, pero no vale con los himnos. No podemos repensar un himno. Ese himno, todos los himnos españoles hace tiempo que no son lugares comunes. Los himnos, o son históricos, o no son. Al himno español no hay quien le ponga letra. No estamos para himnos. Ya sé que a los cardenales primados, a los miembros del Comité Olímpico y a gran parte del españolismo de derechas -hay otro españolismo- les va la marcha, les van los himnos. También comprendo que Moratinos le pusiera pasión si se acierta con una letra de consenso: el cargo tiene esas músicas. Pero repensar el himno no es fácil, y además es imposible.

Hubo un tiempo en que los poetas, aquellos jóvenes que fueron de la vanguardia al correaje, del fascismo a la disidencia o al silencio, se reunían en un café y hacían un himno. Dicen que fue en el desaparecido restaurante Or-Kon-Pon, en Madrid, en sus bajos y un día de diciembre de 1935, convocados por el jefe, José Antonio, se dieron cita unos cuantos poetas para componer el himno a la Falange. Allí estuvieron Dionisio Ridruejo -nada que ver con el Ridruejo que ahora rescata Jordi Gracia, ¿o sí?-, Mourlane Michelena, José María Alfaro, Agustín de Foxá, Rafael Sánchez Mazas y Jacinto Miquelarena, ¡qué país, Miquelarena! Ellos sí fueron capaces de hacer la letra del himno, estaban en lo mismo, se lo creían, eran unos convencidos de aquello de “volverán banderas victoriosas / al paso alegre de la paz”. Llamaron a la guerra, la hicieron, con sus himnos, sus pistolas, sus montañas nevadas, sus camisas nuevas o viejas, para llamar paz a eso que vino después. A esos tiempos en que los himnos eran una imposición desde los patios de colegio hasta los cines de sesión continua. De los cines no me acuerdo. De los colegios y otras rutas poco imperiales, perfectamente.

No quiero cantar himnos ni aunque vengan de la mano de poetas que me gustan. No ha sido Jon Juaristi el que “desveló” el secreto del himno nacional que se intentó en pleno aznarismo. Antes que Juaristi, algunos lo contamos. No puede ser una revelación lo que ya había sido desvelado. Por refrescar memorias, volveremos a contarlo. Un himno quiere ser un lugar común. Muchos himnos, en muchos países lo han conseguido. Nosotros somos un poco, bastante más complicados. Y además hablamos en cuatro lenguas. Feliz o infelizmente hace mucho que no tenemos una sola lengua. No somos imperio. No fue posible el himno. Lo sé porque me lo contó uno de los invitados al intento de un nuevo himno español, el poeta catalán Joan Margarit. Otro poeta amigo, entonces alto cargo del Ministerio de Cultura, Luis Alberto de Cuenca, reconocido autor de canciones, casi himnos de “la movida”, convocó a sus elegidos para una comida en La Moncloa y en presencia del “jefe”, José María, no confundir con José Antonio. Allí leerían los versos de cada uno, las estrofas ya escritas y su posible engarce en un nuevo himno de la España democrática y aznarí. Me consta que De Cuenca tuvo la mejor intención. Y una visión poética de España abierta, plural y multicultural. Así, con criterios de buen gusto poético y estético, habían sido convocados, además del citado Margarit, por Cataluña; Ramiro Fontes, por Galicia; Jon Juaristi, por el País Vasco; Abelardo Linares, por Andalucía; Jiménez Lozano, por Castilla, y me imagino que Luis Alberto de Cuenca por el resto de España, y por el Real Madrid. Pues nada, que no salió el himno. Dicen que había buenas estrofas y que la letra era de mucho consenso. Que hablaba de libertad y que no tenía nada que ver con aquel espíritu de los poetas falangistas ni de los versos de Pemán. De eso, conociendo, leyendo a los convocados, estamos seguros. Pero no pudo ser. Las estrofas catalanas de Margarit no enlazaban con las castellanas, las palabras de Fontes no gustaban al jefe, y no sé cuántas pegas más. Así pasaron la tarde, se fueron sin cantar, y no hubo himno.

¿Y ahora quieren que vuelva el himno? ¿Con qué poetas? ¿Con qué patriotas? Me parece que yo no cantaré ese himno. Casi ya no canto ni el mío, el adoptado quiero decir. Lo que no me resta seguir considerándome fatalmente español. Y si se trata de cantar en las celebraciones, los éxitos deportivos o los logros internacionales, ¿no deberíamos volver al Asturias patria querida? Joaquín Estefanía, en su Historia económica de España, asegura que fue el himno que se cantó cuando nos hicimos europeos. Es festivo, reconocible, tiene letra, música y sidra.