Sobre la consulta y sobre ETA (I)

Por Pedro Ibarra, José Manuel Castells, Baleren Bakaikoa y Jon Gurutz Olaskoaga (EL CORREO DIGITAL, 09/10/07):

La consulta que en un futuro planteará el Gobierno vasco versará entre otras cosas, y expresa o implícitamente, sobre la capacidad política decisoria de la sociedad vasca. Algo así como si la comunidad vasca tiene capacidad y derecho a decidir sin restricciones previas sobre su autogobierno y, en este sentido, establecer las relaciones políticas que considere adecuadas con el Estado nación español.

Voces provenientes de diversos ámbitos políticos se opusieron, se oponen y se opondrán a la consulta mientras, nos dicen esas voces, ETA siga actuando; o mientras ETA siga existiendo, aunque no siga actuando (esta diferencia nunca queda demasiado clara entre los diversos opositores).

Uno de los argumentos clásicos de tal oposición consiste en afirmar que la amenaza de ETA coloca en situación de desigualdad a los políticos y ciudadanos contrarios a la consulta. Así, entienden que en un eventual escenario de consulta los políticos contrarios a la misma, por miedo a ETA, no harán propaganda en contra de su celebración, o en contra de la pregunta/propuesta que se formule en la misma, y que, por las mismas razones de temor, los electores no se atreverán a votar contra la pregunta o no se atreverán a acudir a la convocatoria.

Creemos que el argumento no se sostiene en la práctica. Es evidente que todos y cada uno de los actores políticos que estén en contra de legitimar, mediante un referéndum, esa capacidad soberana (llamémosla así) de la comunidad vasca, se opondrán a la celebración del mismo y a su pregunta, sea cual sea la situación -dormida, disuelta, liquidada, etcétera- de ETA. La exposición pública de su oposición no va a variar nada en contenidos, extensión, intensidad, dependiendo de ese contexto violento o no violento. También resulta obvio, por lo que hace referencia ahora al contenido, que un partido político no va a cambiar su posición respecto a su consigna de voto (a favor o en contra de esa capacidad decisoria) dependiendo de que ETA esté o no activa. Y finalmente, aún resulta más evidente que ningún ciudadano va a cambiar su voto o no voto en virtud de sentirse o no amenazado.

Así son las cosas. Y así lo son porque desde hace ya bastantes años los partidos políticos y la gran mayoría de la sociedad vasca, al margen de las distintas intensidades con las que manifiestan su rechazo a la violencia de ETA, comparten el mismo diagnóstico político sobre ETA. ETA no tiene ya ninguna legitimidad política. No es un actor político. Lo que supone que no se otorgan consecuencias políticas a sus acciones. Lo que supone que los partidos políticos, como resultado de la presión violenta de ETA, ni cambian ni van a cambiar, en el sentido que sea, su discurso político, su estrategia política, sus alianzas políticas.

Los partidos políticos fijan posiciones políticas, proponen mayores o menores cambios en el marco de autogobierno y consideran o practican alianzas políticas. Y desde hace ya bastantes años, la amenaza latente o activa de ETA no está en estas posiciones, cambios y prácticas. ETA ya no está en el escenario político.

El segundo argumento en favor de la suspensión de la consulta mientras ETA siga activa es más ‘político’. Ya no es cuestión de que, por causa del miedo, políticos y ciudadanos no expresen su verdadera opinión o intención de voto. Ahora, se nos dice, las gentes votarán en favor de lo que se les pregunte en la consulta no porque crean que existe esa capacidad decisoria en el pueblo vasco, sino porque votando afirmativamente ‘contentan’ a ETA y así ETA dejará de matar. ETA interpretará el voto como un reconocimiento a su razón, a sus razones políticas; y en consecuencia abandonará la violencia.

Veamos. En primer lugar, ¿de dónde se deduce que ETA es partidaria de una consulta así planteada? Lo más probable es que en un próximo futuro ETA siga instalada en su arrogante ignorancia, en su narcisismo alimentado por la omnipotencia vivida en la convicción de ser los elegidos para disponer de la vida de los otros. O sea que, de consulta, nada. Sólo les vale la victoria total. Aunque también puede ocurrir que les guste la idea del referéndum, o que no les guste pero no se opongan. Todas estas opciones abren a su vez todo un amplio abanico de posibles conexiones con las respuestas de lo ciudadanos. Algunos, si ETA rechaza el referéndum, votarán a favor del mismo. Simplemente por hacer lo contrario de lo que ETA propugna. Otros, aunque ETA esté en contra, votarán favor pero en este caso porque creen que un resultado positivo en la consulta puede hacer a ETA reconsiderar sus posiciones violentas. Otros, si ETA apoya el referéndum, votarán en contra precisamente para oponerse a ella. Otros, sin embargo y como se apuntaba, votarán afirmativamente, por ver si así, dándoles las razón, lo dejan todo de una vez. Y así sucesivamente podríamos desarrollar un largo rosario de combinaciones posibles.

Sin embargo, todas ellas comparten un mismo criterio. La posición de ETA frente a la consulta es un dato a tener en cuenta a la hora de votar. Pero no es ‘el’ dato político determinante. Ni de lejos. A la inmensa mayoría de la población le resulta indiferente el proyecto político de ETA. Considera que no tiene nada que decir en política. En consecuencia, en una consulta, ETA opera como un dato de coyuntura, ajeno a los ejes centrales del proyecto/propuesta de transformación política que se pone en marcha en tal consulta. A la hora de valorar lo que supone para una comunidad política el que ésta tenga más o menos capacidad decisoria o más o menos autogobierno, al ciudadano votante le importan muy poco las exigencias políticas de ETA

ETA opera así como un dato más de la coyuntura, del contexto. En un escenario de consulta (o, sin más, en cualquier escenario electoral) pueden influir una serie de circunstancias en el voto. Así la situación económica del país, la seguridad ciudadana, el que el voto favorezca o perjudique a políticos amigos o enemigos o a grupos violentos de toda laya (de izquierdas, de derechas, nacionalistas), la situación personal -laboral, familiar- del votante, etcétera. Suponemos que a estas alturas a nadie se le ocurrirá pensar que existen procesos político/decisorios ‘puros’, desvinculados. Todos se llevan a cabo dentro de las miserias, de la constricciones, de las angustias, de los temores individuales y colectivos. El problema se da cuando alguno de estos contextos, de estas vinculaciones, impide o entender las propuestas centrales sometidas a decisión, o tomar una posición priorizando tales propuestas. Estamos seguros de que en el supuesto en cuestión -la futura consulta- la presión de los contextos es la habitual y desde luego el concreto contexto/coyuntura de la violencia de ETA es y será uno de los menos influyentes.

Leer la segunda parte del artículo.