Sobre la cultura

Ahora que se nos ha ido del Gobierno el señor Wert –el Diablo lo tenga en su Gloria– reparo en que en las unánimes críticas a su figura se ignora a medias, con frecuencia, un hecho: que no sólo fue ministro de Educación y Deportes, sino también de Cultura. Pero afino el ojo y miro, por ejemplo, la composición del Ejecutivo madrileño de Cristina Cifuentes: la cultura no figura en ninguna de sus siete áreas o consejerías, aunque sí están el deporte y la juventud. Ítem más: al leer la composición del grupo de expertos o «gabinete en la sombra» del socialista Pedro Sánchez, leo en los periódicos que Gabilondo va a ser responsable de Educación, pero noto un «lapsus» en algunos diarios: le dejan simplemente como responsable de Educación, cuando también lo es de Cultura. Y en fin, cabe anotar una notoria excepción: el Ayuntamiento de Madrid, que nombró como concejal de Cultura a una persona experta en prótesis y en hornos crematorios, en cuyos «twits» no encontramos alusión alguna a madrileños como Lope, Cervantes o Quevedo, por poner algunos ejemplos. Cuando le dimitieron, nadie se preguntó si el tal Zapata había leído el Quijote. Sus defensores de última hora dijeron que era un luchador; pero olvidaron que también, a lo largo de la historia, lucharon con brío huestes de líderes totalitarios.

Quiere decirse que, en nuestro país, la mayoría de los políticos ignoran la cultura, o la desdeñan, o la mancillan. Cuando se habla del extinto Wert, la legión de sus críticos destaca sus esfuerzos por privatizar la enseñanza, por meapilizar los planes de estudios, por recortar las becas universitarias, por enfrentarse a maestros, estudiantes y padres de alumnos. Pero se destacan menos su empeño por ahogar el cine, desprestigiar la escritura, ridiculizar el teatro, callar la música y hacer la vista gorda con los piratas de la informática. Es tal su demérito que, enfrente, ni siquiera los obispos amigos del trabuco y el catecismo, como Rouco, ni sus compinches los saqueadores culturales se han atrevido a dejar un ramillete de flores en su recuerdo. Además, no creo que haya un solo poeta lírico que escriba un verso en loor de este hombre que ha dejado un ministerio por amor, corriendo tras su pareja cuando esta se iba a París, como el hermano mudo de los Marx. Bien…, esa es la versión oficial, porque también se sospecha que pueda haber sido atacado por un fenómeno de miedo al mar que afecta a cierto tipo de mamíferos cuando el barco parece que podría naufragar. Algo habrá cuando el presidente Rajoy no le ha premiado por ahora con el puesto que le solicitaba en la OCDE.

Pero este ministro chuleta con trazas de ratón vaquero no es más que un ejemplo, el último, del desdén de la política hacia la cultura. Es cierto que nadie está obligado a leer una novela de Quevedo, a disfrutar la música de Falla, a admirar un cuadro de Velázquez, a recitar un poema de Lorca, o a emocionarse ante una escultura de Picasso. Y sin embargo, la cultura no sólo educa a los pueblos y los hace disfrutar de la belleza, o temblar ante la inquietud que provoca un mal sueño, o reflexionar sobre el absurdo de la muerte. La cultura es también la gran seña de identidad de un pueblo, mucho más que su bandera. Cuando viajo mundo adelante, no encuentro a nadie que me pregunte por los colores de mi enseña nacional, si acaso afirman con admiración los méritos de «la roja», que es una camiseta. Y es mucha la gente que me habla de don Quijote.

De ahí mi extrañeza cuando los gobiernos y sus adversarios ponen la preocupación por la cultura detrás de la enseñanza. Y me pregunto: ¿de qué se nutre la enseñanza?, ¿qué es lo que hay que enseñar…? Primero debemos aprender a leer y a escribir, que es la forma inventada por el hombre para la transmisión del saber. Y más tarde tenemos que asimilar normas de comportamiento, principios éticos, que son producto de la reflexión de los sabios a lo largo de la historia. Después, aprendemos ciencias y letras, territorios de cultura que nos han ayudado a salir de las cavernas. En fin, nuestra enseñanza, nuestro aprendizaje, nacen del saber, y es de cajón que, a la hora de acordar una ley de educación que respeten todos los partidos, hay que ponerse de acuerdo en la necesidad de fortalecer nuestro patrimonio cultural. Países como Francia, Inglaterra y EE.UU. lo han entendido. Y el respeto y promoción de sus culturas han impulsado una industria que deja buenos dividendos a las arcas estatales. Creo que, antes que un Ministerio de Educación y Cultura para el ramo, habría que llamarlo de Cultura y Educación.

Wert ha sido el último ejemplo de desdén, y su política, debiendo estar dirigida a la reafirmación de un legado inmenso, ha tenido más bien una intención de exterminio. Lo malo es que nos tememos que no será el último de los genocidas culturales. Y que el suyo no ha sido el único partido en dar la espalda a nuestra capacidad de creación y a nuestra inventiva.

A la postre, hacer una política cultural es una tarea muy sencilla. Se trata, simplemente, de proteger a los artistas y facilitarles su trabajo; de ampliar los fondos de las bibliotecas públicas; de valorar el papel de los museos, de poner en marcha políticas fiscales que defiendan la creación; de alentar foros públicos donde los creadores puedan exhibir sus saberes; de potenciar la música; de acercar los sabios a la escuela; de perseguir sin tregua a los piratas informáticos.

Porque un pirata cultural no es sólo el que «se baja» libros, películas o música, sino también su gran cómplice: el político que entiende la cultura tan sólo como una afición o un entretenimiento. O peor aún: quienes consideran que los artistas son una suerte de bufones al servicio del gozo de los reyes en sus horas de asueto.

Javier Reverte, escritor.

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