Sobre la justicia y el perdón

Algo nos pasa cuando cada vez que aparece la palabra perdón en el debate público se monta un circo. Parece que la izquierda perdona siempre contra alguien, y la derecha contra todo. EH Bildu perdona contra las víctimas del terrorismo, Pedro Sánchez contra los constitucionalistas y Andrés Manuel López Obrador contra España, mientras que a muchos en la derecha les parece que el perdón va contra la lógica jurídica y política. El perdón ha pasado a ser algo a la contra: contra unos, contra otros y contra todos, y deja más víctimas por el camino que el mal que se pretendía perdonar. Es absurdo. Lo que era la solución, ahora es el problema.

En estos días, la pregunta sobre la realidad política del perdón ha vuelto a la escena con fuerza. Por un lado, las declaraciones del papa Francisco pidiendo perdón por “los pecados personales y sociales, por todas las acciones u omisiones que no contribuyeron a la evangelización” y, por otro lado, el estreno de la película Maixabel, el testimonio de una víctima de ETA que perdona al terrorista.

Ambos perdones han sido acogidos con entusiasmo por algunos políticos de izquierdas como legitimación de su causa. En Méjico, el populista Andrés Manuel López Obrador lo ha querido vender como un apoyo a sus reivindicaciones contra el Vaticano y España. En nuestro país, EH Bildu ha declarado que “ese es el camino a seguir por las víctimas, esa es la actitud constructiva y respetuosa que se espera de ellas”, lo que ha merecido una severa corrección bien expuesta por Guillermo Gómez-Ferrer en EL ESPAÑOL.

En su tribuna del 6 de octubre, Gómez Ferrer señalaba la perversión de convertir el gesto gratuito del perdón en una actitud obligatoria y ejemplar. En su espuria interpretación del testimonio de Maixabel, los voceros de EH Bildu convierten a la víctima en la responsable de la reconciliación, como si ella no fuese la que diese el perdón, sino la que lo pidiese. Las víctimas no tienen que pedir perdón. Tampoco tienen que darlo, porque el perdón no es obligatorio, y los que sí que deben reconocer el daño causado y asumir las consecuencias son los que lo han infligido.

La reacción de los que se consideran portavoces de los perdonados, López Obrador y EH Bildu ahora, y los nacionalistas catalanes un poco antes, es tan deshonesta, capciosa y retorcida, que nos hace ser comprensivos con las respuestas exageradas de los que se sienten ofendidos. Ni España ni el Vaticano tienen la culpa histórica que pretenden atribuirles los populistas americanos, ni las víctimas del terrorismo son las causantes de la violencia terrorista. Había que decirlo, se ha dicho, y nos parece bien.

Pero aquí, como en toda pelea, hay alguien que, gane quien gane, sale perdiendo. Y el que hoy pierde sin remedio es el perdón. Cada vez que asoma la cabeza en la política, se la vuelan. Algunos piensan que quizá lo mejor es que se quede dentro de la trinchera, porque entre fuego y plomo no tiene nada que hacer.

Yo afirmo con toda la contundencia que me permiten las palabras que el perdón sí es una categoría jurídica y, si de política se trata, entonces me atrevo a asegurar que es la categoría fundamental (de fundamento: raíz, principio y origen) y, por tanto, maldigo toda ocasión que sirva para relegarlo a la esfera íntima de la conciencia subjetiva.

Todo daño pide una restitución, de ahí que la restitutio fuese una acción privilegiada por el derecho romano. El orden no soporta el mal, y la balanza de la justicia, siempre desequilibrada por las acciones humanas, lucha constantemente para que su fiel vuelva al punto de equilibrio. Los préstamos hay que devolverlos, las deudas hay que saldarlas y las pérdidas hay que compensarlas. De eso también se encarga la justicia, que para eso es ciega y deja caer su espada impenitente sobre cualquiera que se atreva a desequilibrarla, sin atender a acepciones de amigos, familiares o personas en general.

Y digo que también se encarga de eso, porque no sólo se encarga de eso. La sabiduría medieval se ocupó mucho de distinguir entre distintas formas de justicia para no descuidar un aspecto esencial que hoy se nos vuelve a olvidar: la justicia sin caridad es insoportable. Hay un tipo de justicia, tan canija y tan a la medida humana, que por sí sola es incapaz de conseguir el orden que desea.

Alegoría sobre el buen gobierno, de Ambrogio Lorenzetti.
Alegoría sobre el buen gobierno, de Ambrogio Lorenzetti.

No en vano Ambrogio Lorenzetti la representó en un extremo de su Alegoría sobre el buen gobierno (S. XIV), que hoy puede verse en el Ayuntamiento de Siena. A la otra justicia, la que se nos olvida, la representó grande y hermosa, sentada en su trono. Lo más llamativo es que no es ella la que sujeta la balanza, como acostumbramos a verlo representado, sino que sobre su trono revolotea la sabiduría, y es ella la que la sostiene con un delicado hilo. ¡Un hilo! La justicia pende de un hilo, y lo sujeta la sabiduría porque la justicia no se sostiene por sí sola.

Qué noble es desear la justicia, pero qué traición le hacemos si pensamos que ella se sostiene por sí sola. Shakespeare lo dijo en El mercader de Venecia dos siglos más tarde: las leyes de la ciudad viven gracias a la caridad. También dijo que la caridad se implora, pero no se exige.

Y aquí llegamos al quid de la cuestión. Lo más necesario para la supervivencia del sistema ni pertenece al sistema, ni se puede exigir. Es necesario, pero no exigible. Hoy unos afirman que es necesario, y por tanto exigible, y otros que, puesto que no es exigible, no es necesario. Y así nos va.

¿Qué dijo también el papa en la misma declaración y a lo que apenas se ha prestado atención? Que “no evocamos los dolores del pasado para quedarnos ahí, sino para aprender de ellos y seguir dando pasos, vistas a sanar las heridas, a cultivar un diálogo abierto y respetuoso entre las diferencias, y a construir la tan anhelada fraternidad, priorizando el bien común por encima de los intereses particulares, las tensiones y los conflictos”. Es decir, que sin perdón no hay bien común.

¿Qué nos dicen Maixabel y la justicia restaurativa? Que hay una desproporción de tal magnitud entre el mal sufrido/cometido y la imposibilidad de una restitución, que hace falta algo igualmente extraordinario para restablecer el orden. Ese algo que viene a llenar el inmenso vacío que deja el mal se llama perdón, y es tan gratuito como necesario. La insuficiencia de la justicia necesita la magnanimidad del perdón. Esto es así y, como decían los clásicos, en un orden político en el que sólo hubiese justicia particular, la vida sería un infierno.

La caridad es tan necesaria como gratuita y hoy, que vemos cómo el perdón es expulsado sistemáticamente de la esfera pública, es buen momento para recordarlo.

Armando Zerolo es profesor de Filosofía Política y del Derecho en la USP-CEU.

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