Sobre la paz, el diálogo y el Imperio… Austrohúngaro

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 04/02/07):

El presidente Zapatero hizo gala el jueves de su apego por la democracia deliberativa al aprovechar el acto organizado por nuestra revista ‘La Aventura de la Historia’, con motivo de la publicación de su número 100, para pronunciar el que tal vez sea su discurso más elaborado y concreto sobre su idea de la identidad histórica de España y su visión de cómo fortalecerla como nación. En la medida en que su extensa intervención trataba de responder a algunas de las críticas de fondo planteadas domingo tras domingo en estas páginas y a las propias objeciones que con toda claridad incluí en las palabras que pronuncié durante el acto, me parece de justicia pedir a los lectores que cotejen este texto, leído en su presencia, con su propia exposición, disponible a través de nuestra página web en su versión íntegra. Confío en que después de hacerlo sigan compartiendo mis graves disconformidades pero no dejen de valorar el sentido enriquecedor del debate.

Excelentísimo señor presidente del Gobierno, excelentísimas autoridades, señoras y señores:

El pasado fin de semana asistí con mis hijos en un teatro de Londres a una impecable representación de Antonio y Cleopatra a cargo de la Royal Shakespeare Company. En medio del drama que se había ido engendrando en los primeros tres actos y que estaba a punto de desencadenarse con el suicidio de Antonio en el cuarto, sólo una frase despertó la risa inteligente del público cuando el actor que interpretaba el papel de Octavio César la pronunció con intencionalidad enfática: «La hora de la paz universal se acerca». Tal vez en la memoria histórica del público británico aún resonara el eco de un exultante Neville Chamberlain cuando regresó de Múnich, blandiendo, lo que él pensaba que era su gran logro, en la punta del paraguas: «Peace for our time».

Desde que la Humanidad conserva el recuerdo de sí misma, esta palabra mítica -Paz- ha resumido el principal anhelo de los gobernados y la constante promesa de los gobernantes. Es la Historia la que, sin embargo, se ha empeñado en demostrarnos cuán equívoco, ambiguo y evanescente es ese concepto. Todos anhelamos la paz, de igual forma que todos perseguimos la felicidad, pero la discrepancia surge a la hora de definirla y sobre todo a la hora de ponerse de acuerdo sobre lo que se debe entregar a cambio de conseguirla.

La mejor prueba no sólo de que no hay nada nuevo bajo el sol sino de que nuestro mundo es una noria de radio bastante reducido -y no demasiados burros- es que muchos de los aquí presentes también lo estábamos aquella tarde de noviembre de 1998 cuando el entonces presidente José María Aznar, con el número uno de esta revista entre las manos, aprovechó una brillante intervención sobre la continuidad histórica de España para hacer su primera declaración tras el anuncio de que su Gobierno había decidido entrar en conversaciones con ETA y su entorno. Sus palabras textuales fueron: «Hemos anunciado conversaciones con el único objetivo de corroborar esa voluntad de paz. El Gobierno legítimo, representativo y democrático ya ha dicho que la paz no se puede comprar porque no tiene precio. Pero esta paz no va a olvidar los derechos de las víctimas. Por la paz y sus derechos no nos cerraremos a la esperanza, al perdón y a la generosidad. Pondremos lo mejor de nuestra parte para hacer definitiva la paz con ayuda de todos. Seremos coherentes».

Casi nueve años después ya sabemos que no sólo se truncó aquella esperanza de paz abierta entonces sino que también -y por culpa de los mismos- se ha visto frustrado un nuevo intento, con al menos tantas diferencias como similitudes con aquél, protagonizado por el presidente José Luis Rodríguez Zapatero que hoy nos honra con su presencia, como entonces lo hizo Aznar. Esta coincidencia, feliz en el aprecio de ambos por el proyecto intelectual de esta revista, desgraciada en la contumacia de los terroristas por intentar arrancarnos sus exigencias por la fuerza, nos permite remontarnos por encima de las escaramuzas y detalles del periodismo hasta buscar la mirada de águila de la Historia.

Con esa perspectiva, una o dos legislaturas apenas si son un escueto meandro en el río de una democracia parlamentaria. La cuestión es si lo que predomina es la continuidad de su cauce o la variación en su trayectoria. Aunque seguro que él pondrá sus propios acentos y énfasis, yo no creo que el presidente Zapatero tuviera ningún inconveniente en suscribir la declaración que acabo de leer del presidente Aznar. Al margen de las distancias personales y políticas que el tiempo no tardará en desdibujar, la cuestión que puede preocupar a los españoles con más sentido de la trascendencia de las cosas es si esas palabras significan lo mismo para ambos. ¿Tiene sobre todo Zapatero la misma concepción de la «coherencia» que sus antecesores en cuanto atañe a la defensa de la España constitucional?

Sin llegar al pesimismo de Olivares o al fatalismo de Lincoln que explicaba su trabajo diciendo que era como un hotelero que alquila las habitaciones exteriores mientras se incendian las que dan al patio -o viceversa-, cualquiera que haya gobernado ya durante tres años tiene que ser consciente de que el impulso de los propios proyectos queda muy a menudo constreñido por la necesidad de responder a los más diversos e inesperados envites. Son las crisis las que moldean el liderazgo, las que obligan -como le he escuchado decir más de una vez al propio Zapatero- a hacer Política con mayúsculas.

Usted es nuestro quinto presidente constitucional. Tanto Suárez, como Calvo Sotelo, como González, como Aznar, debieron dar respuesta a situaciones límite que nunca hubieron deseado tener que afrontar. Cada uno aplicó sus propias recetas. El periodismo ya les ha juzgado una y mil veces. En cambio, la Historia tardará aún bastante tiempo en emitir su más sólido veredicto. Lo que es un hecho objetivo es que desde 1978 cada uno de ellos entregó a su sucesor el mismo Estado que había recibido desde el punto de vista de su integridad y cohesión, y que el conjunto de estas tres décadas ha constituido un ejemplo de estabilidad y prosperidad democrática admirado en el mundo entero.

Nadie que conozca bien al presidente Zapatero tendrá la menor duda de que su principal propósito es dar continuidad e incluso ampliar ese éxito colectivo. Yo, desde luego, no la tengo. Pero bien porque en los últimos años se han acelerado reivindicaciones en estado latente, bien por el propio estímulo que las pretensiones nacionalistas han encontrado en la actuación de este Gobierno, el caso es que los negros nubarrones no cesan de acumularse sobre el horizonte de nuestra «nación indisoluble, patria común e indivisible de todos los españoles», que es como la Constitución define a España.Y estos negros nubarrones auguran un cambio climático mucho más pernicioso aún para nuestra ecología política de lo que para el conjunto del planeta resulta ese dañino efecto invernadero frente al que acabamos de sensibilizarnos con un simbólico apagón.

¿Hacia dónde nos dirigimos? Sólo voy a recoger aquí un diagnóstico al que sin duda el presidente Zapatero concederá autoridad y crédito por proceder de su viejo y creo que apreciado profesor el catedrático Francisco Sosa Wagner: «A fuerza de insistir en lo que nos separa y olvidar lo que nos une, a fuerza de complacernos y ensimismarnos con las naciones y con la ‘nación de naciones’, con las diferencias de la España ‘plural’ y manosearlas todas las mañanas y en todas las ocasiones, a fuerza de idear o magnificar litigios lingüísticos y rememorar agravios y distinguir en nuestro patrimonio créditos inextinguibles contra la cuenta de unos derechos históricos, en rigor prehistóricos y fantasmales… podemos llegar en efecto pasito a pasito, con frívola parsimonia, a montar algo parecido al Imperio Austrohúngaro, con sus monumentales y paralizantes líos».

En un libro cuya lectura me ha parecido apasionante, titulado El Estado Fragmentado, Sosa Wagner estudia este inquietante paralelismo y ve en el Estatuto catalán la sombra del llamado Compromiso de 1867 con Hungría, en las normas lingüísticas de la Generalitat el trasunto de la magiarización obligatoria y en su política educativa el eco de aquel parlamentario alemán que advirtió que «quien posea las escuelas primarias también poseerá el futuro».

Para este ilustre catedrático, muy vinculado al Partido Socialista, «es lógico que los nacionalistas busquen munición para su propia supervivencia, pero que se les proporcione tal munición desde las instituciones estatales, es una forma de jugar con fuego». Por eso cree que «nunca se debió iniciar el banquete estatutario sin un acuerdo previo de todos los comensales y menos hacerlo por exigencias coyunturales de apoyos políticos y parlamentarios».

A pesar de ser el editor de una revista que se llama La Aventura de la Historia, una revista que ha demostrado en estos 100 números su apertura intelectual, su audacia periodística y su afán de búsqueda científica, una revista que acaba de designar a dos grandes aventureros como Colón y Napoleón como los dos personajes más importantes de la Historia, debo reconocer que esto del Imperio Austrohúngaro, se me antoja como uno de los peores viajes al pasado que podríamos proponerles a los españoles de nuestro tiempo.

Y no lo digo sólo porque hace pocos días haya sentido el escalofrío del acontecimiento al pasar por el lugar exacto del muelle frente al Hotel Le Beau Rivage de Ginebra en el que fue asesinada la emperatriz Sissi, que también, sino porque en ese reino de reinos que, en efecto, fue la España de los Austrias y en todas sus reediciones confederales posteriores hasta concluir en la antigua Yugoslavia, la hipertrofia de los derechos de los pueblos, regiones y ciudades no servía sino de grosera tapadera a la atrofia de los derechos de las personas.

Según consta en la biografía de Oscar Campillo, el profesor Sosa Wagner formó parte del tribunal que concedió hace 23 años un sobresaliente cum laude a José Luis Rodríguez Zapatero por una tesis sobre la Autonomía de Castilla y León. Seguro que alguien tan competitivo como el hoy presidente aspira a repetir esa nota, pero después de haber leído las alarmadas reflexiones de Sosa Wagner yo me conformaría con que, cuando salga de La Moncloa, la política territorial de su ex alumno le merezca al menos un aprobado aunque sea raso. Mucho me temo que al día de hoy ni siquiera eso esté garantizado y que como Zapatero no aproveche los exámenes de septiembre de una hipotética segunda legislatura para mejorar su nota, lo que se perfile sea un cate en toda regla en esa concreta asignatura.

Nuestro planteamiento no es inmovilista, ni siquiera conservador. Seguimos siendo fieles a la frase de Tácito que encabezó el primer número del diario EL MUNDO: «Es poco atractivo lo seguro, en el riesgo está la esperanza». Pero ese riesgo, inherente al progreso humano, nunca debe adoptarse, señor presidente, a costa de poner en peligro los fundamentos mismos de nuestra libertad que en este caso residen en lo que hemos venido a llamar el consenso constitucional.

Algo debe de tener el agua cuando la bendicen. No es casualidad que el único personaje vivo -por desgracia sólo en el sentido biológico y afectivo del término- que ha sido incluido por el consejo asesor de la revista entre sus 100 grandes figuras históricas sea Adolfo Suárez. A medida que pasan los años el valor de su legado se agiganta, puesto que supone la quiebra de casi dos siglos de tradición cainita y su sustitución por el pacto, la reconciliación, el acuerdo, el encuentro, la tolerancia, la transigencia y la renuncia al interés individual o de partido en favor del bien común. Todo eso empieza a echarse de menos ahora aunque confío que nunca se borre de nuestra memoria histórica. Porque los Pactos de La Moncloa, el propio acuerdo constitucional, los pactos para el desarrollo autonómico o en una etapa más reciente el Pacto Antiterrorista que tantos millones de españoles deseamos ver restablecido han sido esenciales para el fortalecimiento de nuestra democracia.

Ningún periodista político, y menos quien como yo acaba de designar al rebelde Camille Desmoulins como su héroe histórico favorito, puede dejar de apreciar el valor del diálogo y el atractivo de la democracia deliberativa. Pero tanto el diálogo como la deliberación se convierten en algo secundario, casi anecdótico, en el momento en que alcanzan su desembocadura. Cuando el bravo Camille se negó a plegarse a las consignas de Robespierre, la deliberación se zanjó con la guillotina. En la España actual sólo los etarras se levantan de esa manera de la mesa, pero por desgracia son ya varios los debates esenciales que, en sentido figurado, se han guillotinado por la impaciencia de la mayoría ante la falta de docilidad de la minoría.

Siempre es de agradecer que el poder ejerza sus competencias con las formas de la buena educación y la sonrisa de la amabilidad, pero a veces sería preferible observar un talante más adusto y descubrir más flexibilidad y paciencia en la actitud de fondo ante los grandes asuntos, de manera que nunca un Estatuto de Autonomía sea reformado por una mayoría menor de aquella que respaldó su aprobación o no veamos sucederse las reformas educativas destinadas a caducar con la natural alternancia parlamentaria.

Los periodistas abusamos a veces de las frases y titulares dramáticos -«El Gobierno se rinde», «España se rompe»- a las que es muy fácil contestar con la fuerza de las apariencias, pues los hechos no son así de rotundos y nada sucede de la noche a la mañana. Decisiones que hoy se toman en relación a la soberanía, la lengua o la enseñanza no producirán sus verdaderos efectos hasta dentro de una o dos generaciones. Será pues el paso del tiempo y, por lo tanto el tribunal de la Historia, el que otorgue y quite razones a quienes en estos momentos nos sentimos hondamente preocupados por la creciente legitimación política y social de las más reaccionarias pretensiones nacionalistas. Es su sentencia firme la que de verdad debe importarle a quien tiene la oportunidad de moldear y condicionar el futuro de todos.

Como recordé aquella tarde de noviembre de 1998 delante de otro presidente del Gobierno, Tácito también dijo que el propósito de la Historia es «impedir que las huellas de las buenas acciones se marchiten y lograr que los malvados teman quedar atrapados en sus páginas». Supongo que la mayoría de nosotros podremos volver a reunirnos dentro de otros ocho años y pico para celebrar el número 200 de La Aventura de la Historia pero no creo que ninguno lleguemos a festejar el número 1.000. Todos seremos ya en ese momento pasto de la posteridad, cual cenizas de una era de esplendor esparcidas a los sones de la música de Strauss. Ojalá el recuerdo de los principales protagonistas de la España actual, incluido el presidente Zapatero, encaje entonces a menudo en la primera de esas dos categorías de Tácito y nunca en la segunda.