Sobre la soledad del juez

Por Javier Gómez de Liaño, abogado y magistrado excedente (EL MUNDO, 28/11/07):

Para el buen orden y concierto de lo que se quiere decir y mejor provecho de los argumentos a utilizar, siempre es recomendable partir de supuestos axiomáticos. Por ejemplo, de la idea de Picasso de que sólo en la fecunda soledad podemos hacer de nuestro oficio un arte. Ni que decir tiene -y qué mejor pista que el título de este comentario- que estoy aludiendo al arte de hacer Justicia; o sea, a la Justicia pura y no aplicada, que es escenografía o cartón piedra; a la Justicia de verdad y no a medias, que suele ser tarea de comediantes; y a la Justicia con mayúscula y no con letra diminuta, que sería, sin duda alguna, sólida prueba de irresponsabilidad.

Repasemos la pequeña historia que da pie a estas palabras. A un ya maduro juez que tras intensa vida profesional ha logrado el respeto y la consideración de jurista de prestigio, de la noche a la mañana, un soplo de viento proveniente de vanos oropeles le azota el crédito, le empuja contra la irreflexión y, con el aplauso de unos pocos, lo hunde en la esterilizadora loa. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué el muy sensato juez, tan de golpe y sin medir bien el terreno, se ha apartado de la prudencia y la cordura?

Es justo, sin duda, cantar a grito pelado las excelencias de la soledad. Shakespeare, en El mercader de Venecia, nos advierte que la soledad tiene muy hermosa apariencia y Cela, con no menos precisión y belleza, decía que la soledad es patrimonio de dioses y de bestias. Aunque no tenga mérito, un pensamiento mío es que la soledad del juez es el precio de la independencia. Como lo es la distinción entre jueces substantivos y vocacionales y permanentes y juzgadores adjetivos, secantes y ocasionales; entre jueces que portan su circunstancia fundida con su propio espíritu y juzgamundos que refieren murmuraciones y que llevan sus caracteres hilvanados en los bajos de sus togas. Cuando se es juez, se es para toda la vida, decía un magistrado ya ido, de quien mucho aprendí.

Quien esto escribe, que durante muchos años perteneció al gremio de los que juzgan al prójimo, cree que el juez -o la juez-, ese hombre -o esa mujer- que tiene por oficio el juzgar a los demás, es un ser omnívoro de dramas y angustias humanas. Y al que fue juez -ese que ahora, en este momento escribe- a estas alturas le parece que los jueces nacen en los libros de ciencia jurídica; crecen entre legajos y procesos judiciales; pulen su espíritu con el digestivo, aunque amargo, licor judicial de la vida; y trabajan, si quieren, sentados frente a la mesa, en la soledad, en la a veces dura soledad de las providencias, los autos y las sentencias.

Ahora bien, ese mismo juez -éste, aquél, el de más allá-, si no sabe mantenerse en su sitio termina devorado por el público que lo vio triunfar y que lo aupó, como a un torero en tarde de trofeos, sobre los hombros y las cabezas de los demás. Porque no nos engañemos: el juez es, sí, una pieza del escalafón, pero, y ésta es una de sus más frágiles páginas, no un elemento fundamental, sino accesorio y, en todo caso, cambiable, sea por ascenso, por concurso ordinario, por retirada e, incluso, por muerte. Todos somos útiles y nadie imprescindible y es posible que en el cúmulo complejísimo de actores y de factores, de acciones y de reacciones, de aciertos y de errores, de pros y de contras, de defectos y de virtudes, de confusiones y de simulaciones, que es la gran carrera judicial, todo -y en ese todo va, claro es, el juez- sea, efectivamente, efímero e intercambiable, pues sólo la justicia es permanente.

Son muy poderosas las armas con las que el juez puede proteger su soledad y, por derivación, su independencia. Sin embargo, es verdad que también acechan muchos peligros, cuya sola enumeración sería tan prolija como enojosa. Sirvan de ejemplos el asociacionismo, eso que ayuda, pero que también desbarata; la política, eso que a algunos jueces apasiona, pero que, a la larga, castra; el compañerismo, eso que puede resultar agradable, pero que, en ocasiones, asquea; los ascensos, eso que impulsa, pero que no pocas veces detiene y hasta retiene. Sólo la vocación, ese don que se recibe o no se recibe, y la entera y verdadera dedicación, si se sabe mantener, dignifican y confortan.

Para el doliente Bécquer, la soledad es el imperio de la conciencia. Y la conciencia -esa superioridad- sólo se mantiene no dejándose convencer por quienes gustan del bullicio o el fandango. El juez, a fuerza de serlo, de estrujar su propio sentimiento de juez, ha de volver, ya en la madurez, a aquella soledad que durante años le permitió conservar su superioridad moral y mantener intacta su figura de excelente magistrado. Reconozco que el mundo de la Justicia, que no va por el mejor de los caminos -quizá porque no esté en manos de los mejores- ha contemplado, en etapas varias, al juez reducido a escaparate; al juez implicado en el amoral tejemaneje de la política de partido; al juez vestido de fantasma al que se ha dado trato fantasmal. Sé que ha habido jueces que se disfrazaron y que poco tenían de jueces. Y jueces que se dejaron comprar por un puesto en las listas electorales. Y jueces que se implicaron, tercamente, en todo lo implicable. Pero no nos desmoralicemos más allá de lo justo y razonable, porque siempre nos quedará la semilla que preparó la siembra que preferimos elogiar. Muchos jueces, no importa si ya olvidados, que murieron, quizá de pena, de decepción o de náusea, pero llevando, como el Ecclesiastés quería, la verdad por delante, han de ser nuestros ejemplos. La independencia del juez, ese hombre que viaja solo y sin equipaje, es algo que se le pinta en el semblante, en la sonrisa y en el gesto.

Las grandes satisfacciones del juez se apoyan o se deben apoyar en su firme propósito de juzgar las cosas como son y en hacer justicia sin vanos adornos que, al desfigurarle, habrían de llenarle la conciencia de una amargura infinita. Un juez ha de sentirse feliz porque es lo que es y porque se niega hacerle el caldo gordo al estrellato con las rendidas palmas que, a cambio de tanto foco, se exige. A lo mejor aún quedan gentes capaces de leer en la palma de la mano del juez la firme raya que sirve de espina dorsal a su función.

«Sin esperanza ni miedo». Dicen que ésta es la fórmula de juramento de los jueces ingleses. Más vale ningún anhelo que ruin posesión, diría yo. El juez no va en pos de nada. El juez sabio sabe que la prudencia es fruto del sosiego y que más vale que todo llegue por sus pasos contados. Quede para los danzantes las sombras chinescas de la justicia mediática, ese palo engrasado en el que todos, tarde o temprano, acabamos con el trasero al aire y en el suelo. En el oficio de juez vale todo menos la ostentación. El exhibicionista lleva la penitencia en el pecado.

La prudencia es algo que hay que alcanzar en vida, tras haber consumido media vida en su persecución y la popularidad y la fama las máscaras baratas del prestigio. La pregunta que queda por hacer, y no es de fácil respuesta, podría formularse así: ¿quién da el certificado de la fama, la carta credencial del prestigio y la licencia de popularidad? Lo importante, con la toga puesta, no es tratar de tener éxito sino tratar de tener razón. Quien esto escribe, que hace ya algunos años descosió las puñetas de su toga de juez para dejarla en la de abogado, piensa, sesudamente, en las palabras que Cicerón dedicó para cantar la majestad de la prudencia: el arte que enseña a distinguir lo deseable de lo inconveniente; lo que se debe hacer, de lo que no se debe hacer, ni tan siquiera pensar hacer. La virtud, pensaba Horacio, se cifra en la huida de la vanidad, y la primera señal de la sabiduría es la de ser humilde. Hoy, curado ya de todos los espantos posibles y pertrechado de no pocas zurras imaginables, me siento capaz de pedir perdón por mis roídos pecados de vanidad.

A Kant nada le llenaba tanto su espíritu de admiración como la ley moral dentro de sí mismo. Al servicio de la conciencia y también como prueba de amistad y afecto, han sido escritas estas páginas que dejo atrás. El 30 de agosto pasado, desde Andalucía, escribí que aun cuando no tenga costumbre de mentir ni, por tanto, de adular, lo único que podía afirmar es que los jueces del tribunal del 11-M reunían todas las condiciones precisas y aun alguna más: el sentido de justicia, el sentido de la orientación y el sentido común, por ejemplo. Me ratifico en lo dicho. Y añado: el remordimiento de conciencia sirve para festejar la soledad. Deseo que dentro de poco la historia de un libro inoportuno huela a olvido, corteza de la soledad, esa esencia que se destila en el alambique de cada cual.