Sobre la Unión, sin etiquetas, de manera honesta

Existe una vieja táctica: si quieres evitar discutir, intentas descalificar a tu adversario con etiquetas negativas. Hoy en día uno de los pasatiempos favoritos de algunos políticos y periodistas es poner etiquetas. Dividir nuestro continente entre europeístas y euroescépticos, entre defensores de los derechos y xenófobos. Existe un pensamiento único, cuyo cuestionamiento es pecado capital. Si preguntas o críticas, automáticamente te conviertes en enemigo. Si hay apoyo público detrás, no le importa a nadie. El que piensa distinto es un populista y punto.

Estas tendencias ya han existido, pero fue la crisis migratoria quien las trajo a la superficie. Fue entonces cuando declararon enemigo y fuente de todos los problemas a Europa Central, a los países de Visegrado (V4), es decir Polonia, Chequia, Eslovaquia y Hungría. Hemos llegado al punto en el que hasta en las columnas de este periódico que nos tildan de ser la mayor amenaza para la estabilidad del continente, mientras que hay una guerra en curso al este y al sur de Europa, y el Reino Unido abandona nuestra comunidad.

Los cuatro países recibieron la etiqueta de la «bestia negra del continente», porque su reacción al desafío de los flujos era distinta del mainstream europeo, del «refugees welcome». Hungría tuvo que cerrar sus fronteras para poder controlar quien entraba en la Unión Europea y para poder conservar así la libre circulación dentro del espacio de Schengen. Lo hicimos porque es nuestra obligación preocuparnos también por los derechos de los ciudadanos dentro de la Unión, por ejemplo, por su derecho a la seguridad. Solo permitimos la entrada a aquellos que eran refugiados de verdad. Siendo un país soberano no aceptamos la cuota, o lo que es lo mismo, el hecho de que otros decidan quien puede pisar el territorio húngaro. No olvidemos que solo el 28% de la cuota fue cumplida por los países miembros y la mayoría de las personas reubicadas se encuentra ya en Alemania. Es decir, nos opusimos a algo que en la vida real no funcionó.

Hoy en día la gran mayoría de los inmigrantes son inmigrantes económicos, por lo que no tienen derecho al asilo. Podríamos salvar sus vidas si impedimos que se emprendan un camino tan peligroso. Por tanto, la migración ilegal no debe gestionarse sino detenerse. Debemos romper el modelo de negocios de los traficantes, para que las ONGs, con su respetable intención de salvar vidas humanas, no continúen ayudándoles. Mientras los barcos puedan llegar, el efecto llamada permanece. Si se propagase la noticia de que no pueden venir de manera irregular, ni por mar ni por tierra, los que quisieran emigrar no pagarían a los traficantes.

Los últimos tres años demuestran que una vez que los migrantes han entrado, es muy difícil retornarlos a casa. Sin embargo, si los inmigrantes irregulares no entrasen, no habría necesidad de repartirles. Por lo que habría que decidir antes de que lleguen a Europa en qué categoría se incluyen, en la de los migrantes o de los refugiados.

Ser solidario no es equivalente a cumplir la cuota, sino dar a los necesitados la oportunidad de prosperar en su propia tierra. En vez de importar sus problemas, exportarles ayuda in situ. Por este motivo contribuyeron los V4, antes que ningún otro, con 35 millones de euros, a proteger las fronteras en Libia y Hungría gasta otros millones de euros en hospitales y becas en los países de origen. Por algún motivo de esto nunca se habla. Y nos alegraría que la Unión finalmente permitiera que el modelo español se haga valer, es decir, que establezca una cooperación ejemplar con sus vecinos del sur, como España con Marruecos o Senegal.

Entiendo perfectamente que para hacer política, a menudo se requiere de enemigos o de un chivo expiatorio, al que se le pueda culpar porque algo no funciona. Y si no los hay, ya nos los crearemos nosotros. Así han convertido algunos a los países de Visegrado en enemigos. El único problema es que con eso destruiremos Europa, así como su necesario clima de confianza.

El Grupo Visegrado se preocupa por Europa, y no está en su contra. Nuestras sociedades son más pro-europeas que varios miembros antiguos. Tras acabar con el comunismo, nosotros tuvimos que reponernos en el mapa europeo. Por lo que de ninguna manera consentiremos abandonarla o echarla a perder.

«La situación actual puede afectar la identidad cultural de Europa», dijo el ministro Borrell en un evento hace poco. Nuestro deseo sería que Europa conservase su identidad, y que a la vez sea capaz de enfrentarse a los desafíos del siglo XXI. En Hungría quisiéramos resolver nuestros problemas demográficos con una política familiar adecuada, por eso gastamos más que cualquier otro país de la OCDE en este propósito, el 5% del PIB. Sin embargo, respetamos si otros piensan compensar la falta de mano de obra con la inmigración legal.

Lo que pedimos es que sea legítimo estar en desacuerdo o pensar de manera diferente. Y que todos en la Unión Europea dialoguemos y discutamos –como dijo hace poco el canciller de Austria, Sebastian Kurz con mucha sabiduría –desde la misma altura. Y sin poner etiquetas.

Enikö Györi, embajadora de Hungría en España.

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