Sobre la verdadera libertad religiosa

Causa admiración el desarrollo urbanístico en los últimos años de Buenos Aires. Lo que antes eran barrios poco apreciables son ahora un conjunto de rascacielos de más de 30 pisos. ¿Cuántas de estas torres rompen la línea horizontal del paisaje? No las conté, pero son muchas, desde luego. Buenos Aires es hoy la gran ciudad del mundo hispánico. Sólo la capital de México puede competir con ella. Este esplendor contribuye a ocultar la realidad social del pueblo argentino, con un 30% de pobres.

Acudí recientemente a unas jornadas académicas y durante una semana conviví con universitarios de Buenos Aires. Mis antiguos anfitriones ya no están allí. El último en fallecer, Pedro J. Frías, nos dejó sólo unos días antes de mi llegada. Era un eminente jurista, maestro de varias generaciones y miembro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Es la ley de vida que nos atormenta especialmente a quienes, como yo, hemos cumplido ya los 82 años. Han sido los discípulos de mis compañeros del siglo XX los que en este momento pilotan la vida cultural argentina. Y lo hacen -justo es reconocerlo- con acierto y maestría.

Participé en cinco encuentros de profesores y alumnos, interviniendo con sendas ponencias. Temas tan diferentes como la Transición española, la libertad religiosa, la configuración del Estado de las autonomías o el proceso en la jurisdicción laboral fueron debatidos en la Universidad Católica Argentina (UCA) y en las sedes de las Academias. En todas estas reuniones se puso de manifiesto la atención con la que allí se sigue lo que sucede en España. Somos, ellos y nosotros, auténticos pueblos hermanos.

En las notas que tomé destaco el enfoque diferente de la memoria histórica. Los argentinos evocan con orgullo su pasado, con nombres concretos y fechas precisas. Contrasta este admirable patriotismo con el modo de calificar en España a quienes nos precedieron. Fue la primera diferencia que advertí en los diálogos académicos.

También fueron consideradas dos importantes sentencias muy recientes, una de fecha 18 de marzo de este año, pronunciada por la Corte Europea de Derechos Humanos, y otra del día 7 del mismo mes, dictada por el Tribunal Constitucional de Perú. En ellas se toman decisiones trascendentales sobre la libertad religiosa. Afirma el Tribunal de Estrasburgo que la presencia del crucifijo en las aulas de las escuelas públicas es un hecho que está de acuerdo con lo establecido en la Convención Europea de los Derechos del Hombre, o mejor dicho, que no lesiona ningún derecho humano. El tribunal de Perú, por su parte, declara que los crucifijos y Biblias que se encuentran en las salas y despachos judiciales no afectan a la libertad religiosa de los no creyentes.

Acerca de estas resoluciones, comentó Gabriel F. Limodio: «Lamentablemente, hoy en día el laicismo intransigente vuelve a aparecer en escena y se ha transformado en una ideología que lleva gradualmente, de forma más o menos consciente, a la restricción de la libertad religiosa, hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y oponiéndose a su expresión pública».

El nivel de mis anfitriones actuales es muy alto. En España se ha disparado la concesión de títulos. Un catedrático argentino se parece más a nuestros colegas del siglo XX. Es cierto que allí como aquí ha aumentado el número de Universidades. Pero quizá ellos controlan mejor la proliferación de tales centros. Los cuatro académicos invitados (Pedro Schwartz, economista, Salustiano del Campo, sociólogo, Olegario González de Cardedal, teólogo, a los que yo acompañé) participamos en varios encuentros en la UCA. Se debatió con acierto y plena libertad. El público estudiantil se comportó atenta y respetuosamente. Sin embargo, la presentación oficial de aquella Universidad como «pontificia» y «católica» me llevó a pensar -y reconozco que me equivoqué en este juicio previo- que se considerarían las grandes desigualdades de una sociedad con un treinta por ciento de pobres. Pero ni los representantes de la jerarquía eclesiástica en las reuniones, ni los profesores de aparente significación cristiana, mencionaron las injusticias sociales. No resistí la tentación de decir algo. Después de un espléndido banquete de despedida, levanté mi copa en el brindis final destacando que no deberíamos olvidar que nos encontrábamos en una sociedad con demasiados pobres que buscaban por las noches un alimento en los cubos de basura.

No gustó a los curas-señoritos asistentes (allí no había nadie que pudiera equipararse a nuestros admirables curas-obreros). Me acusaron de que acaso yo fuese un demagogo. Mi respuesta fue que no tenían por qué ofenderse ya que en las Cortes de Franco se sentaron y aplaudieron obispos españoles. Este recordatorio fue todavía peor acogido. Mi hija Beatriz, que me acompañó en el viaje, me dijo: «Papá, aquí no te volverán a invitar». Probablemente ella acierte.

Se había considerado la libertad religiosa, pero entendida la religión como simple liturgia. El cristianismo en cuanto religión que proclama el amor fraterno fue un tema marginal en una Universidad que se autodenomina «pontificia» y «católica». Tomé el avión de regreso y de nuevo, aquí, volví a convivir entre la sinceridad de unos pocos y la hipocresía de muchos. En definitiva, no hay que volar a Buenos Aires para padecer una convivencia poco estimable.

Manuel Jiménez de Parga, catedrático de Derecho Constitucional. Pertenece a la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Fue presidente del Tribunal Constitucional.

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