Sobre los unionistas

“En este artículo defiendo un criterio diametralmente opuesto al que parece va dominando por momentos en la Generalidad. ¿Qué hacer? Si lo publico, según como vayan las cosas, me expongo a que me acusen –como otras tantas veces– de derrotista, de mal patriota. Pero la hora es demasiado grave. Mi deber de catalán, mi honradez de publicista, es claro. Aprieto el botón de un timbre. Entra un ordenanza. Le doy las pruebas de mi artículo: Que se publique mañana”. Texto de Gaziel bajo el título “Apuntes de una noche inolvidable”, publicado en La Vanguardia el 9 de octubre de 1934.

¿Son los españolistas de Euskadi los unionistas de Catalunya? La pregunta no por retórica deja de ser obligada y necesaria en esta hora de Catalunya y de España. No voy a extenderme sobre lo que supone en mi tierra vasca ser estigmatizado como españolista, expresión aborrecible para los que, siendo vascos y españoles, quisiéramos un vasquismo con la misma capacidad de integración que ha venido mostrando el catalanismo, al que sinceramente admiramos. Algún día me explayaré en explicar por qué los que pasamos por ser persistentes adversarios del nacionalismo vasco encontramos en Catalunya una redención a nuestra culpa antipatriótica. Adelanto que las razones son tres: la primera, que el nacionalismo catalán y el catalanismo en general, echan raíces en un vastísimo patrimonio cultural y en una lengua accesible que permite una progresión hacia el bilingüismo sin exclusiones; la segunda, que esa cultura se ha sofisticado en manos de la burguesía dotándola de una gran versatilidad expansiva, opuesta a la doctrina de Sabino Arana que prefería que muriese el euskera a que lo hablase un maqueto; y la tercera, que consiste en que en Catalunya el nacionalismo ha tenido un sentido moral y político que ha ahogado las expresiones terroristas que se perpetran en nombre de la libertad de la patria.

Por eso, resultaría desolador que –como se oye y se lee– se atribuya la condición de unionistas a los que discrepan dentro o fuera de Catalunya con el proceso de secesión (concepto polisémico que se concretará en su momento), o deseen –como a mí me ocurre– que permanezcan los vínculos de unidad aunque para ello sea necesario llegar a componer algunos graves y recurrentes entuertos de doble origen, histórico y actual. Es verdad que hay españoles que encaran el futuro de Catalunya con expresiones de precipitado tremendismo; es igualmente cierto que no faltan los que recurren a los argumentos de fuerza o de miedo como si fueran de razón, y es reprochable que se produzcan frivolidades y ninguneos irritantes. Pero esas categorías de errados –que creen servir a la causa de España cuando en realidad la obstaculizan– no alcanzan, ni en número ni en calidad, un nivel representativo. La mayoría –aunque con la misma e inversa fatiga que los catalanes– son muy consciente de la situación tan delicada y desean un acuerdo y un entendimiento, aunque conforme a criterios legales y democráticos.

Tomando pie de la cita que encabeza este artículo –especialmente en lo referido a la honradez del publicista–no puedo sustraerme a la inquietud de oír y leer que aquí y fuera de Catalunya hay unionistas, concepto que remite a una doctrina –el unionismo– vinculada a dos grandes conflictos: la guerra de secesión de Estados Unidos (1861-1865), en la que los unionistas eran los norteños, y la terrible confrontación en Irlanda del Norte en la que los unionistas –y dentro de ellos los lealistas– representaban la defensa cerrada del Acta de Unión (1800) que constituyó el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, de la que se desgajaron en 1922 los 26 condados del sur, creándose la República de Irlanda. El unionismo irlandés se enfrentaba al republicanismo católico, igualmente irlandés, tanto por razones religiosas como, en menor medida pero también, étnicas porque está integrado por oriundos ingleses y escoceses frente a la estirpe autóctona –ya muy matizada– de los republicanos.

En Catalunya no hay un pensamiento único sobre su futuro; tampoco en el resto de España, donde abundan los que se están instalando en la siempre inhóspita tercera España a la que se refería también Gaziel en Meditaciones en el desierto (1946-1953) y que según él buscaba la síntesis. Escribió: “La tercera España, no combatiente sino pacificadora y reconstructora, que sólo podría haber sido inspirada (no dirigida) por la conciencia superior de una intelectualidad viva y auténtica”. El actual vuelve a ser un momento histórico para esa tercera España si se le deja escribir, hablar, disentir, acordar, enlazar, y no se le estigmatiza como una excrecencia unionista y, por lo tanto, anticatalana.

José Antonio Zarzalejos, periodista.

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