Sobre si Europa es cristiana

Por Xavier Rubert de Ventós, filósofo (EL PAÍS, 05/03/03):

Con la eventual incorporación de Turquía a la Unión Europea ha reverdecido la discusión de si Europa se define o no por ser cristiana. A muchos les parecerá una cuestión de sabor esencialista, algo pintoresca, esperpéntica casi. También a mí, pero no tanto. Al menos desde que he recordado una discusión que mantuve con Irene Papas en junio de 1992.

Estábamos en su casa de Atenas y yo le leía el guión que había escrito con ocasión de la llegada de la Llama Olímpica a Empúries. Ella representaba la vestal griega que debía entregar la llama a Núria Espert, la vestal catalana. Hacia el final del parlamento, el guión decía: “La llama que hoy os traigo viene de Grecia, del lugar donde se produjo la primera chispa de Europa, de esa deslumbrante adolescencia de Occidente que luego, con el Derecho Romano y la Religión Cristiana, adquirió la gravedad y la gravidez que hoy le conocemos”.

En este momento, me interrumpió la Papas: “No, no, de ningún modo. Yo no puedo decir eso. En tu texto hablas de nosotros como si fuéramos niños, adolescentes. Nosotros somos Europa, no su infancia.

¿Tenía razón Irene Papas? ¿La tienen quienes aún hoy dicen que Europa es griega, o que es romana, o que es cristiana? Claro está que a mí me tentaría darle la razón a Irene Papas. Personalmente, nada, nada en el mundo me impresiona tanto como esa “cosa” que forman las obras de Homero, Praxiteles, Esquilo o Aristóteles, de modo que me encantaría ser y sentirme su directo heredero. Pero sé que yo no lo soy; ni lo es nadie que yo conozca. Algunos emperadores romanos y renacentistas tempranos intentaron creérselo, luego fue una pretensión de románticos alemanes, hasta que Heine proclamó aquello de que, como algunos vinos, “los dioses griegos no viajan bien a la modernidad”, y Walter Benjamin acabó sentenciando la pretendida “Suiza homérica” de Keller. De hecho, la existencia y disipación de aquellos griegos es para mí el mayor misterio de la historia: de dónde salieron (y adónde se fueron) esos individuos que aunaban milagrosamente el sentido de las formas y las proporciones con lo que Bru de Sala llama “la pasión por el razonamiento en sí mismo, la pulsión por tantear la verdad más allá de las apariencias, las conveniencias y las aplicaciones”… Hasta Pitágoras, en efecto, los agrimensores y constructores egipcios calculaban los ángulos rectos de sus pirámides sirviéndose de tres bastones de, digamos, 3, 4 y 5 metros. Pero fue necesario alguien tan teórico y especulativo como Pitágoras para descubrir lo que iba a resultar mucho, muchísimo más práctico: que 32 + 42 = 52.

Es cierto que, como Mr. Jourdain, a menudo pensamos y hablamos en griego sin saberlo. Pero esta impronta no nos llega en línea directa de Fidias o de Pitágoras. Dos nuevos ingredientes cuanto menos irrumpen, quiebran y hacen estallar aquel preciso y delicado equilibrio. La explosión se inicia cuando Roma transforma la Ciudad en Imperio. La implosión se completa cuando el Cristianismo riza el rizo de la razón, la retuerce en la escolástica, la eriza en las catedrales góticas y establece las bases de esta Europa erigida desde entonces sobre los pilares de la lógica y de la guerra. Antes, sin embargo, Pablo y Agustín habían descubierto un nuevo paisaje anímico por los griegos ignorado: el de la intimidad, la culpa, la nostalgia, el arrepentimiento, la piedad… Las estatuas de los dioses griegos, decía Hegel, nos fascinan, nos maravillan, pero no nos hacen caer de rodillas.

De todos estos ingredientes, tomados en proporciones variables, resulta eso que se llama “lo europeo”. Se trata de la acabada y precisa forma de la polis griega, desquiciada y sacada por Roma de su escala, entrometida por el cristianismo en la conciencia, encapsulada en su “fuero interno” y alucinada por fin en un barroco que trata aún de dar forma sensible y unitaria a este mundo desgarrado por el Cristianismo, desmesurado por la Iglesia, desquiciado por el Estado, descuartizado por la Economía dineraria, descentrado por los Descubrimientos geológicos y cosmológicos… Esta combinación no es ni podía ser jerárquica y ordenada, ciertamente. No se trata de causas y efectos, ni de géneros y especies, ni de muñecas rusas que se contienen unas a las otras. Filosofía griega, derecho romano y religión cristiana no “encajan” bien, sino que favorecen curiosas amalgamas orientadas por las más variadas constelaciones. Y es seguramente por ello, no a su pesar, que este conglomerado fue capaz de ir absorbiendo también la diversidad externa: las consuetudines germánicas, la tecnología china, los guarismos y el misticismo árabe…

Volviendo a nuestra pregunta -¿es Europa cristiana?-, hay que decir pues que no, que Europa no es cristiana en el mismo sentido en que dijimos que no es griega. Pero que sí lo es, en cambio, si se entiende el cristianismo como uno de los ingredientes que configuran y acaban coagulando ese talante europeo crónicamente plural y abierto: ese versátil repertorio de respuestas siempre más amplio que las eventualidades que le salen al paso. “Formas políticas precisas y precarias -decía María Zambrano de Europa- que tienen el cambio como principio de conservación, la fragilidad como garantía de su existencia, la pluralidad como unidad”.

Marx lo había advertido ya: si Europa ha podido llegar a ser (relativamente) laica es gracias al rechazo de todos los ídolos mundanos inscritos en su tradición, primero judaica y luego cristiana. Felizmente, y luego de numerosos y dolorosos fracasos, hoy la cosa política, la cosa religiosa y la cosa cultural vuelven a campar cada una por sus respetos. O casi. Y así es como, gracias a Dios, hemos llegado a un derecho y una moral de baja intensidad: un derecho meramente natural (es decir, no religioso) o simplemente civil (es decir, no estatal) al servicio de unos derechos sólo humanos. Este derecho y esta moral son los que han servido para defender la libertad y dignidad individual frente a todos sus propios fetiches y precipitados: Dios, la Naturaleza, la Justicia, el Estado como hegeliana “encarnación del derecho y la moral”… El mito de Europa es, pues, el de esta libertad minimalista, sin atributos ni garantías trascendentales; el del repetido esfuerzo por resistirse a los mitos mesiánicos en nombre de una verdad a menudo ocasional y casi siempre a medias.

Y así es, más o menos, como llegué a la conclusión de que tampoco Irene Papas estaba en lo cierto. Para bien o para mal, Europa es tan griega como romana, como cristiana…, como todo lo que puede llegar a ser todavía gracias precisamente a no estar hecha de una masa cultural homogénea. Resulta que es para mal, por ejemplo, cuando el universalismo territorial romano se junta con el universalismo ideológico cristiano para confeccionar nuestra versión más o menos laica de la yihad: el “nacionalismo con causa” de los Estados europeos que han vivido cuatro siglos en guerra civil permanente. Resulta para bien, en cambio, cuando cada una de estas tradiciones o memorias diluye el predominio exclusivo de las otras y nos abre así a la posibilidad de una Europa que mantenga su capacidad de absorción y de ser aún tan ortodoxa, budista o musulmana, como ha sido hasta hoy católica, judía, fascista, jacobina, luterana, comunista o presbiteriana.

Y de ahí mi hipótesis, sin duda aventurada: la propia tradición cristiana que inspiró las inquisiciones y los integrismos europeos está hoy en condiciones de auspiciar una Europa porosa, alérgica a sus propias idolatrías, sean éstas de estirpe helénica, romántica o republicana. Si su Reino, al fin y al cabo, no es de este mundo, los cristianos pueden comprometerse en él sin perder la ironía y la distancia que les permita ver como contingentes los poderes y las jerarquías, los dogmas y los análisis que pretendieron transformar nuestra gobernación, como nuestro pensamiento o nuestra circulación, en un sistema de avenidas de sentido único y obligatorio.

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