Sobre «un mundo invertebrado»

Algo serio, profundamente serio, está sucediendo en el mundo en general y muy en concreto en el mundo desarrollado. Vivimos una época de cambios sociológicos muy intensos pero a veces poco detectables, en los que habrá que ponerse a reflexionar con urgencia, sin miedo, y sobre todo renunciando a planteamientos dogmáticos y a ideas convencionales. La elección de Trump ha sido el último acontecimiento imprevisible y sorprendente pero antes se habían producido muchos otros de la misma o superior trascendencia. No es un hecho aislado. Es la continuación de un proceso en el que destacan los siguientes factores.

–La reacción frente al fenómeno de la inmigración y el refugio ha sobrepasado todas las expectativas y está influyendo negativa y decisivamente en el mapa político. Es una mezcla de racismo y xenofobia que va a ser muy difícil controlar. Esta actitud insolidaria ha jugado un papel importante en la elección de Trump, en la decisión sobre el Brexit, y puede alterar gravemente la situación europea en las próximas elecciones en Holanda, Francia y Alemania, en donde los candidatos de extrema derecha están ascendiendo con toda facilidad.

–El segundo factor es la reacción ante una crisis económica interminable –sin visos de mejora– que está debilitando a las clases medias y pobres y favoreciendo un proceso galopante de desigualdad que concentra la riqueza en un porcentaje mínimo de la ciudadanía. En el caso de los Estados Unidos, las clases medias fueron las que votaron mayoritariamente al presidente Trump. Su nivel económico actual era menor que el de hacía una década y temían que Hillary Clinton insistiera en una política continuista. Cualquier cambio era más positivo y el mensaje de Trump de «América primero» y sus mensajes contra la inmigración les ofrecía alguna esperanza. Esta situación puede aplicarse también a muchos países europeos y guarda relación con el rechazo a una globalización en la que hay más perdedores que beneficiados y en la que los beneficiados siempre son los grupos más poderosos. En la gran mayoría de los países –con la única excepción de China– se piensa que la globalización avanza cada vez peor.

–El tercer factor –el más complejo y el más peligroso– es la desaprobación profunda del «establishment», de unas élites –especialmente las políticas pero no las únicas– incapaces de afrontar los problemas reales de la sociedad y cada vez más resistentes a los cambios necesarios en todos los órdenes. Se culpa a estas élites de la crisis económica, del paro, de la inmigración y refugio descontrolados, de la globalización injusta y de cuantos otros males surgen en estos días. La importancia de este fenómeno no se puede minimizar porque además de tener una base de razón, su efecto se va a ir incrementado como consecuencia de planteamientos demagógicos y la utilización sectaria de los medios de comunicación y en especial de las redes sociales, unas redes que los populistas, los nacionalistas y los extremistas manejan con mucha más intensidad y eficacia y con escaso aprecio y respeto a la verdad.

–El cuarto factor podría definirse como el atractivo insuperable que generan las soluciones simplistas ante la intensificación de la complejidad de los problemas, la aceleración de los cambios y de los tiempos, y así mismo por las incertidumbres frente al futuro que están generando una revolución tecnológica y científica cuyo alcance es en muchos aspectos imprevisible y por lo tanto incontrolable. El ciudadano se siente impotente ante una revolución que está cuestionando muchos valores y realidades que hace poco tiempo parecían seguros y que ahora se van desmoronando uno a uno. La pérdida de la intimidad y la privacidad, el temor a la robótica en todas sus formas, los anuncios alarmantes sobre longevidad «interminable», las manipulaciones genéticas y otros muchos temas similares, aun no comprendiéndolos a fondo, le generan tales niveles de inquietud y desconcierto que al final prefiere ignorar su existencia y superar el día a día con los asideros dogmáticos más simples y más inmediatos.

¿Qué hacer? Hay dos escuelas de pensamiento que se pueden resumir así:

–De un lado, los que piensan que hay que modificar muchos de los comportamientos actuales. En América se habla de la necesidad urgente de un capitalismo mucho más inclusivo. El presidente de Australia afirma que hay que civilizar de una vez este sistema. Y la presidenta del Fondo Monetario Internacional resume la situación diciendo que hemos tenido un crecimiento pero que ha sido «demasiado bajo, durante demasiado tiempo y para muy pocos». De acuerdo con esta línea de pensamiento hay que aceptar que el funcionamiento del modelo económico actual, a pesar de los progresos que se han conseguido en varias áreas, está perdiendo muy rápidamente credibilidad. La idea de seguir como estamos es la que genera y justifica las actitudes radicales. Por todo ello hay que transmitir con fuerza el compromiso de que se van a poner en marcha medidas correctoras urgentes de los desequilibrios más injustos e injustificables.

–La otra posición, aun reconociendo la existencia de serios problemas aun pendientes, parte de la base de que no es necesario alterar un sistema que está funcionando con resultados hasta ahora muy positivos en cuanto a la reducción de la pobreza (más de mil millones han salido de ella), la generalización del sistema democrático (más de un 53% vive en países con este sistema), el aumento de la longevidad, la reducción de la mortalidad infantil, el acceso global a la información, el protagonismo de las mujeres y otros muchos índices. Varios pensadores defienden que estamos viviendo una época especialmente favorable y que hay que huir de los catastrofistas y de los radicales. Johan Norberg anuncia su libro «Progress» diciendo que «en lo que se tarda en leer el primer capítulo, 2000 personas han escapado de la pobreza» y él y Steven Pinker aseguran que la desigualdad se está corrigiendo con firmeza. Michel Serres, por su parte, afirma que Europa vive un verdadero paraíso en el seno del periodo de paz –70 años– más largo de su historia.

Ante estas actitudes tan dispares parece prudente pensar que habrá una vía intermedia. Pero no se puede dar por seguro. Lo que es indudable es que hay que incorporar este dilema al debate ciudadano. Es sin duda, el debate más importante y el más difícil en los tiempos actuales. Necesitamos un nuevo Ortega y Gasset, que con su misma profundidad y su misma fuerza y aliento, escriba un ensayo sobre «un mundo invertebrado» en el que se reclamará un diálogo urgente entre las dos actitudes citadas como el único medio de evitar las tentaciones extremistas. Ese es el buen camino. De hecho el único posible.

Antonio Garrigues Walker, jurista.

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