Socialismo sin causa

Hasta hace un par de décadas, el socialismo se presentaba como la gran esperanza que nos conduciría a un mundo mejor, más justo y más libre. Hoy, el socialismo está a la intemperie. Ha perdido la batalla de las ideas. El proyecto socialista colapsa, porque quiebra la aspiración y la ideología. La aspiración: el afán de redención y la voluntad de alcanzar una sociedad reconciliada. La ideología: el predominio de lo colectivo sobre lo individual y el intervencionismo político, económico, social y cultural. A estas alturas de la historia, ya sabemos que el afán de redención esconde un modelo de sociedad cerrada, que el deseo de alcanzar una sociedad reconciliada es una utopía de consecuencias indeseables, que el predominio de lo colectivo trincha la libertad del individuo, que el intervencionismo, lejos de solucionar problemas, los agrava.

Que el socialismo está en crisis se comprueba al constatar los sucesivos intentos fallidos de redefinición y modernización —Alec Nove, Peter Glotz, Eric Hobsbawm, John Roemer, Anthony Giddens, Oskar Lafontaine o el Programa 2000 del PSOE, entre otros— que ha vivido a lo largo de las últimas décadas. Y la modernización prosigue —solo se moderniza lo envejecido— ya entrado el siglo XXI. ¿Qué encontramos hoy? Las apelaciones retóricas de una Internacional Socialista —ahí está el documento firmado por George Papandreu, Alpha Condé, Jalai Talabani y Ricardo Lagos— que habla de la democracia, la paz, la solidaridad, el verdadero internacionalismo, la justicia climática y la fiscalidad que grave las transacciones financieras. A ello hay que sumar el laborismo británico de un Ed Milliband que parece regresar a las fuentes del marxismo y la Izquierda alemana que coquetea con la idea de volver al llamado socialismo real o comunismo. ¿El socialismo francés? Sigue la retórica teñida de populismo: banca pública, impuestos especiales para los ricos, proteccionismo y ecología. ¿España? En la Conferencia Política del PSOE se barajan ideas —ninguna novedad— como la sanidad y la educación públicas, la protección de los desempleados y las pensiones públicas, la creación de empleo juvenil, una mayor presión fiscal para las grandes fortunas y una tasa sobre las transacciones internacionales. Y quien se acerque a las reflexiones de carácter personal encontrará aportaciones como las siguientes: regulación de la economía de mercado, mayor protagonismo estatal, nuevo modelo productivo, economía sostenible, políticas de bienestar, reorientación del gasto, reforma del sistema tributario, lucha contra el fraude fiscal y la corrupción, nueva ley electoral, democracia participativa, políticas de transformación social, defensa de los intereses de las clases populares, protección frente al infortunio, inclusión social.

A tenor de las propuestas, cabe concluir que el socialismo oscila entre lo arcaico y lo retórico. Cosa que, en lugar de fortalecerlo, lo debilita al poner al descubierto su insubstancialidad. Alguien objetará que en la propuesta socialista aparecen ideas sensatas, como la defensa del Estado del bienestar, la reorientación del gasto o la necesidad de un nuevo modelo productivo. Pero eso ya lo impulsa, desde hace más de un siglo —cabe recordar que el Estado del bienestar lo promovió un Bismarck que de socialista no tenía mucho—, la derecha. El socialismo va escaso de ideas y suele apropiarse de las alternativas de un liberalismo al que critica hipócritamente a posteriori. Sin embargo, tiene una alta imagen de sí mismo, se considera virtuoso por naturaleza y cree poseer el monopolio —una variable de la fatal arrogancia que en su día denunció Hayek— de la transformación y el cambio.

¿Qué es hoy el socialismo? Por sus actos lo conoceréis. Dos corrientes fundamentales: posmodernos y modernos. La corriente posmoderna ha transformado el socialismo en un coach all party—un partido que todo lo atrapa— que integra lo que encuentra en la calle (antiglobalizadores, altermundialistas, neonacionalistas, anticlericales, antinucleares, pacifistas, multiculturalistas, movimientos de liberación del cuerpo, tercermundistas residuales o indignados de última generación), siempre y cuando esté dotado de sentido. Vale decir que el sentido lo otorga cualquier movimiento que cuestione el pensamiento liberal y se revuelva —poco o mucho— contra el sistema liberal-capitalista. De hecho, el socialismo posmoderno se limita a administrar, en beneficio electoral propio, los deseos de las minorías. Este socialismo posmoderno convive con otro moderno que, a la manera del Tony Judt que ha encandilado a la izquierda española, hace bandera del Estado del bienestar al tiempo que predica el diálogo público, un nuevo relato colectivo y la unión solidaria entre ciudadanos. ¿De qué se nos está hablando? Se busca hermeneuta para averiguarlo. Por lo demás, ¿cómo pasar de la teoría a la práctica en la defensa del Estado del bienestar? En una época de crisis, el socialismo del gasto —el socialismo es sinónimo de gasto: la derecha crea riqueza y la izquierda la gasta o derrocha— conduce a la quiebra del Estado del bienestar. ¿Qué futuro tiene el socialismo cuando el Estado del bienestar —su buque insignia, dice— únicamente podrá subsistir gracias a unos recortes que van contra la filosofía socialista? ¿Qué futuro tiene el socialismo si, a la manera de la derecha liberal, acaba reduciendo —como sucede— el alcance del Estado del bienestar? ¿Qué futuro tiene el socialismo cuando la derecha liberal también apuesta —con un éxito razonable— por la defensa del Estado del bienestar?

Más allá de la relación del socialismo con el Estado del bienestar, todo apunta a la siguiente hipótesis: el socialismo ha perdido su razón de ser. Por cuatro razones: porque no tiene discurso propio; porque no tiene modelo que seguir; porque se reduce su espacio político; porque el sujeto socialista se desvanece. El socialismo no tiene discurso propio al fracasar la ideología redentora que lo convertía en una suerte de soteriología laica que prometía —una pesadilla, como sabemos— la felicidad en la Tierra. El socialismo no tiene modelo que seguir al quebrar el modelo sueco de Estado del bienestar que empobrecía a la población por exceso de carga tributaria, dificultaba el crecimiento y favorecía el clientelismo. El socialismo ve reducido su espacio político porque la bancarrota del proyecto se traduce automáticamente en la reducción del campo de juego simbólico y político. El socialismo se queda sin sujeto porque la clase trabajadora —¿qué es hoy la clase trabajadora?— se ha aburguesado y pretende instalarse lo más cómodamente posible en la prosperitycapitalista. Sin discurso, ni modelo, ni espacio ni sujeto; sin ideas propias ni proyecto autónomo; abrazado cínicamente al liberalismo cuando le conviene, el socialismo se queda sin causa.

Socialismo sin causa, decía. Pero sigue ahí. ¿Dónde está el secreto? El socialismo de nuestros días se ha convertido en una preferencia cultural. En la práctica, en un reclamo comercial/electoral. A la manera de la ropa deportiva, los relojes o los yogures, el socialismo se ha transformado en una marca —paz, talante, diálogo, memoria histórica, discriminación positiva, matrimonio homosexual, interrupción del embarazo o laicismo integrista— que busca compradores/votantes en el mercado político. En un mundo fascinado por las marcas, el socialismo —que se publicita a sí mismo como sinónimo de buen tono y toque de distinción positivo: sigue el yudo moral de la izquierda— encuentra su público. Pero, más allá de la marca, está un artefacto obsoleto que podría tener su fecha de caducidad. Habrá que mirar la etiqueta.

Miquel Porta Perales, articulista y escritor.

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