Sociedad civil y regeneración democrática

Es tema clásico en la ciencia social española el debate sobre la calidad de nuestra sociedad civil, un debate en el que suelen destacar más los aspectos negativos que los positivos. Y sin duda estos análisis siguen siendo válidos en muchos contextos. Por ejemplo, una débil cultura cívica alimenta una corrupción «de baja intensidad», socialmente aceptada, y caldo de cultivo de la otra corrupción, la de «alta intensidad».

Sin embargo, no carece la sociedad civil española de vitalidad y fuerza, e incluso puede que la crisis actual esté haciendo aflorar lo mejor, y no lo peor, de los españoles, como ocurre en no pocos países europeos. Vitalidad que se mostraría doblemente: en la entereza con que está soportando la crisis económica y en el modo como está respondiendo a la misma. Veamos estas dos afirmaciones.

Nadie duda que sufrimos en estos últimos años (cinco años al menos) una acumulación sucesiva de crisis que se superponen como muñecas rusas. Una crisis institucional y de modelo de Estado, una segunda crisis económica, muy profunda, una tercera crisis política, de liderazgo y de representación, inédita en profundidad y extensión. Y sin embargo la cuarta crisis, la social, esperada por todos, y que debería ser el corolario de todo lo anterior, no solo se ha contenido (casi) siempre dentro de los límites de una sociedad democrática, sino que está haciendo reaccionar a los españoles en una dirección cívica bastante positiva.

Daré datos. Miles de manifestaciones en Madrid y otras muchas ciudades, a diario, pero casi ningún caso de violencia. Es más, cuando alguna manifestación se preparaba y anunciaba como violenta, el fracaso ha sido rotundo. Tampoco violencia interpersonal: en contra de las expectativas, menos del 3% de los españoles consideran la inseguridad ciudadana como un problema actual, según datos últimos del CIS. El mismo CIS nos informa de que los españoles siguen situándose en el centro del espectro político, y de nuevo contra toda expectativa, no ha habido radicalización alguna. Más bien al contrario, el rechazo masivo a los dos grandes partidos ha llevado a muchos a autodefinirse en política como «liberales». Casi el 13% de los españoles se definen así, frente a otro 13% que se define como «socialista», y otro 11% como «conservador». Pero entre los más jóvenes (18 a 24 años) esas frecuencias son: 20% liberales, 9% socialistas y 7% conservadores. Datos que tiran por tierra muchos estereotipos y ayudan a entender la moderación a que aludía anteriormente.

Y así ocurre (de nuevo contra toda expectativa) que el enorme malestar que hay contra políticos y partidos no ha dado lugar tampoco a alternativas fuera del arco democrático. Quizás como herencia (esta vez buena) del franquismo, en España no tenemos partidos de extrema derecha, que en no pocos países europeos cosechan hasta un 20% del electorado. Ni tenemos tampoco partidos anti-Europa, que florecen como hongos en no pocos sitios.

Todo lo que llevo dicho no es sino una larga introducción a mi objetivo: la regeneración democrática de España. Pues mal podría hacerse esta si los españoles no la apoyaran. Pero, por fortuna, es ese el caso. Y ahora avanzaré otros dos argumentos, uno referido al pueblo, a la ciudadanía, el otro relativo a las élites, si se me permite esa vieja jerga.

Pues cuando los españoles han tratado de articular un discurso como respuesta a la crisis han hecho aflorar dos ideas fuerza. Una es «democracia real», la otra es «no nos representan». Ideas apoyadas por la inmensa mayoría de los españoles (y hablo de porcentajes superiores al 80%) en una movilización transversal (a clases, edades, incluso regiones), que puede dar lugar a muchas derivaciones peligrosas, pero que en todo caso quieren decir dos cosas: la primera, que no quieren algo distinto a la representación, al sistema representativo, y sólo una minoría juega a la democracia directa; la segunda, que no quieren algo distinto a la democracia, quieren verdadera democracia y verdadera representación, quieren lo que creían tener. Y no es sólo la evidente vaguedad de ese doble mensaje lo que contribuye a su éxito, sino también su evidente moderación. No olvidemos que casi el 60% de los españoles afirman que, «con todos sus posibles defectos e insuficiencias, la actual democracia constituye el período en que mejor ha estado nuestro país en su historia». Los españoles saben bien que tenemos mucho ganado.

Y cuando ese caldo de cultivo, sin duda confuso, con frecuencia ingenuo, y a veces peligroso (como su deriva en los escraches), trata de articularse, lo que origina son cientos de voces nuevas, voces de la sociedad civil, que están contribuyendo a movilizar y articular esa ansia de regeneración democrática. Pues frente a la tradicional debilidad asociativa y participativa, frente a un país «sin pulso» o de «aguas estancadas», asistimos hoy a la emergencia de numerosos foros de debate y opinión que quieren participar con propuestas y análisis. Primero fueron instituciones ya establecidas (como la Fundación Ortega o el Colegio Libre de Eméritos) las que llamaron la atención, luego fueron fundaciones nuevas, preocupadas por la herencia de la Transición (como la Fundación Transición Española o la Fundación Everis), ahora son asociaciones cívicas (como el Círculo Cívico de Opinión, el Foro de la Sociedad Civil o el Círculo de Economía), y me consta que en numerosas ciudades de la geografía española agrupaciones de uno u otro signo (como el granadino Club de la Constitución) promueven, organizan, participan. Hablo de lo que conozco, pues seguro que hay mucho más, y ello sin mencionar los cientos de foros activos en internet, de modo que hay en Google casi cinco millones de páginas que juntan las palabras «regeneración» y «España». España está hablando, vaya si lo hace, por los codos, y habría que escucharla con atención.

Dos conclusiones para terminar. La primera es que la sociedad española sí está preocupada y ocupada, pero en lugar de responder con el a politicismo o con su otra cara, la rebelión y la asonada, lo hace a través de la participación y la movilización en el diálogo. Y la segunda es que no es tanta la distancia entre lo que se cuece en la calle y lo que se cocina en los cenáculos, discursos que parecen reforzarse el uno al otro. Quizás es esa rara sintonía lo que está forzando a los partidos a abrirse, primero entre sí, en un inevitable pacto nacional, y después (así lo esperamos muchos) a ese clamor que sale de la calle y que, sino es encauzado, nos lleva directa mente a la «italianización» de la política, a esa extraña y per versa simbiosis entre la cínica indiferencia de la antipolítica berlusconiana, por una parte, y la hipermovilización populista por otra.

Emilio Lamo de Espinosa,  catedrático de Sociología (UCM)

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