Sociedad low cost

En 2006 cayó en mis manos «La fine del ceto medio o la nascita della società low cost», ensayo firmado por Massimo Gaggi y Edoardo Narduzzi que pasó por las librerías sin hacer ruido. Me pareció que se trataba de una reflexión casi surrealista, escrita por mentes calenturientas, aunque reconozco que me hizo pensar. Ya operaba una compañía aérea irlandesa que había hecho del «low cost» su seña de identidad, pero cabía esperar que una experiencia de esta naturaleza no sobreviviera, o no alcanzase a salir de la marginalidad, relegada a aeropuertos secundarios. Unos pocos años, amplificados por los efectos de la crisis en toda Europa, han dado la razón a Tony Ryan y, de paso, a los autores del ensayo citado que acabo de releer con asombro. El concepto «low cost» no solo se ha consolidado, sino que incluso ha sido imitado por otras líneas aéreas que hoy copan todos los aeropuertos y amenazan la supervivencia de las llamadas «compañías de bandera», obligadas a sumarse como pueden al invento para cumplir sus objetivos y salvar su cuenta de resultados. ¿Cómo lo hacen? A base de sustituir la máxima clásica de que «el cliente siempre tiene razón» por algo así como «el cliente, que se aguante». Y lo curioso es que el cliente, ávido de consumo y escaso de recursos, se ha aguantado y hasta se jacta de haber volado a Málaga por 20 euros. Se acabaron los tiempos en que volar era una experiencia placentera, ahora es un cúmulo de incomodidades. La clase Business no existe o cuesta una fortuna.

No obstante, el fenómeno «low cost» se extiende como el aceite mucho más allá de la navegación aérea, muebles de Ikea, coches baratos, «fast food» y precocinados, servicios de telefonía y datos… Ya todos convivimos con marcas blancas, plataformas digitales extranjeras que tiran los precios, joyería de bajo coste, hoteles y hasta cruceros de lujo «low cost», adaptados a una demanda masificada, que ofrece productos flexibles y se vende como personalizable, muchas veces delegando parte del trabajo en el comprador. Es más, con la ayuda del boom chino, el «low cost» avanza a pasos agigantados retando a mercados, bares, tiendas de moda, peluquerías, y hasta a los grandes almacenes, emporios del consumo indiscutidos hasta hace poco, con inverosímiles ofertas de productos y servicios de escasa calidad, y descaradas imitaciones de conocidas marcas. Están pensadas para vender a sus cada día más numerosos clientes la ilusión de poseer algo parecido a lo que, de otro modo, no se podrían permitir. Tan es así, que ya es posible percibir en la calle una estética «low cost» que va imponiendo sibilinamente su uniforme basado en la vulgaridad e inspirado en el feísmo: vaqueros y zapatillas de tenis, camisetas de algodón, chándales y plumíferos de materiales sintéticos…

Quienes todavía pueden permitirse ropa fina, zapatos y bolsos de piel, los guardan para ocasiones especiales o evitan el transporte público para librarse de miradas reprobatorias. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

La explicación no es otra que el fin de la clase media, tradicional colchón que sostenía con su consumo la economía de los países occidentales en la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI. Defensora de los derechos de propiedad, había llegado a convertirse en el principal soporte contributivo del llamado «Estado del bienestar» y hasta del concepto mismo de democracia representativa. Me refiero a aquella clase media que, con su ascensor social, abría un horizonte de inclusión para los menos afortunados. Esa clase media es la que, poco a poco, ha ido perdiendo su identidad social y está dejando de ser una realidad política, fenómeno que, según parece, las clases dirigentes no vieron venir a tiempo. En gran parte, rehén ya del «low cost» que tanto daño ha hecho a la industria y al comercio convencionales, la clase media se prepara para dejar la escena sumergiéndose en la naciente «clase de masas», un magma social confuso, profuso y difuso, incapaz de convertirse en la nueva clase de referencia, ansioso de consumo, que ya no confía en el sistema político, mucho menos en los partidos ni en los medios de comunicación porque abomina la mediación y la representación negando la autoridad. Quizá, sin saberlo, la sociedad «low cost» esté a la espera de un nuevo marco de referencia, de alguien que sea capaz de diseñar nuevos modelos de progreso y desarrollo. De momento, no se ve ninguno, las tecnologías, esa gran esperanza, incrementan la productividad con menor empleo.

Gaggi y Narduzzi llegaban a afirmar en 2006 que «estamos en la sociedad de un poder difuso que no se puede contener con barreras políticas u organizativas heredadas del pasado». Y quizás acaben también por tener razón, a tenor de lo que vemos hoy en día en la calle, en el metro, en la escuela, en los hospitales y, en ocasiones, hasta en la propia familia. Esa sociedad de masas se polariza: un alto porcentaje de ciudadanos se empobrece y aprovecha la oferta «low cost» con la ilusión de mantener el poder adquisitivo perdido. Paralelamente, una selecta aristocracia acaudalada que vive ya en la economía global reclama bienes y servicios exclusivos y se aleja cada vez más de la realidad de los países (aunque, paradójicamente, muchos de ellos sean fundadores de empresas «low cost»). Ni ellos ni los que viven en la pobreza se interesan en lo que hace o consume la sociedad de masas. Pareciera que en Europa se está configurando un escenario que se aproxima bastante a modelos sociales propios del Tercer Mundo emergente. No es extraño que, sin la existencia de una clase media con capacidad de cargar con el pesado fardo de la financiación del Estado, veamos venir una sociedad de bienestar «low cost». Ya puestos, quién sabe si el «low cost» llegará también a los servicios: luz (alumbra peor y falla de vez en cuando), gas (calienta menos y huele peor), agua (filtro depurador «low cost» de regalo al contratarla).

Alguna vez oí decir a un secretario de Estado norteamericano que «en comparación con Europa, en América hemos colocado en el centro del sistema la cultura del trabajo, en vez de la de la protección». Eso, en los Estados Unidos, pero ya hay voces que afirman que en 2025 el poder adquisitivo de China será superior. Difícil que una clase media de corte occidental y europeo, tal y como la conocimos, pueda recuperarse con la llegada al mercado mundial de mil quinientos millones de trabajadores a bajo coste. Tampoco hay que olvidar que los países emergentes, especialmente los asiáticos, están haciendo importantes inversiones en su sistema educativo, precisamente para reducir su desfase tecnológico, y cuentan ya con profesionales cada vez más cualificados mientras aquí la educación va dando bandazos.

Aún recuerdo, cuando todavía se hablaba de cambiar el modelo productivo de España, a un conocido economista sosteniendo que el futuro industrial de nuestro país estaba en la producción de bienes y servicios «low cost» –de calidad, añadía–. Observo que del nuevo modelo productivo ya ni se habla. Ahora que la macroeconomía parece despertar, quizás haya llegado el momento de ponernos seriamente a soñar nuestro destino.

Milagros del Corral, asesora de Organismos Internacionales.

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