Solas al final del camino

No existe batalla de sexos en el duelo y la misma idea de plantearla se antoja absurda. Sin distingos, aquí solo nos interesa abordar cómo afronta la mujer el desgarro por la pérdida cuando una enfermedad, un accidente o el curso de la vejez la desgajan brutalmente del compañero que había escogido para transitar por la vida. La soledad al final (o en mitad) del camino. El desconsuelo de quedarse a la intemperie en un mundo hostil.

Como la literatura es un elixir para vencer a la muerte, algunas autoras, magníficas en sus logros, han destilado la experiencia de la viudez en libros de memorias o en la autoficción. Por ejemplo, Imma Monsó reflexionó en ‘Un home de paraula’ (La Magrana / Alfaguara, 2006) acerca de la contradicción entre la necesidad de reanudar la existencia y el deseo de no olvidar jamás a la persona amada, el Cometa, con quien había convivido durante 16 años. Un libro bellísimo aunque implique una zambullida en las profundidades de dolor: “‘Quan [la daga d’un infortuni] va tan fonda al cor, fonda com una arrel, ni el son més profund és capaç de fer-te perdre la consciència del que ha passat. Em desperto, doncs, i no hi ha contrast. Només hi ha la desesperació que no s’acaba.'”.

La norteamericana Joan Didion, sometida a la dura prueba de perder al marido y a la hija en un muy corto espacio de tiempo, confiesa también en ‘El año del pensamiento mágico’ (Global Rhythm, 2006) que a punto estuvo de sucumbir a la locura y que encontró en la superstición una muleta para seguir viviendo. “Cuando perdí a mi marido [el también escritor John Gregory Dunne], me aferré al pensamiento mágico con una intensidad que después me causó asombro –escribe–. Me negaba a tirar sus zapatos porque estaba convencida de que, si los conservaba, John volvería a por ellos”.

Más terrenal, Joyce Carol Oates se emplea a fondo en ‘Memorias de una viuda’ (Alfaguara, 2011) en la tarea de pulverizar la perplejidad, la extrañeza de tener la casa llena de flores, de acudir al juzgado para los trámites testamentarios, la anomalía de recibir facturas a nombre del marido dos años después de su muerte. Pequeños desconciertos cotidianos, como llevar una bolsa de la compra –de papel, de las que usan en Estados Unidos–, que se moje y rompa, y la escritora arranque a lloriquear: “Raymond, ¿por qué me has dejado sola?”. El libro se tradujo en Francia con un título menos literal, pero tal vez más fiel a su espíritu: ‘J’ai réussi à rester en vie’. Porque la vida continúa.

Creo recordar, sin embargo, que a la Oates la acribillaron a críticas por haber obviado en sus memorias –abarcan un año de duelo– que hacia el undécimo mes ya se había comprometido con su segundo marido, el neurocientífico Charles Gross, pullas envenenadas como si el afecto sobrevenido le hubiese disuelto la pena. En una entrevista en estas mismas páginas, la escritora norteamericana confesaba a Elena Hevia hace seis años que ambos, ella y su nuevo esposo, eran de hecho “dos personas cojas y heridas”.

Las normas sociales apoyan que un viudo vuelva a casarse, pero no sucede exactamente lo mismo con ellas. Lo refleja incluso el acervo cultural: en la tragedia shakesperiana, parece que el príncipe Hamlet intente expiar la culpa de la madre, la reina Gertrudis, que se casa enamorada de su nuevo marido. Su cuñado, para más inri.

Por fortuna, lejos quedan los tiempos en que la mujer viuda debía abrazar el luto en sus ropas de por vida, mientras quedaba relegada por la nuera en la intendencia doméstica, sin más objetivo que el de esperar serena la propia muerte. ¡Pobre de ella que osara desafiar lo establecido! La legislación de 1967 incluía entre las causas de extinción del subsidio que la viuda observara una conducta “deshonesta o inmoral”.

La libertad, con todo, depende en mucho de la situación económica individual. Advierte la profesora de la UNED Elisa Chuliá que, cuando se creó la Seguridad Social, a principios de los años 60, el propósito de las pensiones de viudedad consistía “en proteger, mediante modestas rentas vitalicias, a mujeres que mayoritariamente habían dedicado su vida al cuidado del hogar y los hijos, y que sufrían un quebranto económico irreparable cuando fallecían sus maridos”. El panorama ha cambiado, en efecto, pero suscita bastante resquemor el propósito de modificarlas ahora.

En España hay 2.432.000 mujeres viudas, de las cuales más del 83% cuentan más de 65 años. Y en cualquier caso, reciben una pensión muy modesta: la media se sitúa en los 630 euros mensuales. Al que pisa la calle, le resulta fácil distinguir a las ancianas que hacen piruetas con las compras del súper. Por eso da miedo que las cambien con el pretexto de sanear la tesorería, que dejen de ser contributivas para pasar a ser meramente asistenciales y, por tanto, más susceptibles de recortes. Huele a posverdad disfrazada.

Olga Merino, periodista y escritora.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *