Solastalgia

El filósofo australiano Glenn Albrecht desarrolló esta palabra combinando solace (consuelo en latín) con algia (daño en griego) para definir la angustia del ser humano por los efectos negativos concretos del cambio climático en nuestras vidas y nuestros hogares. Es una bella palabra que nos lleva a pensar en un problema que al parecer no nos genera todavía el suficiente miedo para reaccionar y afrontar una situación que según los más alarmistas ha entrado ya en un proceso de irreversibilidad y, según los más moderados, aunque aceptan que estamos cerca del punto de no retorno, dan por seguro que todavía tenemos algún tiempo para mitigar el dramático daño potencial, reduciendo substancialmente las emisiones en CO2.

Vivimos una época histórica fascinante, en la que ante cuestiones decisivas la actitud de los líderes y también de la ciudadanía culta y comprometida podría resumirse así: puesto que la situación es complejísima y requeriría esfuerzos gigantescos, lo más sensato es darles la espalda y pensar que se van a ir solucionando de algún modo, y si no fuera así nos consolaríamos con la locución latina ad imposililia nemo tenetur, es decir, nadie está obligado a cosas imposibles.

Tenemos que salir de esta deriva mental, de esta ceguera, de esta locura, y empezar a reconocer que no son problemas irresolubles, sino problemas, que como todos los problemas hay primero que asumirlos y después encararlos sin vacilaciones, con decisión, con la seguridad de que se encontrarán soluciones razonables, aunque no sean completas y definitivas.

Además del cambio climático tendremos que ocuparnos de desalojar los populismos que invaden el mundo occidental como consecuencia de la ausencia de ofertas sensatas y comprometidas a una ciudadanía inmersa en un mar de falsedades y desconcertada por unos avances tecnológicos y científicos que están afectando sustancialmente a su privacidad y a su capacidad de decisión. Con todo ello, la crisis del modelo democrático y también del modelo económico se hace cada vez más profunda. Doy por seguro que sabremos salir de esta situación, porque lo hemos venido haciendo en otras situaciones anteriores, tan alarmantes como la actual. Pero hay que ponerse a ello para evitar que la solastalgia afecte a otras muchas áreas.

La concentración del poder económico cada vez en menos manos o, en otras palabras, el aumento de la ya abrumadora desigualdad económica no puede ser defendida como inevitable y aún menos como positiva. El suicidio demográfico que genera la baja continuada de la natalidad y la creciente longevidad merecen una repuesta más compleja que la de cubrir el déficit de población con la emigración; y la emigración habrá sin duda que regularla, pero no con muros u otras barreras físicas, sino con políticas comunes a escala regional y global y dando por seguro que habrá que asumir muchos más emigrantes de los que pensamos en el mundo rico. Convendrá recordar en este sentido que, en España en concreto, pero también en la mayoría de los países europeos, millones de ciudadanos, en algún momento histórico, tuvieron que emigrar a otros países por razones económicas o políticas.

Confiar en que el estamento político pueda abordar toda esta problemática con respeto al interés común y a los derechos humanos no sería responsable. Las instituciones de la sociedad civil van a tener que crear foros de pensamiento multidisciplinar que desentrañen la complejidad de cada uno de los temas y propongan vías de solución. Las fundaciones y asociaciones españolas tendrán que pasar de las palabras e ir «a las cosas», como pedía Ortega a los argentinos. Pasó el momento del diletantismo y de los análisis teóricos. La situación merece urgencia, audacia, ingenio, fuerza mental e incluso optimismo. Todo menos volverse de espaldas a la realidad. Todo menos echarse al suelo, esconder la cabeza donde podamos y permanecer inmóvil ante los peligros confiando en que se diluyan. Ni siquiera lo hacen las avestruces. Esa es otra noticia falsa.

Antonio Garrigues Walker es jurista.

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