Soldados del imperio

Por Mario Vargas Llosa (EL PAÍS, 28/01/07):

Un reportaje puede ser una gran obra literaria o un memorable ensayo histórico como mostraron un Arthur Koestler con Un testamento español, un George Orwell con Homenaje a Cataluña, o Ryszard Kapuscinski con los libros que dedicó a Haile Selassie, Reza Pahlevi y al derrumbe de la Unión Soviética.

Robert D. Kaplan pertenece a esa dinastía de periodistas capaces de documentar la actualidad con tanto rigor y precisión como elegancia y astucia narrativa, en reportajes que, a la vez que ayudan a esclarecer hechos dramáticos de la vida contemporánea, se leen con el placer y la ansiedad que producen las buenas novelas.

Robert D. Kaplan es desde hace mucho tiempo corresponsal de guerra y comentarista de la actualidad política internacional en una prestigiosa revista estadounidense, The Atlantic Monthly, y lleva algunos años empeñado en una empresa tan ambiciosa como difícil: entrevistar a, y describir la vida que llevan, los oficiales y soldados de las fuerzas especiales y comandos de Estados Unidos que, repartidos en todas las zonas de conflictos por los cinco continentes, se enfrentan, directa o indirectamente, a las organizaciones terroristas y extremistas de distintas ideologías -marxistas, maoístas, fundamentalistas islámicos, nacionalistas fanáticos- decididos a acabar con Estados Unidos.

El primero de los volúmenes se llama Imperial grunts (Soldados del imperio) y da cuenta de un recorrido de año y medio por las selvas, montañas, estepas, desiertos y páramos del Yemen, Colombia, El Salvador, Mongolia, Macedonia, Bosnia, Tayikistán, Filipinas, Afganistán, Pakistán, Etiopía, Somalia e Irak, países donde Kaplan ha convivido con las fuerzas militares estadounidenses que allí combaten o entrenan y dan apoyo logístico a las fuerzas locales en sus guerras contra guerrillas, ejércitos u organizaciones terroristas. En algunos lugares, como en Irak, Kaplan consiguió autorización para acompañar a patrullas y comandos en operaciones militares y, precisamente, una de las páginas más impresionantes de su libro es la descripción de la captura de Al Fallujah por un regimiento de marines al que Kaplan acompañó, encajado en un pelotón de la vanguardia.

¿Quiénes son, de qué medios sociales proceden, qué ideas tienen, en qué creen estos hombres que sirven en esas fuerzas especiales semiclandestinas del Ejército, la Marina y la Aviación de Estados Unidos, apostadas en lugares generalmente secretos, que rara vez se codean con la población civil de los países donde sirven, que están prohibidos de jactarse de alguna hazaña o victoria -todas ellas deben ser atribuidas a los ejércitos a los que entrenan- y cuyos muertos en acción son también disimulados?

Por las páginas de Imperial grunts desfilan algunos personajes que parecen salidos de las novelas de Conrad, aventureros que han pasado quince o veinte años de sus vidas combatiendo en lugares exóticos, en guerras cuyo sentido, proyecciones y causas se les escapaban por completo, o no les interesaban en absoluto, y por una paga modestísima. Las fuerzas especiales son el último reducto puramente masculino de las Fuerzas Armadas norteamericanas, de modo que en su largo periplo por los campamentos y cuarteles del mundo Kaplan no encuentra casi mujeres -salvo en funciones administrativas o médicas-, pero el sentimiento generalizado en los oficiales y soldados que entrevista es que aquella limitación no durará, y que, más pronto que tarde, habrá también mujeres entre los marines, la Delta Force y los Seals (comandos de la marina) así como hay ahora pilotos y tanquistas mujeres que participan en acciones bélicas.

Buen número de los miembros de esas fuerzas especiales están allí por tradición familiar. Son hijos y nietos de veteranos que sirvieron en puestos de avanzada en la II Guerra Mundial y en Corea o Vietnam y se sienten orgullosos de emular a sus mayores en esos cuerpos militares de muy difícil acceso y donde el entrenamiento suele ser feroz (Kaplan lo ha seguidode cerca en los campamentos de Fort Bragg y Camp Lejeune, en Carolina del Norte).

Muy numerosos son también antiguos delincuentes juveniles, que pasaron por el correccional o la cárcel, provenientes de familias fracturadas de los guetos negros o hispánicos y que ahora hablan con orgullo del Ejército, como “su verdadera familia”, que los salvó de haber terminado de pandilleros, narcos o pistoleros. Entre ellos es donde resulta más manifiesto el espíritu de cuerpo, la identificación con una institución que parece ser el más fuerte vínculo, acaso el único, con el país por el que están allí, en esos azarosos destinos, jugándose la vida. En cambio, es muy distinta la actitud de los soldados inmigrantes, que se enrolaron por la seguridad de que de este modo conseguirían más pronto la nacionalidad o pondrían en orden su permiso de residencia.

Algo que sorprende es el casi general desinterés, y a veces desprecio, de estos soldados por la política. Ciertamente casi ninguno de ellos se parece a esos soldados imperiales de Kipling, imbuidos de su rol de guardianes del imperio, de un discreto pero recóndito patriotismo, convencidos de que sobre sus hombros descansaba, nada más y nada menos, la seguridad del Occidente entero. Los soldados de Kaplan se reirían a carcajadas si se vieran atribuir responsabilidades semejantes. Salvo los generales y altos oficiales, con quienes Kaplan discute estrategias de largo plazo y que opinan -con notable franqueza- sobre la tarea que el gobierno les ha confiado en Afganistán e Irak, los tenientes, capitanes, suboficiales y soldados rasos, se interesan poco o nada en las cuestiones políticas de fondo que los han llevado a los bosques y fronteras violentas donde están, y sus conversaciones y comentarios se concentran en lo concreto e inmediato: las emboscadas, el armamento, la corrupción que advierten a menudo por doquier en los ejércitos que entrenan, y la frustración que les produce (en Colombia, por ejemplo) la prohibición de participar en las operaciones militares de los comandos a los que asesoran.

Es interesante leer este reportaje teniendo en cuenta los grandes escándalos de abusos a los derechos humanos cometidos por las fuerzas estadounidenses en Irak, por ejemplo en la prisión de Abu Ghraib y en la Base de Guantánamo. Los derechos humanos, según el testimonio de Kaplan, forman parte central de la formación de estos soldados, y, también, de la asesoría y entrenamiento que ellos prestan a los ejércitos nacionales. En sus entrevistas, Kaplan les oye decir una y mil veces que es difícil, a menudo imposible, en el Yemen, Filipinas, Afganistán y otros países, hacer entender a los “locales” que los interrogatorios a los prisioneros deben excluir la tortura y que no se puede matar al enemigo una vez que se ha rendido. Y asiste a clases y conferencias que estos instructores reciben, en las que, con gran precisión de detalles, se describe la frontera entre lo lícito y lo ilícito aun en lo más violento de la acción. Cuando deben opinar sobre sus compañeros dados de baja o penalizados por abusos a los derechos humanos, su incomodidad es manifiesta. Aunque es evidente que ese tema solivianta a muchos de ellos, ninguno se atreve a presentar a Kaplan razones de descargo para esos suboficiales y soldados ahora entre rejas o expulsados de filas por haber torturado o asesinado.

Vivir de la manera como estos hombres viven, les da una familiaridad con la muerte que recuerda la que lucen los personajes de Hemingway, esos fatalistas que buscan los peores peligros porque sienten que en el riesgo y la temeridad el vacío de sus vidas desaparece y lo reemplaza un sentimiento, una pasión, que, aunque sea de manera pasajera, justifica su existencia. Ese tipo de personajes aparecen con frecuencia en el libro de Kaplan. Y no sólo sirviendo en las filas. Muchos de ellos, al licenciarse, poseídos de nostalgia un tanto masoquista, se quedan en los países donde sirvieron, y abren bares, agencias turísticas, compañías de vigilancia y protección, se casan con nativas, y allí están en las aldeas filipinas, tailandesas o yemenitas, con sus tatuajes y sus músculos de luchadores grecorromanos, contando anécdotas espeluznantes de acciones guerreras a quien se comide a pagarles un trago.

Robert D. Kaplan no saca conclusiones políticas ni históricas sobre lo que ha visto y oído a lo largo de ese año y medio vivido con los soldados de vanguardia del imperio norteamericano. Corresponde al lector deducir, de aquello que ha leído, si la seguridad del imperio está en buenas manos, o si, como el de los legionarios y centuriones que protegieron al Imperio Romano, terminará derrumbándose ante la irresistible embestida de “los bárbaros”.