Soledad y compañía

En la historia humana hay sucesos, hay hechos y hay acontecimientos. Los sucesos pertenecen al orden de la naturaleza. Los hechos, en cambio, pertenecen al orden humano y son resultantes de nuestra libertad. Los acontecimientos son aquellos sucesos o hechos que por su magnitud exterior o plenitud de sentido alteran el curso de la historia humana, cambiando la dirección en la que marchaba y creando una nueva.

La historia espiritual de Occidente se ha constituido a partir de ciertos acontecimientos personales y creaciones sociales; y del alumbramiento de fuentes de sentido que nos han ayudado a existir con dignidad, asentirnos enviados a una misión y no solo arrojados a un destino ciego, esperar en medio de las tempestades que agitan la vida y superar el miedo ante la última soledad.

La riqueza de nuestra lengua nos permite nombrar ese cerco de silencio que amenaza a la persona con tres palabras distintas: soledumbre, soledad y solitud. Somos animales y los animales viven en grupo; no están solos, se reúnen. El hombre puede elegir en medio de su acción o profesión tiempos de silencio y de soledad. Interrupción de nuestro hacer y vivir para encontrarnos con nosotros mismos, reconstruir la relación con el prójimo y recobrar el tino, perdido o desatendido. Esa soledad es necesaria. Sin beber en sus fuentes a la larga nos encontraremos vacíos o perdidos en medio de esa muchedumbre incomunicada por más medios de comunicación que tenga y al final solitaria, tal como la caracterizó A. Mitscherlich (1908-1982). Hay una soledad límite: la que el hombre siente cuando no sabe qué va a ser de él en ultimidad.

El matemático y filósofo Whitehead (1861-1947), autor con Bertrand Russel de los «Principia matemática» afirmó, que religión es lo que el hombre hace con su soledad. Este hacer comienza descubriendo la realidad tal como ella es y no como la fingen nuestros deseos; sigue cuando reconocemos al prójimo y culmina al columbrar la presencia de Dios en el albor de nuestra interioridad. El hombre descubre el cristianismo cuando baja a su propia soledad, junto con el conocimiento de un hecho y de una persona, enclavados en tiempo y lugar. No es un mito ni un figmento de nuestra pobreza buscando remedio a nuestra fragilidad. En su origen está una figura concreta: Jesús de Nazaret. Él es un hecho histórico y un acontecimiento trascendental. El evangelista San Lucas, familiarizado con la historiografía de su tiempo, comienza situando la aparición de Jesús en tiempo y lugar. «El año décimo quinto del imperio de Tiberio Cesar, siendo gobernador de Galilea Poncio Pilato, tetrarca de Galilea Herodes…» (3,1-1).

Además de un hecho histórico es un acontecimiento trascendental: ha cambiado el curso de la historia humana y seguimos contando el tiempo a partir de su nacimiento como los romanos lo contaban a partir de la fundación de Roma (Ab Urbe condita). Mientras que los tres evangelistas sinópticos relatan el desarrollo de la historia temporal de Jesús en Judea, recordando su doctrina y muerte con la experiencia de su resurrección, los otros dos genios del Nuevo Testamento San Pablo y San Juan nos interpretan cómo y por qué el nacimiento de Jesús es un acontecimiento iluminador de nuestro destino. En Jesús de Nazaret Dios se inserta en la historia humana, asume nuestra condición desde dentro de ella y nos abre a un futuro absoluto.

Ese Dios, que se nos da en su Hijo hasta ser vulnerable y condicionado por nuestra libertad, comparte con su nacimiento nuestra debilidad, funda nuestra esperanza y despeja nuestra soledad. Whitehead interpreta así esa historia: «La vida de Cristo no es una exposición de poder arrollador. Su gloria es para aquellos que pueden discernirla y no para el mundo. Su poder reside en su carencia de fuerza. Tiene la potencia decisiva de un ideal y ésta es la razón por la que le historia se divide en ese punto del tiempo».

El poeta alemán Jean Paul Richter (1763-1825) nos dejó un relato estremecedor titulado «Discurso del Cristo muerto desde la cúpula del mundo diciendo que no hay Dios». Figuras de dolor inextinguible gritan estas dos preguntas: «¿Estamos solos en el mundo?» «¿Somos huérfanos o tenemos Padre?» Y Cristo responde a ambas con una negativa: estamos solos y no tenemos Padre. Este texto traducido al francés por Madame de Staël se convirtió en el manifiesto del ateísmo para las generaciones siguientes. Se lo consideró como el anticipo de la frase siempre citada de Nietzsche sobre la muerte de Dios. Pero M. de Staël hizo una maligna operación de metamorfosis invirtiendo su sentido, al eliminar el prólogo y epílogo en los que el autor nos da las claves literarias para interpretar su sentido.

Lejos de ser una simple y vulgar negación de Dios, con este relato el autor se proponía mostrar el ensombrecimiento y perturbación personales que sobrevendrían al hombre, si de verdad él y el mundo no estuvieran habitados por una presencia real, si no pudiéramos decir que no somos huérfanos, que en nuestro origen está un «querer». Existimos porque Dios nos ha «querido» en el doble sentido del verbo querer: como «decidir» y como «amar». Nos ha creado y ha nacido entre nosotros. El propósito de Jean Paul era despertar irónicamente a ciertos intelectuales de su época que se entretenían con el ateísmo y no percibían con qué mortales silencios y sombras estaban jugando. El relato, suma de poesía y drama, quería ponerles ante los ojos los resultados mortales de su negación de Dios.

De esta fuente vivificadora y de esta raíz nutricia vienen nuestra afirmación y celebración de la Navidad. No es la mitología del Sol vencedor u otra cualquier efemérides cósmica. Es la proclamación de que ese Dios que nos ha «querido» se inserta en nuestra historia, la asume y goza, la padece y trasforma. Y desde ahí nacen también la alegría y los cantos cristianos de los días navideños. Lejos de cualquier ingenuidad, de un folclore paganizante o de una ceguera para lo Eterno, los cristianos invitamos a conocer y a cantar al niño de Belén, en quien Dios se hizo vecino nuestro y compañero de nuestro camino. En este año celebramos el VIII centenario de la Reforma de Lutero, quien decía que no se aprende quien es Dios sobre todo con la Metafísica de Aristóteles sino a la luz «del pesebre y de los pañales». Antes que Dios excelso del ser abstracto es el Dios humilde del hombre concreto.

La compañía de Dios con los mortales es la respuesta del cristianismo a las preguntas primordiales de siempre y ocasionales de hoy. Respuesta exigente en la medida en que nos invita a ser humanos en la forma y figura en que lo fue Jesús; y respuesta consoladora porque no estamos solos en el mundo, porque tenemos un padre que se nos dio en Belén. Y para recordar significando ese supremo Don y Regalo, que es Jesucristo, celebramos Navidad y nos obsequiamos unos a otros. De esa fuente manan nuestros regalos y en ella deben abrevarse para mantener su divino sentido y no convertirse en magia, comercio o propaganda.

Olegario González de Cardedal, teólogo.

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